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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— ¿Kolo?

Richard señaló los huesos.

— No conozco su nombre. Yo lo llamo Kolo.

La sliph sacó la cara del pozo para mirar.

— No recuerdo que estuviera allí.

— Bueno, ahora está muerto. Antes no tenía ese aspecto. —Richard decidió no explicarle quién era Kolo, pues podría empezar a recordar y disgustarse. No era el momento de despertar emociones. Tenía que llegar junto a Kahlan—. Tengo prisa. ¿Podríamos irnos ya?

— Acércate para que pueda decidir si puedes viajar.

Richard se aproximó al pozo y se quedó muy quieto mientras la mano de azogue le tocaba la frente. El joven se estremeció y reculó un paso. Estaba caliente. Él había esperado que estuviera fría. Se acercó de nuevo a la mano y dejó que la palma le recorriera la frente.

— Puedes viajar —declaró la sliph—. Posees ambos tipos de magia. Pero morirás si no dejas una parte.

— ¿A qué te refieres?

La mano descendió y señaló la espada, aunque tuvo mucho cuidado de no tocarla.

— Ese objeto mágico es incompatible con la vida en la sliph. Si entra en mí, mataría toda la vida que hubiese en mi interior.

— ¿Quieres decir que debo dejarla atrás?

— Si deseas viajar, sí, o morirás.

A Richard no le gustaba lo más mínimo la idea de dejar la Espada de la Verdad sin protección, especialmente cuando sabía que para forjarla habían muerto hombres que tenían familia. No obstante, se quitó el tahalí por la cabeza y se quedó mirando la funda que sostenía en las manos. Echó un vistazo de reojo al mriswith, que lo observaba. Tal vez podría pedirle a su amigo mriswith que le guardara la espada.

No. No podía pedir a nadie que cargara con la responsabilidad de guardar algo tan peligroso y codiciado. La Espada de la Verdad era su responsabilidad. Suya y de nadie más.

Richard desenvainó la espada con un nítido sonido metálico que reverberó en la estancia y se apagó lentamente. No obstante, la cólera de la espada no se apagó, sino que seguía latiendo con ímpetu en su interior.

Alzó el acero y lo recorrió con la mirada. Podía sentir cómo la palabra «VERDAD» repujada en oro se le clavaba en la palma de la mano. ¿Qué podía hacer? Tenía que llegar donde estaba Kahlan y encontrar un lugar seguro donde dejar la espada en su ausencia.

La necesidad le dio la respuesta.

Dio la vuelta a la espada, agarró la empuñadura con ambas manos y con un tremendo esfuerzo alimentado por la magia, por las tempestades de furia que engendraba, empujó la espada hacia el suelo.

Saltaron chispas y esquirlas cuando la espada se hundió hasta la empuñadura en un enorme bloque de piedra. Al retirar las manos, Richard continuaba sintiendo la magia de la espada en su interior. Se había visto obligado a dejar el objeto pero aún conservaba su magia; él era el auténtico Buscador.

— Sigo unido a la magia de la espada. Conservo la magia en mi interior. ¿Me matará eso?

— No. Sólo mata el objeto que genera la magia, no quien la recibe.

Richard se encaramó al muro de piedra. Empezaba a sentir temor. No, debía hacerlo. Era imprescindible.

— Hermano de piel. —Richard se volvió hacia el mriswith—. Estás desarmado. Toma esto. —El mriswith le arrojó uno de sus cuchillos de triple hoja. El arma describió un suave arco en el aire. Richard lo atrapó por el mango. Al asir la empuñadura transversalmente las guarniciones laterales le rozaron ambos lados de la muñeca. Sorprendentemente se notaba muy cómodo, como si el arma fuese una extensión de su brazo.

— El yabree te cantará. Pronto.

Richard asintió y le dio las gracias.

El mriswith sonrió lentamente.

— No sé si seré capaz de mantener la respiración el tiempo suficiente.

— Ya te lo he dicho; conmigo llegarás a donde desees.

— ¿Pero y el aire? —Richard inhaló y exhaló para explicárselo—. Yo necesito respirar.

— Me respirarás a mí.

Richard escuchó la reverberación de aquella voz en la habitación.

— ¿Qué?

— Para vivir, mientras dure el viaje debes respirarme. Como es la primera vez que viajas, tendrás miedo, pero debes hacerlo. Quienes no lo hacen, mueren en mí. No temas. Yo te mantendré con vida cuando me respires. Al llegar a nuestro destino tendrás que dejar de respirarme a mí e inhalar aire. Pero tendrás tanto miedo de hacerlo como al principio. Si no dejas de respirarme, morirás.

Richard se quedó mirándola, sin poderlo creer. ¿Respirar mercurio? ¿Cómo?

Pero debía llegar hasta Kahlan. Kahlan corría peligro. Debía hacerlo. Tenía que hacerlo.

Tragó saliva y tomó una profunda bocanada de dulce aire.

— De acuerdo, estoy listo. ¿Qué debo hacer?

— Tú nada. Todo lo hago yo.

La sliph extendió hacia él un cálido brazo de plata líquida, que lo enlazó. El ondulante brazo lo alzó del muro y lo sumergió en la espuma plateada.

Richard tuvo una visión; recordó a la señora Rencliff justo antes de desaparecer en las embravecidas aguas.

47

Verna parpadeó cuando la puerta se abrió y la luz la deslumbró. Sintió cómo el corazón le subía hasta la garganta. Era demasiado pronto para que volviera Leoma. Ni siquiera había empezado la prueba del dolor y Verna temblaba ya de miedo y los ojos se le anegaban de lágrimas.

— Vamos, entra —ordenó Leoma a alguien.

Verna se levantó y vio que una mujer baja y delgada se recortaba en el umbral.

— ¿Por qué tengo que hacer esto? —se quejó una voz familiar—. No quiero limpiar su celda. ¡Esto no es parte de mi trabajo!

— Yo tengo que trabajar aquí con ella, y el hedor es tan insoportable que apenas puedo respirar. Vamos, entra y limpia esta porquería o te encerraré con ella para que aprendas a mostrar el debido respeto a una Hermana.

Rezongando, la mujer entró en la celda con torpes andares, cargando un cubo con agua y jabón.

— Vaya si apesta —comentó—. Es el típico hedor de todos los de su ralea. Asquerosa Hermana de las Tinieblas. —La mujer dejó el cubo en el suelo con un ruido sordo.

— Vamos, da una pasada con agua y jabón. Date prisa. Porque tengo trabajo.

Verna alzó la vista y vio a Millie, que la observaba fijamente.

— Millie…

Aunque volvió la cara no pudo evitar el escupitajo de Millie. Verna se lo limpió con el dorso de la mano.

— ¡Maldita seas! Y pensar que confié en ti… Pensar que te respetaba como Prelada… Y durante todo ese tiempo tú servías al Innombrable. Espero que te pudras aquí dentro. No eres más que un asqueroso cadáver andante que apesta. Espero que te arranquen la piel a tiras…

— Ya basta —intervino Leoma—. Limítate a limpiar y luego podrás alejarte de su abominable presencia.

— Cuanto antes mejor —rezongó Millie, asqueada.

— A nadie le gusta estar en la misma habitación que alguien tan malvado, pero tengo la obligación de interrogarla. Lo mínimo que puedes hacer, por consideración a mí, es que este lugar huela un poco mejor.

— Sí, Hermana, lo haré por vos, por una verdadera Hermana de la Luz, para que no tengáis que soportar su hedor. —Dicho esto, Millie la escupió de nuevo.

A Verna se le llenaron los ojos de lágrimas. Era humillante que Millie pensara esas cosas horribles de ella. Y no sólo Millie. Incluso la propia Verna empezaba a dudar de ella misma. Tenía la mente tan turbada por las pruebas de dolor que ya ni siquiera estaba segura de ser inocente. Tal vez se había equivocado al ser leal a Richard; después de todo, Richard no era más que un hombre.

Cuando Millie acabara de limpiar, Leoma volvería a la carga. Verna se oyó a sí misma sollozar de impotencia. Leoma la oyó y sonrió.

— Vacía ese apestoso orinal —ordenó.

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