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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Richard sintió un escalofrío al saber que habían muerto personas para crear la espada. De hecho, se sentía mareado. Para él la espada había sido siempre un objeto mágico. Se había imaginado que era una simple espada a la que un poderoso hechicero había imbuido de magia. Al descubrir que había costado vidas, se sentía avergonzado por no habérselo planteado antes.

Siguió leyendo el diario. Después de una hora de consultar listas, él y Berdine tradujeron:

Anoche nuestros enemigos enviaron asesinos a través de la sliph. Por suerte, el hombre de guardia estaba alerta y nos salvó, aunque él perdió la vida. Cuando las torres se activen, el Viejo Mundo quedará definitivamente aislado, y la sliph dormirá. Entonces será más fácil resistir. Hemos deducido que no hay modo de saber con certeza cuándo se activarán los hechizos de las torres, si es que se activan, o si hay alguien en la sliph, por lo que no se puede levantar la guardia en ningún momento. Cuando las torres cobren vida, el guardián de la sliph quedará enterrado con ella.

— Las torres. Cuando completaron las torres que separaron definitivamente el Viejo y el Nuevo Mundo esa habitación quedó sellada. Por eso encontramos los restos de Kolo; porque no pudo salir.

— ¿Y por qué ahora está abierta? —preguntó Berdine.

— Porque yo destruí las torres. ¿Recuerdas que te comenté que parecía que la explosión que abrió la habitación de Kolo había sucedido pocos meses antes? ¿Que el moho de las paredes se había quemado y no había tenido aún tiempo de volver a crecer? Seguramente cuando destruí las torres la habitación de Kolo quedó accesible por primera vez en tres mil años.

— ¿Qué razón tuvieron para sellar esa habitación con el pozo?

— Creo que esa sliph de la que tanto habla Kolo vive en el pozo.

— ¿Qué es la sliph? El mriswith también la mencionó.

— No lo sé. Pero sea lo que sea la usaban para desplazarse a otros lugares. Kolo dice que el enemigo enviaba asesinos a través de la sliph. Luchaban contra un enemigo del Viejo Mundo.

Berdine, muy inquieta, bajó el tono de voz para que nadie más pudiera oírla.

— ¿Me estáis diciendo que esos magos podían viajar desde aquí hasta el Viejo Mundo y regresar?

— No lo sé, Berdine —repuso él, rascándose la nuca—. Eso parece.

Berdine se lo quedó mirando como si esperara la prueba final de que se había vuelto completamente loco.

— Lord Rahl, ¿cómo podía ser eso posible?

— Ni idea. ¿Cómo quieres que yo lo sepa? Es tarde —añadió Richard tras echar un vistazo por la ventana—. Será mejor que vayamos a dormir.

— Sí —convino Berdine, bostezando—. Buena idea.

Richard cerró el diario de Kolo y se lo puso bajo el brazo.

— Me lo llevo para leerlo en la cama hasta quedarme dormido.

Tobias Brogan buscó con la mirada al mriswith encaramado al coche, al que iba dentro y a otros situados entre las columnas de hombres ataviados con reluciente armadura que brillaba al sol. Podía verlos a todos; ninguno era invisible, por lo que no podían acercarse a él y escuchar. La bilis le subió hasta la garganta al distinguir parte de la cabeza de la Madre Confesora en el coche. Lo encolerizaba que siguiera aún con vida, y que el Creador le hubiera prohibido atentar contra su vida.

Tras echar un rápido vistazo a ambos lados para asegurarse de que Lunetta estaba lo suficientemente cerca para oírlo si hablaba en voz baja, dijo:

— Lunetta, esto empieza a olerme mal.

La mujer aproximó ligeramente su caballo, sin dejar de avanzar, para poder hablar con él. No obstante, evitó mirarlo por si acaso alguno de los mriswith los vigilaba. Por muy mensajeros del Creador que fueran, a Lunetta le daban escalofríos.

— Pero lord general, me dijisteis que el Creador os lo ordenó. Es un gran honor que el Creador os hable y poder cumplir su voluntad.

— Pienso que el Creador…

El mriswith subido al pescante se puso en pie y al remontar la colina señaló con una garra.

— ¡Mirad! —exclamó con su sibilante voz, añadiendo un gutural chasquido al final.

Brogan alzó la mirada y contempló una gran ciudad que se extendía a los pies de la colina. El mar relucía al fondo. Un río de aguas doradas bañadas por el sol delimitaba en el centro de aquella vasta confluencia de edificios una isla en la que se alzaba un formidable palacio. El sol arrancaba destellos a sus torres y tejados. Brogan había visto muchas ciudades y palacios, pero nunca como aquéllos. Aunque no deseaba estar allí no pudo evitar sentirse sobrecogido.

— Qué hermosura —susurró Lunetta.

— Lunetta —musitó Brogan—, el Creador se me apareció anoche.

— ¿De veras, lord general? Es maravilloso. Es un gran honor que últimamente os visite tan a menudo. El Creador debe de tener grandes planes para ti, hermano.

— Pero, por lo que me dice, es como si estuviera perturbado.

— ¿Perturbado el Creador?

Finalmente los ojos de Brogan osaron posarse en los de su hermana.

— Lunetta, creo que ha ocurrido algo terrible. Creo que el Creador se está volviendo loco.

45

Cuando el coche se detuvo el mriswith se apeó y dejó la puerta abierta. Kahlan miró por las ventanillas, a ambos lados, y comprobó que los mriswith se reunían en un aparte para conferenciar. Por fin se habían quedado solas.

— ¿Qué crees que está pasando? —preguntó en un susurro—. ¿Dónde estamos?

Adie se inclinó hacia un lado para mirar por la ventana.

— Queridos espíritus —musitó, consternada—, estamos en el corazón del territorio enemigo.

— ¿Territorio enemigo? ¿De qué estás hablando? ¿Dónde estamos?

— En Tanimura. En el Palacio de los Profetas.

— ¡El Palacio de los Profetas! ¿Estás segura?

— Del todo. Pasé algún tiempo aquí cuando era joven. De eso hace ya cincuenta años.

Kahlan la miraba con incredulidad.

— ¿Estuviste en el Viejo Mundo? ¿En el Palacio de los Profetas?

— De eso hace mucho tiempo, hija mía. Y además, es una historia muy larga. Ahora no tenemos tiempo. Vine después de que la Sangre asesinara a mi querido Pell.

Cada día viajaban hasta bien entrada la noche y volvían a ponerse en marcha antes del amanecer, pero Kahlan y Adie eran afortunadas de poder dormir durante el día en el coche. Los jinetes no tenían tanta suerte. Un mriswith, y a veces Lunetta, no les quitaban ojo de encima, por lo que no habían podido intercambiar más que unas pocas palabras en semanas. Los mriswith las dejaban dormir pero les habían advertido qué les harían si hablaban, y Kahlan los creía capaces de cumplir su amenaza.

A medida que viajaban hacia el sur el tiempo había mejorado, por lo que ya no temblaban en el coche ni tenían que apretarse una contra la otra para darse un poco de calor.

— Me pregunto por qué nos han traído aquí —dijo Kahlan.

— Yo me pregunto por qué no nos han matado.

Kahlan echó un vistazo por la ventana y vio que un mriswith hablaba con Brogan y su hermana.

— Es evidente que les somos más útiles vivas.

— ¿Útiles para qué?

— ¿No te lo imaginas? Cuando traté de unir la Tierra Central enviaron un mago para matarme y tuve que huir dejando Aydindril en manos de la Orden Imperial. ¿Quién trata ahora de unir la Tierra Central contra ellos?

Adie enarcó las cejas sobre sus blancos ojos.

— Richard.

— Exactamente. No se me ocurre otra cosa. Ya habían empezado a conquistar la Tierra Central y habían conseguido que algunos países se les unieran. Pero Richard ha cambiado las reglas del juego y les ha estropeado los planes al exigir la rendición de la Tierra Central.

»Por mucho que me duela admitirlo —prosiguió, con la vista perdida por la ventana— seguramente Richard ha hecho lo único que podía hacer para salvar a los habitantes de la Tierra Central.

— ¿Cómo crees que pretenden utilizarnos para llegar hasta Richard? Sé que él te ama, Kahlan, —dijo, dándole cariñosas palmaditas en una rodilla— pero no es estúpido.

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