La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-Qudate muy quieta -dijo.
Le quit el bolso que llevaba colgado del hombro, calcul primero lo que pesaba, luego lo abri, y mir lo que haba dentro. Por tercera vez en su corta vida, su radio despertador mereci una cuidadosa atencin. La encendi. Funcionaba. La apag, juguete un poco con ella, y se guard algo en el bolsillo. Por un momento, crey que haba decidido quedarse con la radio. Pero no era as, porque vio que volva a meterla en el bolso, y el bolso en la furgoneta. Luego, como si fuera un instructor que quera corregir su postura, le puso la punta de las manos en los hombros para enderezarla. Su mirada no se apart de su cara en ningn momento. Baj el brazo derecho, y empez a tocarle el cuerpo con la palma de la mano izquierda, primero el cuello y los hombros, luego la clavcula y las paletillas, palpando los puntos en que habran estado los tirantes de su sostn, en caso de haberlo llevado. Despus, las axilas, y bajando por los lados hasta las caderas; los pechos y el vientre.
-Esta maana, en el hotel, llevabas la pulsera en la mueca derecha. Esta noche la llevas en la izquierda. Por qu?
Hablaba el ingls como un extranjero, pero culto y educado; con un acento que a ella le pareca el de un rabe. Una voz suave, pero poderosa; una voz de orador.
-Me gusta cambiarla de sitio -dijo Charlie.
-Por qu?
-Para que parezca nueva.
El hombre se agach, y continu su exploracin de las caderas, las piernas y la parte interior de los muslos, con el mismo cuidado que el resto del cuerpo; luego, siempre slo con la mano izquierda, meti los dedos entre las botas de piel de Charlie.
-Sabes cunto vale esa pulsera? -pregunt, al ponerse otra vez de pie.
-No.
-Estte quieta.
Estaba detrs de ella, palpndole la espalda, las caderas, de nuevo las piernas, hasta llegar a las botas.
-No la has asegurado?
-No.
-Por qu no?
-Michel me la dio por amor, no por dinero.
-Sube al coche.
Lo hizo; l dio la vuelta por delante del coche, y se sent a su lado.
-Muy bien, te llevo a ver a El Jalil. -Puso el motor en marcha-. Entrega de puerta a puerta.
La furgoneta tena cambio automtico, pero observ que conduca principalmente con la mano izquierda, mientras que la derecha descansaba sobre su pierna. El ruido que hacan las botellas vacas la cogi de sorpresa. Lleg a un cruce, torci a la izquierda para coger otra carretera tan recta como la primera, pero sin luces. Su cara, por lo que poda ver, le recordaba la de Joseph, no por las facciones, sino por la intensidad de su expresin, por sus ojos rasgados de luchador, que mantenan una vigilancia constante sobre los tres espejos de la furgoneta, as como sobre ella misma.
-Te gustan las cebollas? -pregunt entre el ruido de las botellas.
-Mucho.
-Te gusta guisar? Qu sabes hacer? Espaguetis, Schnitzel viens?
-Cosas como sas.
-Qu le hiciste a Michel?
-Un bistec.
-Cundo?
-En Londres. La noche que se qued en mi piso.
-Y no le diste cebollas?
-Con la ensalada.
Volvan a la ciudad. Su resplandor formaba una pared rojiza bajo la nube pesada de la noche. Bajaron una cuesta, y llegaron a un valle, llano, desparramado, como sin forma. Vio fbricas a medio construir, y aparcamientos de camiones, vacos. No vea tiendas, ni bares, ni luces en ninguna ventana. Entraron en un patio exterior de cemento. Par la furgoneta, pero dej el motor en mar-cha. HOTEL GARNI EDEN, ley, en letras de nen rojas, y encima de una llamativa puerta de entrada Willkommen, Bienvenu, Wellcome.
Al ir a entregarle su bolso, tuvo otra idea:
-Toma, dale stas. A l tambin le gustan. -Busc la caja de cebollas entre las otras. Al dejarla encima de ella, se fij otra vez en la inmovilidad de su mano derecha, cubierta por el guante-. Habitacin 5, cuarto piso. Por las escaleras. No el ascensor. Que te vaya bien.
Con el motor todava en marcha, la vio cruzar el patio hacia la entrada. La caja pesaba ms de lo que ella haba esperado, y necesitaba los dos brazos para llevarla. El vestbulo estaba vaco, y el ascensor all, pero no lo cogi. La escalera era estrecha y retorcida, y la alfombra estaba completamente desgastada. Sonaba una msica insinuante, el aire viciado ola a perfume barato y a humo de tabaco rancio. En el primer rellano, una mujer vieja, desde un compartimiento de cristales, dijo Grss Gott, pero sin levantar la cabeza. Pareca un sitio en que estaban acostumbrados a ver seoras que entraban y salan sin dar explicaciones.
En el segundo rellano, oy msica, y risas de mujer; en el tercero, vio que suba el ascensor, y pens por qu demonios le haba hecho subir por las escaleras, pero ya no le quedaba voluntad ni deseos de resistirse, todas sus palabras y sus acciones estaban ya escritas para ella. Le dolan los brazos de llevar la caja y, cuando lleg al pasillo del cuarto piso, el dolor era lo que ms le preocupaba. La primera puerta era una salida de incendios, y la segunda, al lado de ella, llevaba el nmero 5. El ascensor, la salida de incendios, las escaleras, pens inmediatamente; l siempre tiene por lo menos dos cosas a mano.
Dio unos golpecitos en la puerta, se abri y, lo primero que se le ocurri pensar, fue: Vaya, hombre, ya la he pringado; porque el hombre que estaba delante de ella era el hombre que acababa de llevarla all en la furgoneta de Coca-Cola, slo que sin el sombrero y sin el guante de la mano izquierda. Cogi la caja de cebollas y la puso en el estante de las maletas. Le quit las gafas, las dobl, y volvi a drselas. Despus de eso, volvi a quitarle el bolso que llevaba colgado del hombro, y lo vaci encima del edredn barato y de color rosa, casi lo mismo que le haban hecho en Londres cuando le pusieron las gafas oscuras. Aparte de la cama, casi la nica cosa que haba en el cuarto era la cartera. Estaba encima del lavabo, vaca, con su boca negra vuelta hacia ella, como una mandbula abierta. Era la que ella haba ayudado a robarle al profesor Minkel en aquel hotel grande que tena una terraza, cuando era demasiado joven para saber lo que le convena.
Una calma absoluta haba cado sobre los tres hombres que estaban en la sala de operaciones. Ninguna llamada telefnica, ni siquiera de Minkel y Alexis; ninguna retractacin desesperada sobre el enlace cifrado con la embajada de Bonn. Pareca que en su imaginacin colectiva toda la complicada trama de la conspiracin estuviera reteniendo el aliento. Litvak, sin nimos, se haba dejado caer en un silln de despacho; Kurtz, en una especie de ensoacin, con los ojos medio cerrados, sonrea como un caimn viejo. Y Gadi Becker, lo mismo que antes, el ms silencioso de todos, miraba descontento a la oscuridad, como un hombre que examinara todas las promesas de su vida pasada cules eran las que haba mantenido, cules roto?
-Debamos haberle dado ya el emisor -dijo Litvak-. Ahora ya confan en ella. Por qu no se lo hemos dado?
-Porque va a registrarla -dijo Becker-. Va a registrarla para ver si lleva armas o algn emisor.
Litvak se anim lo bastante para tener ganas de discutir:
-Entonces por qu la utilizan a ella? Estis locos. Por qu utilizar a una chica en la que no confas para un trabajo como ste?
-Porque no ha matado -dijo Becker-. Porque es pura. Por eso es por lo que la utilizan a ella, y por eso es por lo que no confan en ella. Por la misma razn.