La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
S�came de �sta. Cristo, s�came de �sta. La recepcionista se lamentaba de que no hubiera ninguna reserva hecha a nombre del se�or Boccaccio, y de que el hotel estuviera lleno; con la otra mitad de s� misma, entregaba a la se�ora Minkel la llave de una habitaci�n. Charlie estaba dando otra vez las gracias al profesor por esa conferencia tan instructiva y estimulante, y Minkel estaba d�ndoselas a ella por sus amables palabras; Rossino, despu�s de darle tambi�n las gracias a la recepcionista, se dirig�a a paso ligero hacia la puerta principal, con la cartera de Minkel tapada por el elegante impermeable negro que llevaba al brazo. Entre nuevas disculpas y t�midas expresiones de agradecimiento, Charlie sal�a tras �l, con cuidado de no dar la impresi�n de que ten�a prisa. Al llegar a las puertas de cristal, tuvo tiempo de ver reflejada en ellas la imagen de los Minkel, mirando desconsolados a su alrededor, tratando de recordar qui�n era el �ltimo que la hab�a tenido y d�nde.
Charlie pas� entre los taxis parados, y lleg� al aparcamiento del hotel, donde Helga, que llevaba una capa Loden con botones de asta, estaba esper�ndola en un Citroen verde. Charlie se sent� a su lado; Helga avanz� tranquilamente hacia la salida, meti� la tarjeta y el dinero. Al levantarse la barrera, Charlie empez� a re�rse a carcajadas, como si la risa se le hubiera disparado tambi�n al mismo tiempo. Se ahogaba, se pon�a las manos en la boca, y apoyaba la cabeza en el hombro de Helga, en un estallido de alegr�a incontenible.
-��He estado incre�ble, Helg! Ten�as que haberme visto.
Al llegar al cruce, un polic�a de tr�fico joven se qued� asombrado al ver a dos mujeres adultas, que lloraban de risa como si hubieran perdido la cabeza. Helga baj� el cristal de la ventanilla y le tir� un beso.
En la sala de operaciones, Litvak estaba sentado junto a la radio, y Becker y Kurtz, de pie, detr�s de �l. Litvak, p�lido y silencioso, parec�a tener miedo de s� mismo. Llevaba unos auriculares y un micr�fono.
-�Rossino ha cogido un coche para ir a la estaci�n -dijo Litvak-. Lleva la cartera. Va a recoger la moto.
-�No quiero que le sigan -dijo Becker a Kurtz.
Litvak se quit� el micr�fono y respondi� como si no pudiera creer lo que o�a:
-��Que no le sigan? Tenemos seis hombres alrededor de esa moto. Alexis tiene unos cincuenta. Hemos puesto a un ex polic�a, y tenemos coches repartidos por toda la ciudad. Que sigan a la moto, nosotros seguimos a la cartera. La cartera nos lleva a nuestro hombre. -Se volvi� hacia Kurtz, como para pedirle que le apoyara.
-��Gadi? -dijo Kurtz.
-�Utilizar� alg�n recurso -dijo Becker-. Siempre lo ha hecho. Rossino la llevar� hasta all�, la entregar�, y otro se encargar� de cogerla en la etapa siguiente. Por la tarde, nos habr�n hecho andar por calles desiertas, por el campo, por restaurantes vac�os. No hay en el mundo un equipo de vigilancia que pueda aguantar eso sin que le descubran.
-��Y tu inter�s particular, Gadi? -pregunt� Kurtz.
-�Berger estar� pendiente de Charlie durante todo el d�a. El Jalil la telefonear� a la hora y en los sitios que hayan convenido. Si El Jalil ve que algo no va bien, mandar� a Berger que la mate. Si no llama en dos o tres horas, como hayan quedado, Berger la matar� de todas maneras.
Kurtz, sin cabar de decidirse, se apart� de ellos y empez� a andar por la habitaci�n. Primero para un lado, luego para el otro, mientras Litvak le miraba con cara de loco. Kurtz cogi� por fin la l�nea directa con Alexis, y le oyeron decir �Paul�, en un tono como de consulta, a ver si me haces un favor. Habl� un rato en voz baja, escuch�, volvi� a hablar, y colg�.
-�Tenemos unos nueve segundos antes de que llegue a la estaci�n -dijo Litvak, nervioso, escuchando con sus auriculares-. Seis.
Kurtz no le hizo caso.
-�Me comunican que Helga y Charlie acaban de entrar en una peluquer�a elegante -dijo, avanzando otra vez por la habitaci�n-. Parece que quieren ponerse guapas para el gran acontecimiento. -Se par� delante de ellos.
-�El taxi de Rossino ya ha llegado a la estaci�n -dijo Litvak, desesperado-. Lo est� despidiendo ahora.
Kurtz estaba mirando a Becker. Le miraba con respeto, casi con cari�o. Era un viejo entrenador cuyo atleta favorito hab�a encontrado por fin su forma.
-�Gadi ha conseguido una victoria, Shimon -dijo, sin apartar los ojos de Becker-. Llama a tus chicos. Diles que se tomen un descanso hasta la noche.
Son� un tel�fono, y Kurtz volvi� a cogerlo. Era el profesor Minkel, que sufr�a su cuarto ataque de nervios. Kurtz le escuch� hasta el final, habl� luego con su mujer, durante un buen rato y en tono tranquilizador, trat�ndolos a los dos con superioridad.
-�No hay duda de que es un buen d�a -dijo, conteniendo su mal humor despu�s de colgar-. Todo el mundo lo est� pasando en grande.
Se puso su boina azul y se fue a buscar a Alexis, para ir a inspeccionar con �l la sala de conferencias.
Era para ella la espera m�s cargada de amenazas y la m�s larga; una noche de estreno para acabar con las noches de estreno. Y lo peor era que no pod�a hacer nada sola, porque Helga hab�a nombrado a Charlie su protegida y sobrina favorita, y no pensaba perderla de vista. Despu�s de la peluquer�a, donde Helga hab�a recibido su primera llamada telef�nica, fue a unos almacenes, en los que compr� a Charlie un par de botas forradas de piel, y unos guantes de seda para lo que ella llamaba �marcas de dedos�. Desde all� a la catedral, en la que Helga oblig� a Charlie a o�r una lecci�n de historia, y luego, con muchas risitas e insinuaciones, a una plaza peque�a, donde estaba empe�ada en presentarle a un tal Bertold Schwartz.
-�La persona m�s sexy que has visto en tu vida. Estoy segura de que te vas a enamorar como una loca de �l.
Bertold Schwartz result� ser una estatua.
-��No es fant�stico, Charlie? �No te gustar�a poder levantarle las faldas? �Sabes lo que hizo nuestro Bertold? Era un fraile franciscano, un alquimista famoso, e invent� la p�lvora. Amaba tanto a Dios, que ense�� a todas sus criaturas a volarse unas a otras. As� es que los honrados ciudadanos le erigieron una estatua. Es natural. -La cogi� del brazo y la apret� contra ella-. �Sabes lo que vamos a hacer esta noche? -le dijo al o�do-. Volvemos aqu�, traemos unas flores para Bertold, y las ponemos a sus pies. �Eh, Charlie?
Muy bien, Helg. Lo que t� quieras.
La aguja de la catedral estaba empezando a ponerle los nervios de punta: un faro, lleno de calados, siempre apagado, que aparec�a delante de ella cada vez que daba la vuelta a una esquina o entraba en una calle nueva.
Fueron a comer a un restaurante elegante, donde Helga invit� a Charlie a vino de Baden, criado, seg�n se dijo, en el suelo volc�nico del Kaiserstuhl -��Un volc�n!�, pens� Charlie- y ya todo lo que com�an, beb�an o ve�an daba pie para hacer comentarios y bromas aburridas. Cuando estaban tomando el pastel de la Selva Negra. -�Hoy todo tiene que ser burgu�s�-, volvieron a llamar a Helga al tel�fono, y dijo que ten�an que ir a la universidad o no podr�an hacer nada. Se metieron por un paso subterr�neo, bordeado de tiendas peque�as y buenas, y se encontraron a la salida frente a un edificio impresionante, de piedra arenisca rojiza, con columnas, y una fachada en la que se ve�an unas palabras escritas en letras de oro, que Helga se apresur� a traducir.
-�Mira, aqu� tienes un mensaje para ti, Charlie. Escucha. �La verdad os har� libres.� Citan a Carlos Marx en tu honor, �no te parece bonito?
-�A San Juan -corrigi� Charlie, antes de que hubiera tenido tiempo de pensarlo, y vio pasar una sombra de ira por la cara de Helga.
Un espacio de piedra abierto rodeaba el edificio. Un polic�a viejo se paseaba por all�, mirando con poca curiosidad a las chicas, que abr�an la boca y se�alaban con el dedo, como perfectas turistas. Cuatro escalones conduc�an a la entrada principal. Dentro de ella, las luces de una sala grande brillaban a trav�s de las puertas de cristal oscuro. La entrada lateral estaba custodiada por estatuas de Homero y Arist�teles, y fue all� donde Helga y Charlie se detuvieron m�s tiempo, admirando las esculturas y la suntuosidad ar quitect�nica, y calculando en secreto medidas y distancias. Un cartel amarillo anunciaba la conferencia de Minkel para las ocho de la tarde.