La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Lunetta abrazó los coloridos retales y se arrimó casi imperceptiblemente a su hermano.
— Yo soy fiel a mi lord general. Es un gran hombre.
— Sí, seguro que sí —replicó la hermana Leoma con una mueca.
— Y vosotras sois mujeres malas —añadió Lunetta con tono súbitamente firme y amenazador—. Mi mamá me lo dijo.
— Hermana Leoma —intervino Brogan—. Recordaré el nombre. Puedes decir al Custodio —agregó, dando golpecitos al estuche de trofeos que llevaba al cinto— que recordaré tu nombre. Yo nunca olvido el nombre de los poseídos.
Una malévola sonrisa asomó al rostro de la Hermana.
— La próxima vez que hable con mi amo, en el inframundo, le transmitiré tus palabras.
Brogan obligó a Lunetta a dar media vuelta y la condujo a la puerta. Volvería, y entonces tendría lo que buscaba.
— Debemos ir a hablar con Galtero —dijo Brogan—. Ya estoy harto de tanta tontería. Hemos exterminado nidos de poseídos mayores que éste.
Lunetta se tocó el labio inferior con gesto de preocupación.
— Pero, lord general, el Creador os ha ordenado que obedezcáis a esas mujeres. Él os ordenó que entregarais a la Madre Confesora.
Brogan avanzaba con grandes zancadas por la oscuridad exterior.
— ¿Recuerdas qué te dijo mamá sobre esas mujeres?
— Bueno… dijo que… que son malas.
— Son poseídas.
— Pero, lord general, la Madre Confesora es una poseída. ¿Por qué el Creador os diría que se la entregarais si también ellas son poseídas?
Brogan bajó la mirada hacia Lunetta. En la penumbra vio que lo miraba confundida. Su pobre hermana no tenía cerebro suficiente para entenderlo.
— ¿No es evidente, Lunetta? El Creador se ha descubierto con su traicionero proceder. Fue él quien creó el don. Ha tratado de embaucarme. Ahora soy el único capaz de extirpar el mal del mundo. Todos los poseedores del don deben morir. El Creador mismo es un poseído.
Lunetta, sobrecogida, ahogó un grito.
— Mamá siempre decía que estabas destinado a hacer grandes cosas.
Tras dejar la esfera luminosa encima de la mesa, se aproximó al gran pozo situado en el centro de la habitación. ¿Qué debía hacer? ¿Qué era la sliph y cómo podía llamarla?
Con la mirada fija en la silenciosa oscuridad del pozo dio vueltas alrededor del muro que le llegaba a la cintura. No vio nada.
— ¡Sliph! —gritó hacia el agujero sin fondo que le devolvió el eco de su propia voz.
Siguió dando vueltas, mesándose los cabellos, buscando desesperadamente la solución. Un hormigueo en la piel lo avisó. Se detuvo, alzó la vista y vio a un mriswith parado cerca de la puerta.
— La reina te necesita, hermano de piel. Llámala. Llama a la sliph.
Richard corrió hacia la oscura y escamosa criatura.
— ¡Ya sé que me necesita! ¡Pero cómo llamo a la sliph!
La rendija que tenía a modo de boca se extendió en un remedo de sonrisa.
— Hacía tres mil años que no nacía nadie con el poder necesario para llamarla. Ya has roto el escudo que nos separaba de ella. Ahora debes usar tu poder. Llama a la sliph con tu don.
— ¿Con el don?
El mriswith asintió sin apartar sus ojos, redondos como cuentas, de Richard.
— Llámala con el don.
Finalmente Richard se alejó del mriswith y regresó junto al muro de piedra del insondable pozo. Trataba de recordar cómo había usado el don en el pasado; siempre se había guiado por el instinto. Nathan le había dicho que ése era el modo en que funcionaba con él, con un mago guerrero: por necesidad, por puro instinto.
Su necesidad debía guiar al don.
Para ello prendió la llama de la necesidad en su centro de calma y dejó que ardiera en él. No hizo nada por invocar su poder sino que fue como si lo convocara con un grito de furia.
Entonces alzó los puños en el aire y echó la cabeza hacia atrás. La necesidad inundaba todo su ser. No deseaba nada más. Abandonó toda limitación inconsciente y trató de dejar de pensar en qué debía hacer para simplemente hacerlo.
Necesitaba a la sliph.
«¡Ven a mí!», fue su silencioso grito de furia.
Liberó el poder, como quien suelta un profundo suspiro, invocando a la sliph.
Entre sus puños prendió una luz. Eso era, la llamada, lo sabía, lo sentía, lo comprendía. De pronto supo qué debía hacer. El suave resplandor giraba alrededor de sus muñecas en tanto que vetas de luz como de encaje se enroscaban por sus brazos, fluyendo hacia la fuerza que latía entre ambos.
Al notar que el poder llegaba a su punto álgido bajó las manos. Lanzando un aullido, la esfera luminosa se hundió vertiginosamente en la oscuridad.
A medida que descendía iba iluminando la piedra del pozo. El anillo de luz y la esfera se fueron haciendo más y más pequeños, y el aullido se fue perdiendo en la distancia, hasta que Richard ya no pudo ver ni oír lo que él mismo había liberado.
Allí se quedó, asomado al insondable abismo, pero todo era oscuridad y silencio. Solamente oía sus propios jadeos. Se enderezó y miró a sus espaldas. El mriswith lo observaba sin intención de ayudarlo; Richard tendría que apañárselas solo. Ojalá bastara con lo que ya había hecho.
En la quietud del Alcázar, en el silencio de la montaña de piedra muerta que lo rodeaba percibió un lejano retumbo.
Era un retumbo de vida.
Nuevamente se asomó al pozo y miró. Aunque no vio nada notó algo. La piedra bajo sus pies temblaba, y en el titilante aire flotaba polvo de piedra.
Al mirar otra vez vio un reflejo. El pozo se estaba llenando no de agua sino de algo que ascendía por el hueco a velocidad vertiginosa, rugiendo y aullando. El aullido fue creciendo en intensidad a medida que la cosa ascendía.
Justo a tiempo Richard se apartó del borde del pozo. Estaba seguro que esa cosa saldría disparada y atravesaría el techo. A aquella velocidad nada podría detenerse a tiempo. Pero se detuvo.
De repente todo quedó en silencio. Richard se levantó apoyándose con los brazos en el suelo.
El pozo aparecía coronado por un brillante montículo metálico. Entonces fue creciendo e hinchándose, como si fuese agua que se alzara en el aire, pero no era agua. Su reluciente superficie reflejaba todo lo que lo rodeaba, como una armadura pulida, distorsionando las imágenes que reflejaba. La cosa crecía y se movía.
Era como un montículo de mercurio vivo.
Aquella protuberancia, que se unía a un cuerpo aún en el pozo mediante un cuello, siguió con sus contorsiones, creando bordes y planos, pliegues y curvas. Finalmente formó un rostro femenino. Richard se quedó sin aliento. Por fin entendía por qué Kolo la llamaba la sliph.
La cara lo vio. Era como una estatua de lisa plata, excepto que se movía.
— Amo —dijo con una voz fantasmagórica que resonó en la estancia. Hablaba sin mover los labios, aunque sí podía sonreír. La faz plateada se combó en una expresión de curiosidad—. ¿Me has llamado? ¿Deseas viajar?
— Sí —respondió Richard, levantándose de un salto—. Viajar. Deseo viajar.
Nuevamente la sliph esbozó su afable sonrisa.
— Ven a mí y viajaremos.
Richard se frotó las manos contra la camisa para limpiarlas de polvo.
— ¿Cómo? ¿Cómo vamos a… viajar?
La sliph frunció el entrecejo.
— ¿No has viajado nunca hasta ahora?
— No. Pero ahora debo hacerlo. Debo viajar hasta el Viejo Mundo.
— Ah. He estado muchas veces allí. Ven y viajaremos.
Richard dudaba.
— ¿Qué debo hacer? ¿Qué quieres que haga?
Una mano acabada de formarse se alzó y tocó la parte superior del muro.
— Acércate —dijo la sliph con voz resonante—. Yo te llevaré.
— ¿Cuánto tardaremos?
— ¿Tardar? —El plateado rostro frunció el ceño—. Iremos de aquí a allí. Puedo llevarte. Ya he estado allí.
— Quiero decir ¿cuántas horas, o días o semanas?
La sliph no comprendía.
— Los demás viajeros nunca me hablaron de eso.
— En ese caso no será mucho tiempo. Kolo tampoco lo menciona. —En ocasiones el diario resultaba frustrante, porque Kolo nunca explicaba lo que para él y su gente era obvio. Su intención no era enseñar ni transmitir información.