La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— La Orden Imperial tampoco.
— ¿Entonces?
Kahlan fijó la vista en los blancos ojos de la hechicera.
— ¿Has visto alguna vez cómo los sanderianos cazan un león de montaña? Atan a un cordero a un árbol, que bala llamando a la madre. Luego se sientan y esperan.
— ¿Crees que somos corderos atados a un árbol?
— No, eso no. La Orden es despiadada y cruel, pero no estúpida. Y a estas alturas tampoco pueden pensar que Richard lo sea. Richard no intercambiaría una vida por la libertad de todos. No obstante, también les ha demostrado que no teme actuar. Creo que nos utilizan como anzuelo para que trate de rescatarnos sin sacrificar nada.
— ¿Y picará?
Kahlan suspiró.
— ¿Tú qué crees?
Adie esbozó una triste sonrisa.
— Mientras tú sigas con vida, sería capaz de desenvainar la espada incluso en una tormenta con rayos y truenos.
Kahlan observó cómo Lunetta desmontaba. Los mriswith se alejaban hacia la retaguardia de las columnas de hombres ataviados con capa de color carmesí.
— Adie, tenemos que escapar o Richard tratará de rescatarnos. Eso es lo que espera la Orden, o ya nos habrían matado.
— Pero Kahlan, este maldito collar me impide incluso encender una lámpara con mi han.
Kahlan lanzó un suspiro de frustración a la par que echaba un nuevo vistazo por la ventana y veía a los mriswith internarse en el denso bosque. Mientras caminaban se envolvían con sus capas y desaparecían.
— Lo sé. Yo tampoco llego a mi poder.
— ¿Y cómo podremos escapar?
Kahlan observó a la bruja vestida con retazos de tela de diferentes colores que se aproximaba al coche.
— Si pudiésemos poner a Lunetta de nuestro lado, nos ayudaría.
Adie soltó un gruñido de disgusto.
— Nunca se pondrá en contra de su hermano. Además —añadió, frunciendo el entrecejo con aire perplejo—, es un bicho raro. Hay algo muy extraño en ella.
— ¿Extraño? ¿El qué?
— No sé, pero toca continuamente su poder.
— ¿Continuamente?
— Sí. Tanto magos como hechiceras solamente recurren a su poder cuando lo necesitan. Pero ella es distinta. Por alguna razón está en contacto permanente con su han. Se envuelve siempre en él como en esos multicolores andrajos que lleva. Es muy raro.
Ambas guardaron silencio mientras Lunetta resoplaba por el esfuerzo de subir al coche. Una vez dentro se dejó caer en el asiento situado frente a ellas y les dirigió una amable sonrisa; parecía estar de buen humor. Kahlan y Adie le devolvieron la sonrisa. El coche dio un bandazo y se puso en marcha. Kahlan fingió acomodarse para tener la oportunidad de mirar nuevamente por la ventana. No vio a ningún mriswith, aunque eso no significaba nada.
— Se han ido —le dijo Lunetta.
— ¿Qué? —inquirió Kahlan cautelosamente.
— Los mriswith se han ido. —Las tres se agarraron cuando el coche empezó a traquetear sobre las roderas—. Nos dijeron que continuáramos solos.
— ¿Adónde vamos? —preguntó Kahlan. Trataba de trabar conversación con Lunetta.
Los ojos de la bruja se iluminaron bajo su carnosa frente.
— Al Palacio de los Profetas. Está lleno de streganicha -declaró, inclinándose hacia adelante, emocionada.
— No son brujas —protestó Adie, con cara de pocos amigos.
Pero Lunetta no se dejó amilanar.
— Tobias dice que son streganicha. Tobias es el lord general. Tobias es un gran hombre.
— No somos brujas —insistió Adie—. Somos mujeres a las que el Creador de todas las cosas nos ha otorgado el don. El Creador no nos daría nada que fuese malo, ¿no crees?
Lunetta no vaciló ni por un instante.
— Tobias dice que el Custodio nos ha dado nuestra magia malvada. Tobias nunca se equivoca.
— Pues claro que no, Lunetta —replicó Adie, tratando de apaciguar a la airada Lunetta—. Tu hermano parece ser un hombre poderoso, como dices. —Adie se acomodó el vestido y cruzó una pierna—. ¿Tú te sientes malvada?
La interpelada se quedó un momento pensativa.
— Tobias dice que soy malvada. Él trata de ayudarme a hacer el bien para compensar la lacra del Custodio. Yo le ayudo a extirpar el mal para que pueda realizar la obra del Creador.
Era evidente que lo único que estaba consiguiendo Adie era enojar a Lunetta, por lo que Kahlan decidió cambiar de tema. Lunetta controlaba los collares y no les convenía hacerla enfadar.
— ¿Has estado a menudo en el Palacio de los Profetas? —le preguntó.
— No, nunca. Ésta será la primera vez. Tobias dice que es un nido de víboras.
— ¿Y entonces por qué nos lleva allí? —preguntó Kahlan como quien no quiere la cosa.
Lunetta se encogió de hombros.
— Los mensajeros nos lo han ordenado.
— ¿Mensajeros?
— Sí, los mriswith. Son los mensajeros del Creador. Ellos nos dicen qué debemos hacer.
Kahlan y Adie se quedaron sin palabras. Cuando se recuperó, Kahlan inquirió:
— Si el palacio es un nido de víboras, es extraño que el Creador desee que vayamos allí. Parece que tu hermano no confía en los mensajeros del Creador. —Kahlan había sorprendido a Brogan lanzando iracundas miradas hacia los mriswith cuando se internaron en el bosque.
Los redondos y brillantes ojos de Lunetta se movieron de una a la otra.
— Tobias me ha dicho que no debo hablar de ellos.
— Los mensajeros no desean ningún daño a tu hermano, ¿verdad? Lo digo porque si ese palacio es un lugar lleno de maldad, como dice tu hermano y…
Lunetta la interrumpió.
— No se lo permitiría. Mamá me dijo que debía protegerlo siempre, porque Tobias es más importante que yo. Tobias es el elegido.
— ¿Por qué tu mamá…?
— Ya basta de charla —ordenó Lunetta con tono amenazador.
Kahlan se relajó en el asiento y miró por la ventana. Lunetta se enfurecía muy fácilmente. Así pues, decidió no seguir presionándola. A instancias de Brogan Lunetta ya había experimentado con el poder que le conferían los collares sobre ellas.
Mientras contemplaba cómo los edificios de Tanimura desfilaban junto al coche trató de imaginarse a Richard viendo aquella misma escena. Al pensar que veía lo mismo que él había visto, se sentía más cerca de él y el ansia de verlo se hacía más soportable.
«Querido Richard, por favor, no caigas en esta trampa para salvarme. Deja que muera. Salva a la Tierra Central.»
Kahlan había visto muchas ciudades, de hecho conocía todas las grandes urbes de la Tierra Central, y Tanimura no se diferenciaba de ellas. En las afueras se alzaban destartaladas barracas que no eran más que simples chabolas adosadas a viejos edificios y almacenes. A medida que se internaban en la ciudad los edificios se iban haciendo más espléndidos, y había comercios de todo tipo. Asimismo pasaron junto a varios mercados de gran tamaño muy concurridos, frecuentados por gente ataviada con coloridos vestidos.
Por toda la ciudad se oía el incesante retumbar de los tambores. Era un ritmo lento que atacaba los nervios. Por el modo en que Lunetta miraba alrededor, buscando a los tamborileros, Kahlan se dio cuenta de que tampoco a ella le gustaba. El sonido era cada vez más intenso. Por la ventana Kahlan vio a Brogan, que cabalgaba cerca del coche, muy nervioso también por los tambores.
Las tres mujeres tuvieron que agarrarse de nuevo al coche cuando el vehículo atravesó traqueteando un puente de piedra. Las ruedas de hierro rodaban sobre la piedra con chirriante estrépito. Kahlan contempló por la ventana el palacio que se alzaba imponente sobre ellos.
El coche se detuvo en un amplio patio con verdes prados bordeados por árboles, cerca del imponente palacio. Los jinetes ataviados con capas de color carmesí se quedaron muy tiesos en las sillas, sin desmontar.
De repente la avinagrada cara de Brogan apareció en la ventana.