La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
Un gigante apoplético los hizo salir por otra puerta cuando nos vio llegar; pero aún quedaron unos diez hombres. El apoplético de voz ronca resultó ser el viceprefecto de policía en funciones. Me acercaron una silla; Annabelle ya estaba sentada. Aunque hacía sol, habían encendido todas las lámparas. De las paredes colgaban los planos del Laberinto; una maqueta del mismo se encontraba sobre un carrito, cerca de la mesa, y sobre esta brillaban unas fotos todavía húmedas. Podía imaginarme qué se veía en ellas. Fenner, que se había sentado detrás de mí, me apretó el brazo. Todo se desarrollaba tan bien porque él había telefoneado al viceprefecto desde la embajada. Algunos de los presentes rodeaban la mesa, otros se habían aposentado en el alféizar; el viceprefecto no decía nada, se limitaba a cruzar la habitación de un extremo a otro; de la oficina contigua hicieron venir a una secretaria llorosa. El intérprete nos miraba, ya a mí, ya a la pequeña, dispuesto a acudir en nuestra ayuda, pero mi italiano había mejorado de forma sorprendente. Me enteré de que unos hombres rana habían pescado del agua mi chaqueta y el bolso de Annabelle, por lo que me convertí en el principal sospechoso, e incluso indagaron sobre mí en el Hilton. Yo era el cómplice del japonés; ambos habíamos acordado saltar hacia delante tras la activación de la bomba, a fin de llegar los primeros a la escalera. Pero algo había salido mal, el japonés se inclinó y yo me salvé al saltar desde el puente. A partir de aquí, las opiniones se dividían. Unos consideraban a Annabelle una terrorista, otros opinaban que yo la había raptado para retenerla como rehén. Todo esto lo averigüé de modo extraoficial, ya que el interrogatorio aún no había comenzado: esperábamos al jefe de seguridad del aeropuerto. Cuando este apareció, Randy se erigió en representante de Estados Unidos y dio una explicación sobre nuestra misión. Mientras le escuchaba, yo despegaba discretamente de los muslos mis pantalones mojados. Randy se limitó a decir lo imprescindible, y también Fenner se expresó con brevedad. Dijo que nuestra misión era conocida por la embajada, y que la Interpol estaba también enterada de ella y facilitaría toda la información a sus colegas italianos. Esto fue una jugada inteligente, pues de este modo todos los sentimientos hostiles se desviaron hacia una institución internacional. Naturalmente, nuestra historia no interesó en absoluto a los funcionarios, que solo querían saber qué había ocurrido en las escaleras. Un ingeniero del servicio técnico consideraba incomprensible que yo hubiera podido salir del embudo y del vestíbulo sin un conocimiento previo de las instalaciones, a lo que Randy contestó que no convenía subestimar el entrenamiento de las tropas paracaidistas de la Fuerza Aérea estadounidense, sin mencionar que yo lo había recibido hacía más de treinta años. Seguían oyéndose martillazos y las paredes retemblaban. Los trabajos de salvamento continuaban; se había retirado la parte del puente horadada por la explosión. Hasta ahora habían sido recuperados de entre los escombros nueve muertos y veintidós heridos, siete de ellos muy graves. De pronto empezó a oírse un gran bullicio al otro lado de la puerta; con un movimiento de cabeza, el viceprefecto ordenó a uno de los oficiales que saliera. Cuando este abrió la puerta, vi por una rendija que en el centro del círculo de curiosos había una mesa sobre la cual se hallaba mi chaqueta, toda descosida, y el bolso de Annabelle, igualmente destrozado. El contenido estaba diseminado sobre cuadros de papel blanco y clasificado en montones como fichas de juego. El oficial volvió y abrió los brazos con impotencia: ¡la prensa! Unos tenaces periodistas se introdujeron en la oficina antes de que alguien pudiera impedírselo. Otro oficial se volvió hacia mí:
—Soy el teniente Canetti. ¿Cuál fue la carga explosiva utilizada? ¿Cómo se transportó?
—La cámara tenía un doble fondo. Cuando la abrió, la parte posterior saltó hacia fuera como un muñeco de resorte de su caja. Entonces sacó la bomba.
—¿Conoce usted el tipo?
—He visto bombas similares en Estados Unidos. Parte de la pólvora suele alojarse en el mango. Al ver que carecía de mango supe enseguida que la espoleta había sido manipulada. Se trataba de un shrapnel de gran potencia destructiva. Puede decirse que no contiene metal; la parte exterior consiste en una aleación de carburo de silicio.
—Usted se encontraba casualmente en dicho lugar de la escalera, ¿verdad?
—No…
En el silencio cargado de tensión, solo interrumpido por los martillazos, vacilé mientras buscaba las palabras adecuadas.
—No estaba allí totalmente por casualidad. El japonés entró en la escalera detrás de la niña porque sabía que esta no intentaría impedirle el paso. La niña —Eché una ojeada a Annabelle— seguía adelante porque le interesaba el perro, o al menos así me lo pareció. ¿Tengo razón? —le pregunté a Annabelle.
—Sí —repuso, visiblemente asombrada.
Le sonreí.
—En cuanto a mí… tenía prisa. Es irracional, desde luego, pero cuando uno tiene prisa desea inconscientemente llegar antes que nadie al avión y, por lo tanto, a la pasarela… No me lo había propuesto, pero ocurrió así.
Respiraron. Canetti dijo algo en voz baja al prefecto, y este asintió.
—Desearíamos evitar a la señorita… ciertos pormenores. ¿Querría dejarnos solos un momento?
Miré a Annabelle; me sonrió por primera vez y se levantó. Le abrieron la puerta. Cuando se hubo ido, Canetti se dirigió nuevamente a mí.
—Me gustaría preguntarle lo siguiente: ¿cuándo concibió sospechas del japonés?
—No concebí ninguna sospecha. Llamaba la atención por sí mismo. Cuando se puso en cuclillas, se me ocurrió que podía estar loco. Hasta que activó la bomba no comprendí que no me quedaban ni tres segundos.
—¿Por qué?
—No podía saberlo. La bomba no explotó cuando tiró de la espoleta, por lo que debía de tener un sistema de relojería. Ahora creo que tenía dos segundos, tal vez dos y medio.
—Nosotros somos de la misma opinión —dijo uno de los hombres que estaban en la ventana.
—Al parecer, tiene dificultades al andar. ¿Resultó usted herido?
—Por la explosión, no. La oí cuando caía al agua. ¿Cuántos metros hay desde el puente? ¿Cinco?
—Cuatro y medio.
—Así pues, un segundo. Traté de agarrar la bomba y luego me tiré por encima de la barandilla, lo cual supone otro segundo. ¿Me pregunta si estoy herido? Caí de espaldas contra algo. Una vez me rompí el coxis.
—Allí hemos instalado un deflector —explicó un hombre desde la ventana—, con un declive muy pronunciado que desvía cualquier objeto hacia el centro. ¿No sabía nada de él?
—No.
—Perdone, otra pregunta —intervino de nuevo Canetti—. Este hombre, el japonés, ¿llegó a lanzar la bomba?
—No. La sostuvo hasta el final.
—¿No trató de salvarse?
—No.
—Poltrinelli, jefe de seguridad del aeropuerto —se presentó un hombre de uniforme manchado, que se apoyaba contra la mesa—. ¿Está usted seguro de que el hombre quería morir?