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La chica del tambor

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La chica del tambor
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-�Tienes miedo, Charlie -dijo Helga en voz baja, y sin esperar una respuesta-. Escucha, a partir de esta ma�ana, vas a tener un triunfo absoluto. Vas a ense�arles qu� es verdad y qu� es mentira, y vas a ense�arles tambi�n qu� es la libertad. Para las grandes mentiras necesitamos una acci�n grande, es l�gico. Una acci�n grande, un gran auditorio, una gran causa. Ven.

Un puente moderno para peatones cruzaba la calle de doble v�a. Unos macabros postes tot�micos presid�an cada uno de sus extremos. Del puente pasaron a la biblioteca de la universidad, y de all� a un caf� de estudiantes, una especie de plataforma de cemento, colgada sobre la calle. Las paredes eran de cristal, y mientras tomaban caf�, pod�an ver a profesores y estudiantes entrar y salir de la sala de conferencias. Helga estaba esperando otra llamada telef�nica. La llamada lleg� y, cuando volv�a de hablar, vio algo en la expresi�n de Charlie que la puso furiosa.

-��Qu� es lo que te pasa? �De repente te ha entrado una gran compasi�n por las deliciosas opiniones sionistas de Minkel? Pues es peor que Hitler, �sabes?, un aut�ntico tirano disfrazado. Voy a comprarte un �schnapps� para darte �nimos.

Todav�a sent�a el calor del �schnapps� cuando llegaron al parque vac�o. El estanque estaba helado; empezaba a anochecer; se clavaban las motas de agua helada que volaban en el aire. Una campana antigua dio la hora, con un sonido fuerte. Una segunda campana, m�s peque�a y de un tono m�s agudo, son� despu�s de ella. Helga, arropada en su capa verde, lanz� un grito de alegr�a.

-��Charlie, escucha! �Oyes esa campana peque�a? Es de plata. �Y sabes por qu�? Te lo voy a contar. Un viajero que ven�a a caballo se perdi� por el camino una noche. Hac�a muy mal tiempo y hab�a bandidos, y se alegr� tanto al ver Friburgo que regal� una campana de plata a la catedral. Desde entonces, toca todas las noches. �No es bonito?

Charlie dijo que s� con la cabeza y trat� de sonre�r, pero sin �xito. Helga le ech� el brazo por encima, y la meti� entre los pliegues de su capa.

-�Oye, Charlie, �quieres que te eche otro serm�n?

Charlie movi� la cabeza.

Sin dejar de apretarla contra su pecho, Helga mir� el reloj, y luego al camino, que estaba ya casi a oscuras.

-��Sabes otra cosa de este parque, Charlie?

S� que es el segundo lugar m�s horrible del mundo. Y yo no doy nunca primeros premios. Guard� silencio.

-�Pues entonces voy a contarte otra historia. �Quieres? En la guerra hab�a aqu� una oca macho. �Dec�s oca macho?

-�Ganso.

-�Pues este ganso era una sirena que avisaba de los ataques a�reos. Cuando ven�an los aviones, era el primero que los o�a, y cuando chillaba, la gente bajaba corriendo a los s�tanos, sin esperar el aviso oficial. El ganso muri�, pero los habitantes estaban tan agradecidos que despu�s de la guerra le hicieron un monumento. Ah� tienes lo que es Friburgo. Una estatua al monje que invent� las bombas y otra al que avisaba de que iban a tirarlas. �Ser�n locos estos friburgueses? -M�s seria, Helga volvi� a mirar el reloj y luego hacia la oscuridad brumosa-. Aqu� esta -dijo, con mucha tranquilidad, y se dispuso a despedirse.

�No, Helg -pens� Charlie-; te quiero, puedes desayunar conmigo todos los d�as, pero no me hagas ir con El Jalil.�

Helga le puso las manos en la cara, y la bes� en los labios.

-�Por Michel, �eh? -Volvi� a besarla, esta vez con m�s fuerza-. Por la revoluci�n y la paz y por Michel. Sigue por el camino, todo derecho, y encontrar�s una puerta. Un Ford verde est� esperando all�. Te sientas en la parte de atr�s, justo detr�s del conductor. -Otro beso-. Charlie, escucha, eres maravillosa. Siempre seremos amigas.

Charlie ech� a andar por el camino, se detuvo, mir� para atr�s. En la media luz del anochecer, r�gida, extra�amente cumplidora, Helga estaba vigil�ndola, con su Loden verde colg�ndole de los hombros, como la capa de un guardia.

Helga salud� con su mano grande, movi�ndola a un lado y a otro, a estilo real. Charlie contest�, contemplada por la aguja de la catedral.

El conductor llevaba un sombrero de piel que le tapaba la mitad de la cara, y se hab�a subido el cuello de piel del abrigo. No se dio la vuelta para saludarla y, desde donde estaba, no pod�a hacerse una idea de c�mo era, salvo que a juzgar por la l�nea de su mand�bula era joven, y que le parec�a tambi�n que era �rabe. Conduc�a despacio, primero por entre el tr�fico nocturno y luego por el campo, por caminos estrechos y rectos, en los que todav�a hab�a nieve. Encendi� m�s de una vez la luz para mirar el reloj del panel, pero volvi� a apagarla. Pasaron una estaci�n de ferrocarril peque�a, llegaron al paso a nivel, y se pararon. Charlie oy� un timbre de aviso y vio que la barrera se mov�a y empezaba a bajar. Puso el coche en segunda, y cruz� a toda velocidad, justo en el momento en que el paso a nivel se cerraba tras ellos.

-�Gracias -dijo Charlie, y le oy� re�rse con una risa gutural; desde luego era �rabe.

Subi� una cuesta, y volvi� a detener el coche, esta vez junto a una parada de autob�s, que ten�a un letrero en el que hab�a una �H� verde. Le dio una moneda.

-�Coge un billete de dos marcos, el pr�ximo autob�s en esa direcci�n. Esto es la busca del tesoro el D�a de la Fundaci�n del colegio nuestro, pens�; la pr�xima pista te lleva a la otra; cuando llegas a la �ltima, ganas el premio.

Era noche cerrada, y estaban apareciendo las primeras estrellas. De las colinas ven�a un viento que cortaba. A lo lejos vio las luces de una estaci�n de gasolina, pero no hab�a casas por ninguna parte. Esper� cinco minutos, y lleg� un autob�s que se par� con un chirrido. Estaba vac�o en sus tres cuartas partes. Cogi� el billete y se sent� al lado de la puerta, con las rodillas juntas, sin mirar a ning�n sitio. En las dos paradas siguientes, no subi� nadie; en la tercera, un chico vestido con una chaqueta de cuero, subi� de un salto, y se sent� alegremente al lado de ella. Era su ch�fer americano de la noche anterior.

-�Dos paradas m�s all� hay una iglesia nueva -le dijo con naturalidad-. Te bajas, pasas por delante de la iglesia, sigues andando por la carretera, siempre por el lado derecho. Encuentras un veh�culo rojo, parado, con un diablillo colgado del espejo del conductor. Abres la puerta, te sientas, y esperas. Eso es todo lo que tienes que hacer.

El autob�s se detuvo, ella se baj� y ech� a andar. El chico se qued� en el autob�s. La carretera era recta y la noche muy oscura. M�s all�, a unos quinientos metros, vio como un destello rojo debajo de una farola. No los pilotos. La nieve cruj�a bajo sus botas nuevas y el ruido aumentaba la sensaci�n que ten�a de estar separada de su cuerpo. �Qu� hay, pies, qu� est�is haciendo ah� abajo? Marcha, chica, marcha. Al acercarse, vio que era una furgoneta de Coca-Cola, subida en el bordillo de la carretera. Unos cincuenta metros m�s all�, debajo de otra farola, hab�a un caf� diminuto, y luego otra vez nada, s�lo la llanura cubierta de nieve y la carretera recta, que no conduc�a a ning�n sitio. A qui�n hab�a podido ocurr�rsele poner un caf� en un sitio tan dejado de la mano de Dios era otro misterio.

Abri� la puerta de la furgoneta y se meti� en ella. En el interior hab�a mucha luz, gracias a la farola que ten�a encima. Not� olor a cebolla y vio una caja de cart�n repleta de ellas, entre los cajones de botellas vac�os que llenaban la parte de atr�s. Un demonio de pl�stico, con un tridente, colgaba del espejo. Se acord� de que hab�a otro igual en la furgoneta de Londres, el d�a en que Mario la hab�a secuestrado. A sus pies hab�a un mont�n de cassettes sucias. Era el sitio m�s tranquilo del mundo. Una luz se acercaba despacio por la carretera. Al llegar a su altura, vio que era un cura joven montado en una bicicleta. Volvi� la cara al pasar junto a ella, y pareci� que se sent�a ofendido, como si fuera un desaf�o a su castidad. Esper� otra vez. Un hombre alto, con una gorra de visera, sali� del caf�, olfate� el aire y mir� luego a un lado y a otro, como si no supiera muy bien qu� hora era. Volvi� a entrar en el caf�, volvi� a salir, avanz� despacio hasta llegar adonde estaba ella. Dio unos golpecitos en la ventanilla con sus dedos enguantados. Un guante de cuero, duro y brillante. La luz fuerte de una linterna enfocada sobre ella, le impidi� ver al hombre. La luz se mantuvo, se pase� despacio por la furgoneta, volvi� a enfocarla y la deslumbr�. Levant� la mano para protegerse los ojos y, al bajarla, vio que la luz la segu�a hasta sus piernas. La linterna se apag�, se abri� la puerta, una mano la agarr� por la mu�eca y la sac� del coche. Estaba delante de �l, y era un hombre fuerte, treinta cent�metros m�s alto que ella. Pero su cara estaba completamente en sombra debajo de la visera y se hab�a subido el cuello para protegerse del fr�o.

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