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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Las tropas encontrarían a Kahlan y la protegerían. Él no podría hacer más. La razón le decía que esperara en Aydindril. Por mucha ansiedad que le causara la espera era un líder, y debía comportarse como tal. Un líder debía actuar guiado por la razón, o todos pagarían el precio de sus pasiones.

— No, general, yo me quedaré en Aydindril. Reunid las tropas y llevaos a los mejores exploradores. No debo deciros lo importante que es esto para mí —confesó, mirando al general a los ojos.

— No, lord Rahl —respondió el general en tono compasivo—. No os preocupéis, la encontraremos. Yo personalmente acompañaré a los hombres para asegurarme de que la buscan con el mismo ahínco que pondríais vos. Todos daremos la vida para impedir que nada malo suceda a vuestra reina —prometió el general, llevándose un puño al corazón.

Richard posó una mano sobre el hombro de Reibisch.

— Gracias, general. Sé que no podría dejarlo en mejores manos. Que los buenos espíritus os acompañen.

44

— Por favor, mago Zorander.

El flacucho mago siguió comiendo tranquilamente sus judías con tocino sin ni siquiera alzar la vista. Era increíble la cantidad de comida que podía llegar a engullir.

— ¿Me estás escuchando?

No era propio de ella gritar de aquel modo pero se le estaba acabando la paciencia. El mago le causaba más problemas de los que había imaginado. Aunque sabía que debía cultivar su hostilidad, eso pasaba ya de castaño oscuro.

Con un suspiro de satisfacción Zedd lanzó el cuenco de hojalata sobre las mochilas y dijo:

— Buenas noches, Nathan.

Nathan enarcó una ceja.

— Buenas noches, Zedd.

El mago Zorander se tapó con las mantas. Desde que había capturado al viejo mago, también era mucho más peligroso lidiar con Nathan. Eran dos contra una. Ann se levantó de un salto y con los brazos en jarras fijó su furiosa mirada en el pelo blanco que sobresalía de debajo de la manta.

— Mago Zorander, te lo suplico.

Era humillante tener que suplicar de aquel modo, pero había aprendido por las malas qué pasaba cuando usaba el rada’han para obligar a Zedd a hacer algo. Ann no comprendía cómo se las arreglaba el mago para jugarle aquellas malas pasadas pese a que el collar bloqueaba su poder. Pero, para regocijo de Nathan, lo lograba. Ann no le veía la gracia.

— Por favor, mago Zorander —insistió casi llorando.

Zedd alzó la cabeza. La luz del fuego proyectaba profundas sombras en las líneas de su huesudo rostro. Sus ojos color avellana se clavaron en la mujer.

— Abre el libro de nuevo y morirás.

Con sigilo casi sobrenatural Zedd colaba conjuros entre los escudos de Ann cuando ésta menos lo esperaba. La Prelada no podía comprender cómo había conseguido lanzar un conjuro de luz sobre el libro de viaje. Al abrirlo aquella noche había visto el mensaje de Verna en el que le comunicaba que la habían hecho prisionera y que le habían puesto un collar. Luego todo había ido mal.

Al abrir el libro había activado el conjuro de luz. Ann lo vio crecer y relucir. Luego un brillante y ardiente rescoldo salió disparado hacia lo alto, y el viejo mago le explicó con mucha calma que si no cerraba el libro cuando el resplandor tocara el suelo, moriría incinerada.

Vigilando con un ojo la sibilante chispa de luz que descendía, solamente había tenido tiempo de garabatear a toda prisa un mensaje en que decía a Verna que escapara y alejara a las Hermanas antes de cerrar el libro, justo a tiempo. Ann sabía que no bromeaba sobre la mortífera naturaleza del hechizo.

El libro de viaje seguía envuelto en un tenue resplandor. Nunca había visto un conjuro igual y ni siquiera llegaba a imaginar cómo había logrado el mago tejerlo pese al rada’han. Nathan tampoco lo entendía, pero le parecía muy curioso. A Ann no se le ocurría ningún modo de abrir el libro sin que la magia la matara.

— Mago Zorander —dijo, agachándose junto al mago—, sé que tienes buenas razones para oponerte a mí, pero se trata de una cuestión de vida o muerte. Es preciso que envíe un mensaje. Las vidas de las Hermanas están en peligro. Mago Zorander, por favor, las Hermanas podrían morir. Sé que eres un buen hombre y no quieres eso.

Zedd sacó un dedo de debajo de las mantas y la apuntó con él.

— Me has reducido a la esclavitud. Si algo pasa a las Hermanas, tú serás la única responsable. Te advertí que si persistías, romperías la tregua y las condenarías a muerte. Tú estás poniendo en peligro la vida de mis seres queridos; podrían morir porque me impides que los ayude. Me impides que proteja los objetos mágicos que se guardan en el Alcázar. Todos podrían morir.

— ¿Es que no entiendes que las vidas de todos nosotros están ligadas? Debemos luchar juntos contra la Orden Imperial, no unos contra otros. No deseo hacerte ningún daño. Sólo quiero que me ayudes.

— No olvides lo que te he dicho —gruñó Zedd—. Os aconsejo que Nathan y tú hagáis turnos para dormir. Si te descubro dormida y él no está despierto para protegerte, no volverás a despertar. Te aviso, aunque no lo mereces.

Dicho esto se dio media vuelta y se cubrió con la manta.

Querido Creador, ¿era así como debía cumplirse la profecía o algo había salido terriblemente mal? Ann bordeó el fuego para acercarse a Nathan.

— ¿Nathan, crees que podrías inculcarle un poco de sentido común?

El Profeta bajó la vista hacia ella.

— Te advertí que esta parte del plan era una locura. Poner el rada’han a un muchacho es una cosa, pero ponérselo a un mago de Primera Orden es algo muy distinto. Fue idea tuya, no mía.

— Verna podría morir. Y si ella muere, las Hermanas de la Luz también morirán —dijo Ann hablando entre dientes, agarrando a Nathan por la camisa.

Nathan tomó una cucharada de alubias.

— Yo he intentado disuadirte del plan desde el principio. En el Alcázar estuviste a punto de morir, y la parte de la profecía en la que nos encontramos es más peligrosa aun si cabe. He hablado con él y dice la verdad. Tal como él lo ve, estás poniendo a sus amigos en un peligro mortal. Si puede, te matará para escapar e ir en su ayuda. No tengas la menor duda.

— Nathan, después de todos estos años que llevamos juntos, ¿cómo puedes ser tan insensible?

— ¿Quieres decir por qué me sigo rebelando después de todos estos años de ser prisionero?

Ann apartó el rostro para ocultarle una lágrima que le corría por la mejilla. Sentía un nudo en la garganta.

— Nathan —susurró—, en todo el tiempo que me conoces, ¿me has visto alguna vez ser cruel con alguien cuando no era estrictamente necesario, para proteger vidas? ¿Me has visto luchar por otra causa que no fuera la vida y la libertad?

— La libertad de todos menos la mía.

Ann carraspeó antes de replicar:

— Sé que tendré que responder ante el Creador por ello, pero lo hago porque es mi deber y también para protegerte. Nathan, sé qué te ocurriría si te dejase ir. La gente que no te entiende te perseguiría y te mataría.

Nathan arrojó su cuenco junto a los otros.

— ¿Primera guardia o segunda?

— Si tanto deseas ser libre, ¿qué te impide quedarte dormido en tu guardia para que el mago me mate?

Los penetrantes ojos azules del Profeta la miraron con acritud.

— Quiero librarme del collar y pienso hacer lo que sea, menos matarte, para conseguirlo. He tenido miles de oportunidades para matarte, y tú lo sabes. Pero no estoy dispuesto a pagar ese precio.

— Lo siento, Nathan. Sé que eres un buen hombre y soy perfectamente consciente de que si sigo viva es gracias a ti. Se me rompe el corazón al tener que obligarte a que me ayudes.

— ¿Obligarme? —Nathan rió—. Ann, eres la mujer más divertida que he conocido. No me lo hubiera perdido por nada del mundo. ¿Qué otra mujer me habría comprado una espada? ¿O me habría dado motivos para usarla?

»Esa insensata profecía dice que debes enfurecerlo, y estás haciendo un trabajo espléndido. Me temo que incluso puede salir bien. Yo me encargo de la primera guardia. No te olvides de revisar las mantas. A saber qué habrá escondido esta vez. Aún no me explico cómo conjuró Zedd las pulgas de nieve.

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