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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— ¿Dónde está?

— Ahora viene.

Justo entonces entró corriendo Ulic ayudando a un soldado que parecía haberse pasado las últimas semanas galopando. Apenas era capaz de mantenerse en pie solo.

— Lord Rahl, os traigo un mensaje. —Richard indicó con un gesto al joven soldado que se sentara en el borde de la cama, pero el soldado declinó la oferta. —Hemos encontrado algo. Antes que nada el general Reibisch me manda deciros que no os alarméis. No hemos hallado su cuerpo, por lo que aún debe de estar viva.

— ¿Qué habéis encontrado? —gritó Richard. Se dio cuenta de que temblaba.

El hombre buscó en su uniforme y sacó algo. Richard se lo arrebató y lo desplegó para ver qué era. Era una capa de color carmesí.

— Hallamos los restos de una batalla con montones de cadáveres que llevaban capas como ésa. Había casi un centenar de muertos.

El soldado se sacó otra cosa y se la entregó. Richard la desplegó; era un recorte de tejido color azul pálido con cuatro borlas doradas en un borde.

— Lunetta —musitó—. Es de Lunetta.

— El general Reibisch me manda deciros que hubo una batalla. Muchos miembros de la Sangre de la Virtud murieron. Había árboles derribados por explosiones de fuego, como si se hubiera usado magia. También había cuerpos quemados.

»Solamente encontramos el cuerpo de alguien que no pertenecía a la Sangre de la Virtud. Un d’haraniano. Un hombretón tuerto y con una cicatriz sobre un ojo ciego.

— ¡Orsk! ¡Es Orsk! ¡El guardaespaldas de Kahlan!

— El general Reibisch quiere que sepáis que no hay ningún indicio de que ni vuestra reina ni nadie de su séquito murieran. Todo indica que presentaron una fuerte resistencia, pero al final fueron capturados.

Richard agarró al soldado por un brazo.

— ¿Tienen los rastreadores alguna idea de la dirección que tomaron? —Richard estaba furioso consigo mismo por no haber ido con los soldados. De haberlo hecho ya estaría tras la pista de Kahlan. En vez de eso le costaría semanas llegar hasta allí.

— Los rastreadores están casi convencidos de que marcharon hacia el sur.

— ¿El sur? —Richard hubiera jurado que Brogan huiría con su presa hacia Nicobarese. Tantos cadáveres indicaban que Gratch se había batido como un león. Seguramente también lo habrían capturado a él.

— Dijeron que no podían estar completamente seguros, pues había sucedido hacía demasiado tiempo. Después de eso nevó más y ahora la nieve se está fundiendo, por lo que no es nada sencillo seguir un rastro. No obstante, creen que fueron hacia el sur. El general Reibisch ha partido en pos de vuestra reina.

— Sur, sur —murmuró Richard. Se pasaba una y otra vez los dedos por el cabello, tratando de pensar. Brogan había preferido huir antes que unirse a Richard y a su causa en contra de la Orden. La Sangre de la Virtud se había aliado con la Orden Imperial. La Orden Imperial gobernaba el Viejo Mundo. Y el Viejo Mundo caía hacia el sur.

El general Reibisch seguía el rastro de Kahlan hacia el sur; iba en pos de su reina hacia el sur.

¿Qué había dicho el mriswith del Alcázar?

La reina te necesita, hermano de piel. Debes ayudarla.

Los mriswith trataban de ayudarlos. Eran sus amigos y trataban de ayudarlo.

Richard asió la espada con gesto brusco y se puso el tahalí de cuero en bandolera.

— Debo ir.

— Vamos con vos —declaró Cara, y Ulic asintió.

— No podéis ir donde yo voy. Cuidad de todo en mi ausencia. ¿Dónde está tu caballo? —preguntó al mensajero.

— He dejado a mi yegua en el patio anterior. Pero se encuentra muy cansada.

— Sólo tiene que llevarme hasta el Alcázar.

— ¡El Alcázar! —Cara le aferró un brazo—. ¿Por qué vais al Alcázar?

Richard se desasió.

— Es el único modo de llegar al Viejo Mundo a tiempo.

Cara quiso protestar pero Richard corría ya por el pasillo. Otros se le habían unido y corrían tras él. Richard oía a su espalda el tintineo de armaduras y armas, pero no aminoró la marcha. Tampoco escuchaba las súplicas de Cara, absorto como estaba en sus propios pensamientos.

¿Cómo iba a hacerlo? ¿Era posible? Tenía que serlo. Lo conseguiría.

Richard salió en tromba al exterior y se detuvo un brevísimo instante antes de salir corriendo hacia el patio en el que el mensajero había dejado la yegua. No se detuvo hasta tropezar casi con el animal en la oscuridad. Con una rápida palmada se presentó a la sudorosa yegua, que danzaba hacia un lado, y luego la montó de un brinco.

Mientras la obligaba a dar la vuelta tirando de las riendas, oyó la voz de Berdine que gritaba en la distancia.

— ¡Lord Rahl! ¡Deteneos! ¡Quitaos la capa! —Richard espoleó al caballo. Berdine agitaba el diario de Kolo. Pero no tenía tiempo para escucharla—. ¡Lord Rahl! ¡Debéis quitaros la capa de mriswith!

«Ni hablar —se dijo Richard—. Los mriswith eran amigos.»

— ¡Deteneos! ¡Lord Rahl, escuchadme! —La yegua se lanzó al galope con la negra capa de mriswith ondeando—. ¡Richard! ¡Quítatela!

Aquellas semanas de tediosa y paciente espera explotaron en un súbito arrebato de acción desesperada. En su anhelo por reunirse con Kahlan no veía nada más.

El ruido de los cascos al galope ahogó la voz de Berdine. El viento agitaba la capa, el palacio desfilaba a toda prisa y la noche lo engulló.

— ¿Qué estáis haciendo aquí?

Brogan se volvió. No había oído a la Hermana acercarse por la espalda.

— Eso no es asunto tuyo —espetó a la mujer de pelo blanco recogido flojamente a la nuca.

La Hermana enlazó las manos antes de replicar:

— Ahora estás en nuestro palacio, por lo que creo que sí es asunto mío que uno de nuestros invitados trate de entrar en una zona que sabe que está prohibida.

Brogan la miró, iracundo.

— ¿Tienes idea de con quién estás hablando?

La Hermana se encogió de hombros.

— Con un oficial insignificante que se da muchos aires y está tan pagado de sí mismo que no se da cuenta de cuándo pisa terreno peligroso. ¿Me equivoco?

Brogan salvó la distancia que los separaba.

— Soy Tobias Brogan, lord general de la Sangre de la Virtud.

— Vaya, vaya —se mofó la Hermana—. Qué impresionante. No obstante, no recuerdo haberte dicho: «No se permite visitar a la Madre Confesora a no ser que seas el lord general de la Sangre de la Virtud». Para nosotras no tienes más valor que el que queramos darte, y te limitarás a hacer lo que te ordenemos.

— ¿Ordenarme a mí? ¡Mis órdenes provienen del mismo Creador!

La Hermana lanzó un burlón resoplido.

— ¡El Creador! Es increíble tanto engreimiento. Eres parte de la Orden Imperial y cumplirás nuestras órdenes.

A Brogan le faltaba muy poco para cortar en mil pedazos a aquella grosera.

— ¿Cómo te llamas? —le preguntó con un gruñido.

— Hermana Leoma. ¿Crees que serás capaz de recordarlo en tu cerebro de mosquito? Se te ha ordenado que permanezcas con tus elegantes soldaditos en las barracas. Vamos, fuera de aquí. Si te descubro de nuevo en este edificio, dejarás de ser de utilidad a la Orden Imperial.

Antes de que Brogan sufriera un acceso de rabia, la hermana Leoma se dirigió a Lunetta.

— Buenas tardes, querida.

— Buenas tardes —saludó Lunetta, recelosa.

— Hace días que quería hablar contigo, Lunetta. Como habrás comprobado, te encuentras en un palacio habitado por hechiceras. Aquí las mujeres que poseen el don son muy respetadas. El lord general no nos sirve para casi nada, pero alguien con tu talento sería muy bien recibido entre nosotras. Te ofrezco un lugar en palacio. Aquí gozarías de alta estima. Tendrías responsabilidades y respeto. Y nos ocuparíamos de ofrecerte mejores vestidos —añadió tras echar un vistazo a los harapos de Lunetta—. No tendrías que ir vestida con andrajos.

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