Por arte de magia
- Автор: Грин Дженнифер
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por arte de magia». Краткое содержание книги:
La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?
¿De acuerdo? La frente de Mitch se arrugó formando un ceño de alarma. Nicole había permitido que la cuidase. Se había relajado lo bastante como para echar una cabezada en su casa. Y no había discutido acerca de la sugerencia de pasar más tiempo juntos. Mitch casi se planteó llevarla a urgencias. Pero, en vez de eso, la dejó dormir.
Y, cuando se despertara, la sorprendería con un festín de patas de cangrejo.
Capítulo Cinco
El sonido del teléfono sacó a Nicole de un profundo sueño. Sólo sonó una vez antes de que se oyera el ruido amortiguado de fuertes pisadas, y a continuación la voz de Mitch en algún punto de la planta superior.
Nicole colocó los pies en el suelo con movimientos aturdidos y trató de despertarse del todo. Había tenido un sueño muy intenso. Las imágenes aún se cernían en la periferia de su mente. En ellas, Mitch trataba de abrirse camino a través de espinosos arbustos, y por fin la encontraba a ella, la besaba, le susurraba palabras dulces al oído con su voz ronca y profunda.
En fin, hacía tiempo que no fantaseaba en sueños. Y el hecho de que hubiera dormido tan poco en las noches anteriores explicaba que se hubiera quedado tan profundamente dormida. La realidad, sin embargo, le resultaba un poco sorprendente. Por algún motivo, estaba descalza y llevaba un jersey demasiado grande. Además, se hallaba en un espacioso salón con sofás tapizados en piel y una enorme chimenea de piedra.
Por fin recordó. Estaba en casa de Mitch, por supuesto. Con cautela, se palpó la hinchazón de la cabeza. El dolor seguía ahí, pero ya no tenía nada que ver con los tambores que habían resonado en su cráneo horas antes.
En la escalera se oyeron pasos, que enseguida se tornaron una humorística versión masculina del andar de puntillas. Mitch se asomó por la esquina de la chimenea.
– Maldición, ya temía que el sonido del teléfono te despertara. Y la llamada es para ti. De Wilma. Pero si prefieres seguir durmiendo…
– Tranquilo, estoy totalmente despierta -Nicole no podía creer que el reloj de la mesa de caoba diera la hora exacta. ¿Cómo era posible que ya fueran las tres de la tarde? Rápidamente, cruzó la habitación para arrebatarle a Mitch el teléfono de la mano y adoptó de inmediato su acostumbrado aire formal-. No, no, Wilma, ya te dije que llamaras si surgía algo. Desde luego… Está bien…
Dedujo que Mitch había estado trabajando. Conocía los signos reveladores. Si le dabas un cartabón y un tablero de dibujo, al cabo de una hora tendría, indefectiblemente, las mangas enrolladas hasta los codos, el cabello revuelto y los ojos distraídos. Mientras seguía charlando con Wilma, Nicole lo sorprendió observándola, con una expresión cálida, intensa e íntima como la de un amante. Un estremecimiento le recorrió la columna, pero enseguida puso coto a tan absurda sensación. Había imaginado a Mitch en un contexto sexual desde que le contó lo sucedido la noche de la fiesta. Y quizá no pudiera controlar sus sueños, pero fantasear con el hecho de que la estuviera mirando era de locos. Cielo santo. Entre los pies descalzos, el jersey arrugado y el antiséptico que embadurnaba su pelo, Nicole sabía perfectamente que debía de parecer un adefesio.
– Lo has hecho estupendamente, Wilma… Las recogeré dentro de unos minutos. Cierra el despacho. No hace falta que me esperes. Y gracias por defender el fuerte. Os veré a todos mañana -pulsó el botón de apagado y devolvió el teléfono a Mitch con una amplia sonrisa. Las noticias eran magníficas-. ¡Shaw ha aceptado el proyecto! Solamente exige unas cuantas reformas menores. Ha dejado la lista en mi despacho. Iré a echarles un vistazo y lo llamaré esta noche. Lamento pedirte que me lleves al despacho, pero como no he traído mi coche…
– En, eh, vas muy rápido para haberte despertado hace un par de minutos. Además, debes de estar hambrienta. Yo acabo de almorzar…
– No tengo hambre, de verdad. Ya comeré algo cuando llegue a casa. Y, por Dios bendito, no deseo pasarme aquí todo el día, molestándote de esta manera…
– Basta ya, Nik. No me molestas en absoluto. ¿Qué tal la cabeza?
– Muchísimo mejor. Maldición, dejé mi ropa arriba, ¿verdad? -Nicole subió las escaleras, buscó su traje en el cuarto de baño y soltó un alarido al verse en el espejo-. Menos mal que no habrá nadie en la oficina cuando llegue. ¿Me pusiste un bote entero de antiséptico en el pelo, canalla? Asustaré a todos los niños pequeños que me cruce por la calle.
– Qué va. Supondrán que estás en una banda de rock -contestó Mitch sardónicamente, pero su sonrisa no duró-. No hace falta que te des tanta prisa. Unos cuantos minutos no supondrán ninguna diferencia, y aún tienes que almorzar. Seguro que tienes hambre…
– No, de veras. Estoy bien.
– ¿Ni siquiera un poquito de hambre?
Nicole había recogido su ropa, los zapatos y el bolso, pero repentinamente titubeó mientras se dirigía hacia la puerta. En realidad, no se daba tanta prisa por motivos estrictamente laborales. Los mortificantes nervios que sentía en presencia de Mitch la trastornaban…
– Diablos, Mitch, me estoy portando como una estúpida desconsiderada. Estoy tan entusiasmada con el contrato de Shaw que no he tenido en cuenta que quizá no te vaya bien llevarme en estos momentos. Seguramente, te habías puesto a trabajar, y…
– Sí, estaba trabajando en lo de Schleishinger, pero me sentará bien un respiro. No tendré problema en llevarte. Aunque… detesto que vayas a ponerte a trabajar sin nada en el estómago.
Ella escrutó su rostro, tratando de desentrañar aquella repentina obsesión sobre su estómago vacío.
– Si crees que sería capaz de saltarme una comida… Bueno, te diré que llevo dos meses teniendo un apetito de lobo. Aunque no me preocupara la nutrición del niño, no podría saltarme una comida aunque quisiera. Pero acabo de despertarme y tengo el estómago un poco revuelto.
Aquella afirmación pareció disparar todas las alarmas internas de Mitch.
– Pues olvida que te he hablado de comida. Piensa en el clima. En el trabajo. En política. No, olvida esto último. Los políticos también pueden provocar náuseas. Piensa en…
Consiguió hacerla reír mientras se subían en el Miata rojo. Había empezado a caer una fina e insistente llovizna. El cielo semejaba una inmensa sábana gris perla. La conversación fue derivando hacia el clima… y los barcos.
– ¿Vives en la costa de Oregón y nunca has montado en barco? -inquirió él en tono incrédulo.
– ¿Qué quieres que te diga? Soy poco aventurera.
– Más bien trabajas como una mula. Se me acaba de ocurrir que… Bueno, según las previsiones, vienen tres días de lluvia, pero afirman que el cielo se habrá aclarado por completo el domingo. Si tienes un par de horas libres, te llevaré a dar un paseo en mi barco -como si anticipara el rechazo de Nicole, Mitch agregó rápidamente-: Así podríamos seguir hablando del niño… lejos del despacho y el estrés. Podemos tomar el sol y disfrutar del agua. ¿Qué te parece?
– Me parece estupendo.
Él la miró rápidamente.
– Si accedes con tanta facilidad, empezaré a preocuparme de nuevo por la posibilidad de que sufras una conmoción.
– Eh, yo juego limpio. Eres tú el que siempre le pones las cosas difíciles a tu jefa.
– Sólo porque es necesario. El resto de la plantilla te considera una santa. Piensa en cómo te aburrirías en tu pedestal si yo no te desafiara de vez en cuando.
– No soy ni de lejos una santa, Landers.
– Ya. Claro. ¿Cuándo fue la última vez que te divertiste un sábado por la noche, en lugar de irte a la cama con un contrato de trabajo?
Dado que él no se había percatado de su tono serio, Nicole estimó conveniente seguirle la broma.
– Quizá haya probado lo otro, y me resulte mucho más excitante y satisfactorio irme a la cama con un contrato.
– Caramba. Una respuesta muy difícil de rebatir.
Seguían bromeando cuando Mitch se detuvo en los aparcamientos de la empresa, minutos más tarde. Como cabía esperar, el resto de la plantilla se había marchado ya un rato antes, y los aparcamientos estaban vacíos.