El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
El enano observó cómo Flinn inspeccionaba las tierras de los alrededores, y su silueta le trajo el recuerdo de Jo. Se preguntó si la joven se encontraría bien.
—¿Cómo se llama esta región? –inquirió Flinn, extendiendo el brazo. El viento hacía ondear la túnica y los pantalones que él mismo había hecho aparecer con sus poderes mágicos.
Braddoc pensó en no decírselo para estimular su memoria, pero cambió de parecer; a Flinn se le había concedido una vida nueva, pero desprovista de los viejos recuerdos.
—Éste es el Bosque Encumbrado –repuso Braddoc, acercándosele–. Tú vivías aquí.
Flinn seguía escrutando el horizonte. Braddoc se preguntó qué pasaría por su mente. Mientras esperaba una respuesta, murmuró para sí:
—Supongo que los Inmortales no necesitan un pasado.
Flinn volvió la cabeza con un movimiento casi mecánico y bajó la mirada hacia el enano, quien se removió incómodo ante aquella inspección.
—¿Por qué sabes que soy inmortal? –preguntó, entonando sus palabras con calma y exactitud.
—No juegues conmigo, Fain Flinn. Puede que seas un Inmortal, pero yo he vivido cien veces más que tú –afirmó Braddoc tajantemente.
Flinn se volvió y extendió una mano. Sintiendo un súbito temor, el enano aferró su hacha y retrocedió.
Flinn avanzó medio paso y le tocó la frente. Por un momento, la expresión de su rostro desapareció por completo; con la misma rapidez se volvió a iluminar.
—Verdaderamente has vivido más de cien vidas.
Braddoc se encogió de hombros.
—Ya te lo he dicho. No le mentiría a un amigo.
Flinn asintió.
—Supongo que yo tampoco.
—Claro que no. Nunca lo hiciste –dijo el enano; lo señaló enfáticamente y añadió–: Te ayudaré a recobrar la memoria para que puedas llevar a cabo lo que has venido a hacer.
—Debo cerrar la puerta que divide los mundos –declaró Flinn, volviéndose para seguir contemplando el paisaje.
—¿Por qué no nos vamos ahora antes de que…?
—No tengo el poder para cumplir esa misión –lo interrumpió Flinn con un gesto amenazador de su mano–. Tengo que visitar algunos lugares para adquirir ese poder.
Braddoc lanzó un suspiro.
—El primer lugar que debes visitar es Rupestre, mi hogar ancestral.
Flinn se giró para contemplar al enano con ojos repentinamente encendidos por la pasión; Braddoc no pudo evitar retroceder, sobrecogido por la demostración de poder de su amigo.
—Dime cómo es que sabes tanto sobre mi misión, Braddoc Briarblood –le ordenó–. Cuéntame por qué has vivido tanto tiempo.
Braddoc siempre había mantenido el secreto de su pasado, incluso ante Flinn. No había podido hablarle a Johauna de sus orígenes y dudaba que incluso Karleah, su amiga fallecida, hubiese adivinado aquello que lo hacía tan especial entre los enanos. Con un suspiro que delataba la sensación de estar tratando con un niño caprichoso, Braddoc se sentó con las piernas cruzadas e indicó a Flinn que hiciese lo mismo.
El hombre, confuso, miró a su alrededor, como si buscase una silla. Braddoc se preguntó si su amigo iría a hacer aparecer un diván de la nada, como había hecho con sus ropas. Pero Flinn lentamente se sentó sobre sus piernas.
Braddoc extrajo una larga pipa de su jubón de cuero y la llenó con el tabaco que guardaba en la cartuchera que colgaba de su cinturón; la encendió con una yesca y dio unas bocanadas de humo, sin saber por dónde empezar.
—Antes de que te hable de mí, te explicaré cómo llegaste hasta aquí –comenzó con lentitud–. Sabes cuál es tu meta, pero tengo la sensación de que desconoces lo demás.
La expresión de Flinn no se inmutó al asentir.
Braddoc esbozó una sonrisa.
—En este mundo se te conocía con el nombre de Fain Flinn, Flinn el Poderoso. Llevabas una espada llamada Vencedrag y eras un gran héroe. –El enano se detuvo a la espera de alguna reacción por parte de Flinn, pero éste se mantuvo impávido–. A Vencedrag –continuó– se le encomendó que destruyese al Dragón Verde, Verdilith. Por culpa de este Verdilith perdiste el nombre y tu fe.
—Parece que era débil –comentó Flinn.
—No, débil no –afirmó Braddoc, ligeramente irritado. Después de una pausa añadió–: Querías creer que habías perdido la fe porque la mujer a quien amabas había perdido su confianza en ti. Fue envenenada con mentiras y murió en manos de los traidores.
Braddoc chupó de su pipa y dejó escapar una bocanada de humo azulado. El relajante aroma lo tranquilizó y le permitió continuar.
—Te enfrentaste una vez a Verdilith, pero no lo derrotaste. Tu destino hizo que volvierais a combatir, y fue entonces cuando te venció.
El enano absorbió otra bocanada de su pipa de barro, y, a través de la densa cortina de humo, contempló al Inmortal, sentado sobre la fría hierba. Sonrió para sí ante lo absurdo de aquel encuentro y prosiguió con su relato:
—Verdilith no estaba satisfecho con tu muerte. Deseaba destruir a Vencedrag y para conseguirlo adquirió tu apariencia.
—Eso fue lo que me permitió transformarme en una criatura de carne y hueso de este mundo –contestó Flinn absorto–. «En el Reino de los Muertos se encuentra la perfección», me dijeron. «Todas las cosas de este mundo tienen conexión con las cosas perfectas.»
Flinn se detuvo un momento, y luego prosiguió:
—Allí no poseía un cuerpo…
—Pero en este mundo tu forma encontró la perfección gracias a Verdilith –concluyó Braddoc–. Para convencer a Jo de que habías vuelto al mundo convertido en Inmortal, el dragón utilizó hasta el último recurso de su magia, y se transformó en un modelo de tu alma en carne y hueso.
El enano lo escrutó buscando indicios de alguna reacción, pero Flinn guardó silencio, con la mirada perdida en la distancia. Braddoc deseó tener la habilidad de leer en la mente de un Inmortal.
—Tienes razón, Braddoc Briarblood –dijo Flinn al cabo, con un gesto de asentimiento–. He venido del Reino de los Muertos bajo la apariencia de un mortal.
—Con la ayuda de Diulanna y…
—Guiado por Thor y por Odín, el Padre Universal. Ellos me encomendaron esta misión. Pero ahora, por favor, hablame de ti y explícame cómo es que sabes tantas cosas.
Braddoc pestañeó sorprendido y mordió con fuerza la boquilla de la pipa para contener una carcajada. Un Inmortal le había pedido a él, Braddoc Briarblood, si «por favor» podía hablar. Pensó que, después de todo, aún tenía la esperanza de redescubrir a su amigo.
—No sé por dónde empezar, pero lo intentaré –repuso, envuelto en una nube de humo. Contempló el cielo gris, preguntándose si Teryl Uro habría devuelto a Dayin al mundo. Se encogió de hombros y se volvió hacia Flinn, que aguardaba pacientemente.
»Los enanos tienen dos historias. La más conocida se llama la Gracia de Kagyar. Cuenta que hubo un tiempo en que Rupestre estaba sepultada bajo una espesa capa de hielo, poblada de criaturas que se adaptaron al medio. Kagyar, el Artesano, hizo desaparecer el manto de hielo y alteró la tierra según su voluntad.
—Kagyar es un Eterno de la Esfera de la Materia –dijo Flinn–. Le interesan el arte y los artesanos.
—Y se dice que los enanos son creación suya –añadió Braddoc–. Su primera obra la esculpió de la roca viviente de Rupestre, empleando su magia y su consumada artesanía. Esta criatura recibió el nombre de Nacido de la Roca o Denwarf en la lengua del país de los enanos, y fue el primer rey de todos los enanos.