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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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Murmuraban entre sí, sumidos en un mar de dudas. Los malos presagios de los nubarrones que desde hacía días ocultaban el sol, sumados a los rumores que circulaban sobre horribles monstruos que asolaban el reino, habían causado estragos en la moral de aquellas gentes.

La baronesa y sir Graybow escoltaban a Jo; el resto del consejo permanecía detrás de ellos, bajo la entrada del templo. Lucían sus mejores galas, excepto Jo, que continuaba ataviada con su túnica y armadura del otro mundo.

La baronesa Arteris dirigió la mirada hacia sir Graybow, quien asintió con solemnidad. Los ojos de la dama se posaron en el bulto de hule que Jo sostenía en los brazos. Era difícil escrutar su expresión.

Con una última mirada dirigida al consejo, la baronesa Arteris dio un paso al frente y alzó un brazo en dirección a la multitud.

—¡Ciudadanos de Penhaligon, solicito vuestra atención!

La voz se esparció, clara y poderosa, hasta los alrededores del castillo, y acalló por completo los rumores de las gentes. Jo no alcanzaba a percibir sonido alguno, excepto los latidos de su propio corazón.

—Se avecinan tiempos duros, como los que padeció mi padre en su mandato –comenzó la baronesa, con un profundo respiro después de cada pausa–. Algunos ya habéis oído hablar del mal que acecha las tierras más allá de las montañas de Picos Negros. Todo el mundo corre peligro, incluso los habitantes de las tierras de Karameikos. –Hizo una ligera pausa.

»Hubo una vez un héroe, a quien mi padre nombró caballero, que era capaz de doblegar el mal que nos acechaba, viniese éste de donde viniese. Aquel hombre era la personificación de los cuatro pilares del Quadriviaclass="underline" honor, valor, fe y gloria. Fue un ejemplo para todos nosotros.

»Fain Flinn, Flinn el Poderoso, ha fallecido en el campo de batalla en encarnizada lucha contra el Dragón Verde, Verdilith. –Jo apretó las mandíbulas para resistir el lacerante dolor que le producía el recuerdo de la muerte de Flinn. Cuando se acallaron los rumores de incredulidad y sorpresa la baronesa continuó.

»Antes de completar su hazaña postrera encontró a uno entre nosotros a quien creyó digno de seguir sus pasos y aprender el arte de la caballería bajo su tutela. Esta alma distinguida se unió como escudero a la orden de Penhaligon.

El peso de las innumerables miradas que caían sobre Jo apenas le permitían sostenerse sobre sus piernas. Estaba segura de que todos conocían su relación con Flinn, y se preguntó si sentirían vergüenza por haber creído los embustes que sobre el héroe había hecho circular Verdilith. El recuerdo de su templanza le dio fuerzas para permanecer de pie.

Señalando a Jo, la baronesa proclamó:

—Esta escudero ha demostrado con sus hazañas que continúa el glorioso camino de Fain Flinn. Fue ella la que acabó con Verdilith en el nombre de Penhaligon.

Todo el mundo se alegró de la noticia de que el dragón que los había aterrorizado durante tanto tiempo había sido finalmente asesinado. Jo se sintió abrumada por tanta atención. Deseaba que Graybow y Braddoc estuviesen a su lado para ayudarla.

La baronesa Arteris bajó los brazos y abrió las manos en un gesto de súplica.

—¡Ciudadanos de Penhaligon, os informo que tenemos los medios para combatir a este y cualquier otro enemigo que invada nuestras tierras! Unidos somos fuertes y no hay nada que pueda dominarnos.

En este momento tenéis que rezar por los que lucharán en la batalla, no sólo por nuestros soldados sino también por nuestros aliados y los que vendrán para unirse a nosotros.

La baronesa inclinó la cabeza y entrelazó los dedos. Sir Graybow y el resto del consejo la imitaron. Jo, aún sobrecogida, contempló cómo todas las cabezas de la multitud se iban agachando. El poder de la unión y la fuerza de Penhaligon le inundó el corazón.

Al cabo de unos instantes, la baronesa Arteris alzó la cabeza.

—Orad, habitantes del reino –invocó en una voz que a Jo le pareció de la intensidad de un susurro–. Orad, otorgad vuestra confianza a los defensores y a sus armas.

Volviéndose, la baronesa desembarazó la espada que reposaba en brazos de Jo del hule que la envolvía. La joven, con ojos húmedos y embargada por la emoción, se contempló reflejada en la fina plata de la hoja.

La baronesa levantó un brazo de Jo.

—Como ya hicisteis antaño con la venerable Vencedrag, que llevaba el más grande de nuestros héroes, Flinn el Poderoso, os suplico que hagáis partícipe de vuestras plegarias a la que continúa avanzando por la senda de Fain Flinn. –La baronesa alzó la mano desocupada y exclamó–: ¡Os suplico que recéis por Paz!

Jo nunca había experimentado un silencio mayor que el que se produjo entonces. Permaneció de pie con la espada alzada, delante de los ciudadanos del reino, por fin segura de la decisión que la había conducido a ese instante. La gente continuó rezando en silencio.

Ahora comprendía qué era lo que Flinn había sentido al recibir a Vencedrag de las manos del barón: responsabilidad. Responsabilidad para con la gente y para consigo misma.

Descendió la escalera del templo contemplando la silenciosa multitud que se extendía ante ella. El único sonido que se oía era el roce de sus botas contra el duro pavimento, que despertaba un sonoro eco entre aquellos altos muros de piedra. Se movía guiada por la inspiración sin pensar en lo que hacía. Su único pensamiento giraba en torno a su nueva misión: iba a matar a Teryl Uro y a cerrar la puerta que comunicaba los mundos. Con Paz podría lograrlo.

Avanzó lentamente hacia el centro del patio, y las gentes alzaban la cabeza y observaban con admiración a Paz, la brillante espada de la esperanza. Al cabo de pocos momentos la muchedumbre la seguía en procesión, coreando un nombre. Jo, con los pensamientos concentrados en su misión, tardó en descubrir que se trataba del nombre de Paz.

Todo el patio gritaba el nombre de la espada, y los árboles se agitaban con el ensordecedor vocerío. Con andar decidido, Jo se dirigió a la fragua del castillo para que el maestro armero pudiese contemplar la ceremonia.

El maestro aguardaba en la puerta, y un familiar olor a hierro, calor y sudor llegó hasta Jo. El hombre, que era un anciano aunque robusto, tenía la cara tiznada por el hollín del horno. La joven pensó que tenía un aire parecido a Vulcano, aunque lo superaba en edad.

El maestro armero tomó la espada de manos de Jo y la empuñó con pericia. Con un gesto de asentimiento, regresó a la fragua e inspeccionó el filo de la hoja. Abrió entonces la puerta del horno, sumergió a Paz en el interior del fuego, y descolgó un martillo de un gancho cercano.

La espada resplandecía con un rojo incandescente cuando la depositó sobre el yunque. Levantó el pesado martillo muy por encima de su cabeza y la golpeó. El tañido del metal retumbó por todo el patio.

Todos permanecían en silencio, mientras Jo aguardaba, rodeada por un halo de chispas.

El hombre arrojó su martillo al suelo y le entregó a Jo la espada por la empuñadura. La plata de los elfos y el acero de los enanos se habían separado de la parte plana de la hoja para fundirse en el filo.

Los cuatro puntos del Quadrivial y el símbolo final de «paz» aún resplandecían por el calor de la fragua. Sólo había sido necesario un golpe para acabar la espada.

Jo se giró hacia la multitud y contempló sus rostros de expectación. Sin poder contener una sonrisa, alzó la espada en el aire.

Los vítores de los ciudadanos del reino aún resonaban en sus oídos cuando aquel día llegó a su fin.

5

—No sé tú, viejo amigo, pero yo ya no puedo con mis piernas.

En realidad las piernas de Braddoc no estaban cansadas, sino que se veía obligado a forzarlas para mantener el ritmo de su compañero, quien ya había coronado la cresta de la última colina, tras la cual se extendía un frondoso bosque de abetos y pinos. El cielo estaba teñido de nubarrones grisáceos, y el aire era frío. Braddoc había intentado varias veces hacer reaccionar al hombre que lo aguardaba en la cima de la colina, pero sin conseguirlo.

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