El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
– Nunca dije tal cosa. ¿Qué quieres hacer tú?
– Llama otra vez a Ventura.
– Tienen el número de mi móvil. Me llamarán si hay alguna novedad.
– Llama a Denver.
– ¿Por qué no te compras un móvil?
Marcó el número de la oficina del FBI en Denver y pidió que la pusieran al corriente de la situación. Escuchó, les dio las gracias y colgó.
– Los Callum han sido alojados en la Academia de la Fuerza Aérea -me informó-. Tenemos agentes vigilando su residencia y esperando dentro. Como en Ventura.
– Bien.
Nos encontrábamos ya en la carretera de circunvalación, en dirección al aeropuerto Kennedy. Yo estaba' tratando de no fallar, de mantener la buena racha que llevaba, sin echarla a perder al final.
No resulta fácil ser el hombre del momento. Normalmente, yo no confiaría estas dudas a nadie, pero Kate y yo ya éramos algo más que socios.
– Llama a la oficina de Los Ángeles y diles que pongan vigilancia en los consulados de países que podrían ayudar a Jalil a huir -dije-. Asegúrate también de que están vigilando la antigua casa de Wiggins en Burbank por si Jalil no tiene actualizada su información y se presenta allí.
– Lo hice mientras hablabas con Stein. Me informaron de que ya sabían lo que debían hacer. Ten un poco de respeto hacia el FBI, John. No eres tú el único genio de las fuerzas policiales.
Yo creía que sí. Pero supongo que no soy el único. Sin embargo, había algo que me preocupaba acerca de la forma en que se estaba desarrollando aquello. Estaba pasando algo por alto, y sabía que sabía lo que era pero no podía dar con ello. Repasé mentalmente todo el asunto desde el sábado pero ese algo, fuera lo que fuese, se escabullía por algún oscuro rincón de mi mente, de manera parecida a como se escabullía Asad Jalil.
Kate estaba hablando por el móvil con la mujer de Federal Plaza que organiza los viajes y estaba diciendo que necesitábamos información sobre los primeros vuelos directos disponibles a Los Ángeles y a Denver. Escuchó, y miró su reloj.
– Un momento. -Se volvió hacia mí-: ¿Adonde quieres ir?
– A donde va Jalil.
– ¿Adónde va?
– A Los Ángeles.
Se puso de nuevo al teléfono.
– Bien, Doris, ¿puedes reservar el vuelo de American? No, no tengo número de autorización.
Me miró, y saqué mi tarjeta de crédito. Kate la cogió y dijo a Doris:
– Pagaremos y solicitaremos el reembolso. -Le dio el número de mi tarjeta y añadió-: Que sea en primera clase. Y, por favor, llama a la oficina de Los Ángeles y avísales de nuestra llegada. Gracias.
Me devolvió mi tarjeta.
– Por tratarse de ti, John, pagarán billete de primera clase.
– Hoy, puede. Pero mañana quizá no quieran hacerse cargo ni de este viaje en taxi.
– El gobierno te adora.
– ¿Qué he hecho mal?
Finalmente llegamos al JFK.
– ¿A qué terminal? -preguntó el taxista.
Aquí es donde llegué el sábado, con la misma pregunta. Pero esta vez no iba al Club Conquistador.
– Terminal Nueve -dijo Kate.
Llegamos a la terminal de American Airlines, salimos, pagué al taxista y nos dirigimos al mostrador de billetes, donde nos dieron dos pasajes de primera clase a cambio de mi tarjeta de crédito. Nos identificamos y cumplimentamos el impreso SS-113, que describía nuestro equipaje de mano como dos pistolas automáticas Glock del calibre 40.
Teníamos quince minutos para coger el avión, y sugerí tomar un trago rápido pero Kate miró el cuadro de salidas y dijo:
– Están embarcando ya. Tomaremos el trago a bordo.
– Llevamos armas.
– Confía en mí. Ya he hecho esto antes.
Verdaderamente, había otro aspecto de Doña Perfecta que no me había sido revelado hasta el momento.
Así pues, mostramos en el control de seguridad nuestras credenciales y el permiso para embarcar armas y llegamos a la puerta con unos minutos de sobra.
La ayudante de vuelo de primera clase rondaba los setenta y muchos años o cosa así, se encajó la dentadura en la boca y nos dio la bienvenida a bordo.
– ¿Éste es un tren de cercanías o expreso? -le pregunté.
Pareció desconcertada, y recordé que la antigüedad equivalía a veces a senilidad.
En cualquier caso, se me habían acabado los chistes de líneas aéreas, así que le di nuestros permisos de embarque de armas de fuego, y me miró con aire de preguntarse cómo habían podido concederme a mí licencia de armas. Kate le dirigió una sonrisa tranquilizadora. Pero quizá fueron imaginaciones mías.
La ayudante de vuelo consultó la lista de pasajeros para asegurarse de nuestra identidad y luego entró en la cabina de mando con los permisos de embarque, tal como exigen las normas, para informar al capitán de que a bordo había dos agentes de la autoridad armados, una atractiva dama y un tipo estrafalario, que viajaban juntos en primera clase.
Encontramos nuestros asientos, situados junto al mamparo divisorio en el lado de babor. La primera clase estaba casi llena, en su mayoría por personas con todo el aspecto de ser angelinos que regresaban a casa.
Bueno, habida cuenta de que estábamos en el JFK no puede decirse que fuera mucho el tiempo que estuvimos esperando en la pista, y despegamos con sólo quince minutos de retraso, que el capitán dijo que recuperaríamos en vuelo, lo cual es mejor, supongo, que hacerlo en tierra, en el aeropuerto internacional de Los Ángeles, rodando hasta la puerta de salida a novecientos kilómetros por hora mientras se despliegan los paracaídas de emergencia.
De modo que allí estábamos, en la azul inmensidad, armados, motivados y esperanzados.
– Olvidé comprar ropa interior limpia -le dije a Kate.
– Iba a mencionártelo.
La Mayfield estaba de un humor raro.
Llegó otra ayudante de vuelo ofreciendo periódicos, y yo pedí el Newsday de Long Island. Busqué y encontré un artículo sobre los asesinatos del Cuna de la Aviación, que leí con interés. Observé que no estaba firmado, lo cual es a veces indicio de que las autoridades están manipulando un poco la historia. De hecho, no había ninguna mención de Asad Jalil, y se presentaba como móvil del asesinato la posible comisión de un robo. Perfecto. El clásico robo a mano armada en un museo. Me pregunté si alguien se tragaría semejante historia. Concretamente me preguntaba si se la tragaría Jalil en caso de que la leyese y si creería que carecíamos completamente de pistas. Valía la pena intentarlo, supongo.
Le enseñé el artículo a Kate, que lo leyó.
– Jalil dejó un mensaje muy claro en aquel museo -dijo-. Eso significa que tal vez haya terminado y se vuelve a su país, o que tiene una tremenda arrogancia y desprecia a las autoridades y está diciendo: «No descifraréis esto hasta que sea demasiado tarde. Cogedme si podéis.» -Reflexionó unos instantes y añadió-: Espero que ocurra lo segundo, y espero que esté yendo a donde vamos nosotros.
– En ese caso, probablemente ya esté allí. Confío en que espere al anochecer para dar su próximo paso.
Ella asintió con la cabeza.
Bien, yo necesitaba uno o dos traguitos, así que pedí a Kate que hablara dulcemente a la abuela ayudante de vuelo y la convenciese de que nos trajera bebidas alcohólicas.
– No nos servirá -me informó Kate-. Vamos armados.
– Creía que habías dicho…
– Mentí. Soy abogada. Dije: «Confía en mí.» Eso significa que estoy mintiendo. ¿Cómo puedes ser tan estúpido? -Rió.
Yo estaba estupefacto.
– Tómate una gaseosa -dijo.
– Me va a dar algo.
Ella me cogió la mano.
Me calmé y pedí un zumo de tomate.
La comida de primera clase era demasiado mala, y la película, con John Travolta como protagonista en el papel de un agente del departamento de investigación criminal del Ejército, horrorosa, pese a la mala crítica que recordaba haber leído en el Newsday de Long Island, escrita por John Anderson, un sedicente crítico cinematográfico cuya opinión confiaba que fuese exactamente opuesta a la mía.