La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— Sal —gruñó—. No, tú no —dijo cuando Kahlan hizo ademán de levantarse—. Estoy hablando con Lunetta. Tú no te muevas hasta que yo te lo diga. Más pronto o más tarde caerás en mis manos y pagarás por tus sucios crímenes —prometió, atusándose el mostacho.
— Los mriswith no van a entregarme a su perrito faldero —replicó Kahlan—. El Creador no permitirá que alguien como tú me ponga sus sucias manos encima. No eres más que escoria del Custodio, Brogan, y el Creador lo sabe. El Creador te odia.
Kahlan sintió cómo el collar le enviaba un abrasador ramalazo de dolor a las piernas que le impedía moverse y otro a la garganta, ahogando su voz. Los ojos de Lunetta echaban chispas. Pero Kahlan ya había dicho lo que quería decir.
Si Brogan la mataba, Richard no caería en la trampa de tratar de rescatarla.
Brogan apretaba los dientes. Los ojos se le salían de las órbitas y tenía un rostro tan colorado como la capa. De repente extendió su manaza para cogerla. Pero Lunetta fingió creer que le tendía la mano a ella y se la tomó.
— ¿Me ayudáis a bajar, lord general? Me duele la cadera por el traqueteo del coche. El Creador ha sido muy amable al daros tanta fuerza, hermano. Escuchad sus palabras.
Kahlan trató de seguir zahiriendo a Brogan, pero no podía hablar. Lunetta se lo impedía.
Brogan pareció despertar de un sueño y de mala gana ayudó a Lunetta a apearse. Se volvía de nuevo hacia el vehículo cuando reparó en que alguien se aproximaba. La mujer lo despidió con un arrogante ademán. Kahlan no oyó lo que le decía, pero Brogan agarró bruscamente las riendas de su caballo e hizo un seña a sus hombres para que lo siguieran.
Ahern recibió la orden de bajar del pescante y seguir a los soldados de la Sangre. Antes de alejarse les echó una mirada de simpatía. Kahlan rogó a los buenos espíritus que no lo mataran después de haber llegado ya a su destino. Súbitamente todos los jinetes se pusieron en marcha con estrépito en pos de Brogan y Lunetta.
Todo quedó en silencio en el aire de la mañana, y Kahlan sintió que la presión del collar al cuello se relajaba. Nuevamente la asaltó el angustioso recuerdo de cómo ella había obligado a Richard a ponerse uno de esos collares. Cada día daba gracias a los buenos espíritus porque finalmente Richard había entendido que había actuado movida por el deseo de salvarle la vida, para evitar que el don lo matara. Pero los collares que Adie y ella llevaban no eran para ayudarlas; no eran más que grilletes.
Una mujer joven se acercó a la puerta del coche y asomó la cabeza. Llevaba un ceñido vestido rojo que revelaba sus formas perfectas. La densa melena que le enmarcaba el rostro era tan oscura como sus ojos. En comparación con aquella despampanante y sensual mujer, Kahlan se sintió sucia y sin atractivo.
— Una hechicera —dijo la mujer con la mirada posada en Adie—. Bueno, tal vez nos puedas ser de utilidad. —A continuación su mirada se posó en Kahlan. Era evidente que sabía quién era—. Ven conmigo —le ordenó.
Sin decir ni media palabra más se dio media vuelta y echó a andar. Kahlan acusó una abrasadora punzada de dolor en la espalda que la lanzó fuera del coche y a punto estuvo de arrojarla al suelo. Se volvió justo a tiempo de tender una mano a Adie y no caer. Ambas corrieron para alcanzar a la mujer antes de que les infligiera más dolor.
Kahlan y Adie correteaban siguiendo los pasos de la mujer. Kahlan se sentía ridícula, pues el collar le agitaba las piernas obligándola a avanzar al ritmo que imprimía la mujer de rojo, que caminaba con la majestuosidad de una reina. Adie no sufría el mismo trato que Kahlan. Ésta apretó los dientes; tenía ganas de estrangular a aquella altiva mujer con sus propias manos.
Vio a otras mujeres y a un puñado de hombres, disfrutar de un agradable paseo matutino. La pulcritud de todos ellos le recordaba dolorosamente el polvo y la suciedad que había acumulado en el camino. No obstante, esperaba que no le permitieran tomar un baño pues de ese modo quizá Richard no la reconocería. O tal vez no iría a rescatarla.
«Por favor, Richard, protege la Tierra Central. No vengas.»
Recorrieron pasadizos techados limitados lateralmente con celosía cubierta con enredaderas de fragantes flores blancas. Finalmente fueron conducidas a través de una verja abierta en un alto muro. Los soldados que estaban de guardia las vieron, pero no hicieron gesto de detener a la mujer que las guiaba. Tras cruzar un umbroso sendero cubierto de frondosos árboles llegaron a un gran edificio que en nada tenía que ver con la mazmorra infestada de ratas que Kahlan habría esperado. Más bien parecía un ala destinada a los altos dignatarios que visitaban el palacio.
La mujer de rojo se detuvo frente a una puerta tallada empotrada en un marco de sólida piedra. Tras accionar el pomo entró delante de ellas. Era una habitación elegante, con pesados cortinajes que tapaban las ventanas situadas quizás a diez metros de altura del suelo. Asimismo había varias sillas ricamente tapizadas con un tejido de brocado dorado, una mesa y un escritorio de madera de caoba así como una cama con dosel.
— Éste será vuestro dormitorio —dijo la mujer a Kahlan, lanzándole una fugaz sonrisa—. Queremos que estéis cómodas. Seréis nuestras invitadas hasta que acabemos con vosotras.
»Si tratáis de atravesar los escudos de la puerta y la ventana, caeréis postradas de hinojos y vomitaréis hasta tener la sensación de que se os rompen las costillas. Ése será el castigo por la primera infracción. Después de eso, nos os quedarán ganas de volverlo a intentar. Estoy segura de que no querréis saber qué os ocurrirá si cometéis una segunda infracción.
La mujer apuntó con el dedo a Adie aunque su oscura mirada seguía posada en Kahlan.
— Si me causas problemas, tu amiga lo lamentará. Tal vez creas que ya lo has visto todo, pero te aseguro que no es así. ¿Entendido?
Kahlan asintió, pues temía hablar cuando no tocaba.
— Te he hecho una pregunta —dijo la mujer con malevolencia. Adie se derrumbó con un grito—. Espero respuesta.
— ¡Sí! ¡Sí, lo entiendo! ¡No le hagas daño, por favor!
Adie jadeaba, tratando de recuperar el aliento. Cuando Kahlan trató de ayudarla, la mujer le ordenó que dejara que la «vieja» se recuperara sola.
De mala gana Kahlan la obedeció y dejó que Adie se levantara sola. La mujer la examinó de la cabeza a los pies con mirada crítica. Su sonrisa de suficiencia enfureció a Kahlan.
— ¿Sabes quién soy? —le preguntó al fin.
— No.
La mujer enarcó una ceja.
— Vaya, vaya, qué chico tan malo. Bueno, dadas las circunstancias, no me sorprende que no te haya hablado de mí.
— ¿Qué circunstancias son ésas?
— Me llamo Merissa. ¿Te suena el nombre?
— No.
La mujer lanzó una risa suave, tan irritantemente elegante como el resto de su persona.
— Oh, qué chico tan travieso… No debería ocultar a su futura esposa sus lascivos secretos.
Kahlan deseó poder mantener la boca callada, pero no pudo.
— ¿Qué secretos?
Merissa se encogió de hombros con aire de indiferencia.
— Cuando Richard estudiaba entre nosotras yo era una de sus maestras. Pasamos juntos mucho tiempo. —La sonrisa de suficiencia volvió a sus labios—. Pasamos muchas noches uno en los brazos del otro. Le enseñé muchas cosas. Era un amante fuerte y atento. Si alguna vez yaces con él, tendrás que agradecerme a mí muchas de sus… habilidades.
Merissa salió acompañada de su suave y cantarina risa, no sin antes dirigir a Kahlan una última mirada burlona.
Kahlan apretaba los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en la carne. Tenía ganas de gritar. Cuando Richard fue conducido por la fuerza al Palacio de los Profetas llevaba el collar que ella le había obligado a ponerse. Él creía que era porque ya no lo amaba. Creía que Kahlan lo había alejado de su lado y que no quería volverlo a ver.
¿Cómo podría haberse resistido a una mujer tan hermosa como Merissa? No tenía ninguna razón para hacerlo.