El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Un día fugaz, transcurrido en un segundo. Pero, al consultar su reloj, vio que todavía era temprano, y pensó que el hombre que tenía tanto poder, ahora que Su Santidad estaba á las puertas de la muerte, permanecería aún despierto, compartiendo los hábitos nocturnos de su gato. Aquel hipo horrible, llenando la pequeña habitación de Castelgandolfo, contrayendw la fina, pálida, ascética cara que él había visto duran te tantos años bajo la blanca tiara; se estaba murien do, y era un gran Papa. Dijeran lo que dijesen, era un gran Papa. Si había amado a los alemanes, si todavía le gustaba oír hablar en alemán, ¿qué mal había en esto? Rainer no era quién para juzgarlo.
Pero lo que Rainer necesitaba saber en este momento no podía ir a buscarlo a Castelgandolfo. Debía subir la escalinata de mármol, entrar en la habitación escarlata y carmesí, hablar con Vittorio Scarban-za, cardenal Di Contini-Verchese. Que podía ¡ser el próximo Papa, o podía no serlo, Durante casitres años, había observado aquellos ojos prudentes, negros, amables, posándose donde querían posarse sí, era mejor buscar la respuesta en él que en el cardenal De Bricassart.
– Pensé que nunca diría una cosa así, pero, gracias a Dios, salimos para Drogheda -dijo Justine, negándose a arrojar una moneda en la fuente de Trevi-. Teníamos proyectado dar una vuelta por Francia y España, y, en vez de esto, todavía estamos en Roma, donde soy tan inútil como un ombligo. ¡Ay, los hermanos!
– ¡Hum! ¿Cree que los ombligos son inútiles? Recuerdo que Sócrates era de la misma opinión -comentó Rainer.
– ¿Lo dijo Sócrates? ¡No lo recuerdo! Es curioso, pero también pensaba que había leído casi todo lo de Platón.
Se volvió a mirarle y pensó que la ropa corriente de un hombre de vacaciones en Roma le sentaba mucho mejor que el severo traje que llevaba para las audiencias en el Vaticano.
– En realidad, estaba tan absolutamente convencído de que el ombligo no servía para nada, qué se arrancó el suyo y lo tiró.
Ella torció los labios.
– ¿Y qué pasó?
– Que se le cayó la toga.
– ¡Huy! ¡Huy! -dijo ella, riendo entre dientes-. Lo cierto es que, en aquella época, no llevaban toga en Atenas. Pero tengo la terrible impresión de que hay una moraleja en su historia. -Se puso seria-. ¿Por qué se preocupa por mí. Rain?
– ¡Testaruda! Ya le he dicho que mi nombre no se pronuncia Ryner, sino Rayner.
– ¡Ah, no lo comprende! -dijo ella, mirando pensativamente los chispeantes chorros de agua y el sucio estanque lleno de sucias monedas-. ¿Ha estado alguna vez en Australia? Él se encogió de hombros.
– Estuve dos veces a punto de ir, herzchen, pero conseguí librarme.
– Bueno, si hubiese estado allí lo comprendería. Tiene un nombre mágico para un australiano, si se pronuncia a mi manera. Rainer. Rain [1]. La vida en el desierto.
Él se sobresaltó y dejó caer el cigarrillo.
– No se estará enamorando de mí, ¿verdad, Jus-tine?
– ¡Qué ególatras son los hombres! Siento desilusionarle, pero, no. -Después, como para suavizar la rudeza de sus palabras, deslizó una mano en la de él y apretó-. Es algo mucho mejor.
– ¿Hay algo mejor que enamorarse? -Casi todo, creo yo. No quiero necesitar a nadie hasta este punto. ¡Nunca!
– Tal vez tenga razón. Ciertamente, es un fuerte obstáculo, si se hace prematuramente. Bueno, ¿qué es eso mucho mejor?
– Encontrar un amigo. -Le acarició la mano-. Porque usted es amigo mío, ¿no?
– Sí. -Sonrió y arrojó una moneda en la fuente-. ¡Ahí va! Quizás he tirado mil marcos en estos años, sólo para asegurarme de que volvería a sentir el calor del Sur. A veces, en mis pesadillas, siento de nuevo aquel frío.
– Tendría que sentir el calor del verdadero Sur -dijo Justine-. Cuarenta y ocho a la sombra, si se puede encontrar alguna sombra.
– No es extraño que no sienta el calor. -Su risa fue apagada, como siempre; una secuela de los viejos tiempos, cuando reír fuerte era tentar al destino-.
Y el calor explicaría de que le hiervan los sesos.
– Su inglés es fluido, pero americano. Yo pensaba que lo habría aprendido en alguna universidad británica de postín.
– No. Empecé a aprenderlo en un campamento belga, de los soldaditos cockney o escoceses o de las Midlands, y no entendía una palabra, salvo cuando hablaba con el hombre que me servía de maestro. Uno decía asín, otro decía asina, y todos querían decir así.
Y así, cuando volví a Alemania, vi todas las películas que pude y compré todos los discos en inglés que estaban a la venta, todos ellos grabaciones de actores americanos. Y los oía una y otra vez en casa, hasta que supe el inglés suficiente para seguir aprendiendo.
Ella se había descalzado, como de costumbre; y él había contemplado, horrorizado, cómo caminaba sobre un pavimento donde se habría podido freír un huevo, y sobre losas desnudas.
– ¡Rapazuela! Póngase los zapatos.
– Soy australiana; tenemos los pies demasiado anchos para sentirnos cómodas con zapatos. Allí no hace nunca verdadero frío, y andamos descalzas siempre que podemos. Puedo cruzar una dehesa llena de cardos y arrancarme los pinchos de los pies sin sentirlo -declaró, con orgullo-. Probablemente podría andar sobre carbones encendidos. -De pronto, cambió de tema-. ¿Amaba a su esposa, Rain?
– No.
– ¿Le amaba ella?
– Sí. No tenía otra razón para casarse conmigo.
– ¡Pobrecilla! Usted la empleó, y la dejó tirada.
– ¿Le repugna esto?
– No, creo que no. En realidad, más bien le admiro por ello. Pero lo siento mucho por ella, y esto me afirma en mi decisión de no tropezar en la misma piedra que ella.
– ¿Me admira? -dijo él, un poco asombrado.
– ¿Y por qué no? Yo no busco en usted las cosa's que sin duda buscó su esposa, ¿no cree? Me gusta, es mi amigo. Ella le amó, y usted fue su marido.
– Creo, herzchen -dijo él, con cierta tristeza-, que los hombres ambiciosos no son muy buenos con sus mujeres.
– Eso es porque generalmente buscan mujeres sumisas, del tipo «sí, querido; no, querido; lo que tú quieras, querido». Queso duro, diría yo. Si yo hubiese sido su mujer, le habría mandado al cuerno muchas veces; pero supongo que ella no lo hizo nunca, ¿verdad?
Los labios de él temblaron.
– No, pobre Annelise. Tenía madera de mártir; por eso sus armas no eran tan directas o tan deliciosamente expresadas. Ojalá diesen películas australianas; tal vez aprendería su lengua vernácula. He entendido lo de «sí, querido», pero no tengo idea de lo que quiso decir con «queso duro».
– Algo así como mala suerte, pero en tono despectivo. -Las anchas puntas de sus pies se agarraban como dedos prensiles al borde interno de la fuente, y ella se echó peligrosamente atrás y se irguió con facilidad-. Bueno, en definitiva se portó bien con ella. La plantó. Sin duda vive mejor lejos de usted, aun' que probablemente no lo cree. Si yo puedo soportarle, es porque no me dejo dominar.
– Dura de pelar, ¿verdad, Justine? Pero, ¿cómo se eriteró de todas estas cosas acerca de mí?
– Le pregunté a Dane. Naturalmente, tratándose de Dane, sólo me expuso los hechos concretos, pero yo deduje todo lo demás.
– Sin duda gracias a su enorme caudal de experiencia. ¡Es una tramposa! Dicen que es muy buena actriz, pero me parece increíble. ¿Cómo se las arregla para fingir emociones que no puede haber sentido nunca? Como persona, está emocionalmente más atrasada que la mayoría de las chicas de quince años.
[1] Rain = lluvia.