Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El juego del León
El juego del León - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
1 ... 144 145 146 147 148 149 150 151 152 ... 189
Перейти на страницу:

– Vámonos -le dije, agarrándola del brazo.

– ¿Adónde?

– A California.

– ¿En serio? ¿Ahora?

– Ahora mismo.

Se levantó.

– ¿Necesito…?

– Nada. Sólo tu pistola y tu chapa.

– Placa. Nosotros decimos placa.

– Y yo digo que te des prisa.

Se mantuvo a mi lado mientras caminábamos hacia los ascensores.

– ¿Quién ha autorizado…? -preguntó.

– Stein.

– Está bien.

Reflexionó un momento.

– Quizá deberíamos ir a Colorado Springs -dijo finalmente.

Quizá. Pero yo no quería una discusión con mi jefa, así que respondí:

– Stein sólo ha autorizado California.

– ¿Por qué?

– No sé. Yo creo que quiere mandarme lo más lejos posible.

Llegó el ascensor, entramos, bajamos hasta el vestíbulo y salimos a Broadway. Llamé un taxi, y montamos.

– Al JFK -dije al chófer.

– Nos sumergimos en el intenso tráfico del centro.

– ¿Qué noticias hay de Ventura? -pregunté a Kate.

– Nuestra oficina de Ventura ha obtenido un número telefónico de Wiggins no incluido en la guía, y han llamado a su casa mientras yo estaba al teléfono. Ha respondido el contestador automático pero no le han dejado un mensaje detallado. Luego han enviado varios agentes a su casa, que, según me dicen, está cerca de la playa. A continuación han pedido refuerzos a Los Ángeles. La oficina de Ventura tiene muy poco personal -explicó.

– Espero que no lo encuentren en casa y muerto. ¿Qué se proponen hacer? ¿Rodear la casa con tanques?

– No somos tan estúpidos como crees, John.

– Eso me tranquiliza.

– Revisarán la casa, hablarán con los vecinos y, naturalmente, tenderán una trampa a Jalil.

Traté de imaginar una cuadrilla de tipos vestidos de azul corriendo por un barrio de playa, llamando a las puertas y exhibiendo placas de federales. Eso provocaría una estampida de extranjeros ilegales hacia el sur. Entretanto, si Asad Jalil estaba vigilando la zona, tal vez se volviera un poco receloso. Pero, para ser justos, yo tampoco estaba seguro de cómo manejaría la situación.

– Llama otra vez a Ventura -dije a Kate.

Cogió el móvil y pulsó los botones. El taxi se estaba aproximando al puente de Brooklyn. Miré mi reloj. Eran las tres en punto de la tarde, mediodía en California. ¿O era al revés? Sé que la cosa cambia al oeste de la Undécima Avenida.

– Aquí Mayfield. ¿Algo nuevo? -dijo Kate por el móvil. Escuchó unos momentos y respondió-: Muy bien, voy a tomar un avión a Los Ángeles. Llamaré dentro de un rato con información sobre mi vuelo. Espérenme con un coche en Llegadas y llévenme al helipuerto de la policía. Espérenme con un coche dondequiera que se propongan dejarme en Ventura. Bien. Yo lo estoy autorizando. No se preocupen por ello a menos que no hagan lo que digo. Entonces tendrán algo de qué preocuparse.

Colgó y me miró.

– ¿Ves? Puedo ser tan insoportablemente arrogante como tú.

Sonreí.

– ¿Y qué hay de nuevo en Ventura? -pregunté.

– Los tres agentes disponibles de Ventura fueron a la casa de Wiggins y entraron forzando la puerta ante la posibilidad de que se hallara muerto en su interior. Pero no estaba en casa, así que los que están ahora dentro son ellos, y están utilizando su teléfono para llamar a personas con las que podría encontrarse o que podrían saber dónde se encuentra. Si está muerto, no está muerto en casa.

– Bueno. Podría estar realizando un largo vuelo.

– Podría. Se gana la vida volando. Podría ser su día libre. Podría estar en la playa.

– ¿Qué tiempo hace en Ventura?

– El mismo de siempre. Sol y veintidós grados. -Y añadió-: Hace unos tres años pasé un par de años en la oficina de Los Ángeles.

– ¿Te gustó?

– Estuvo bien. Aunque no es tan interesante como Nueva York.

Sonreímos.

– ¿Dónde diablos está Ventura? -le pregunté.

Me lo dijo pero no entendí muy bien la geografía ni todos los nombres españoles que me soltaba.

Estábamos en el puente de Brooklyn y el taxista enfiló la autopista Brooklyn-Queens, que fue diseñada para facilitar un tráfico rápido pero yo nunca he visto que lo consiga, salvo a las tres de la madrugada. Mostré mi acreditación de federal.

– Acelere -ordené al chófer. Siempre digo eso, aunque no tenga prisa ni sepa adónde voy.

Pregunté al taxista de dónde era, y me dijo que de Jordania. Eso era nuevo. Pakistán lleva ventaja pero Macedonia está empezando a alcanzarle.

– Stein ha dicho que te felicita -le dije a Kate.

No respondió.

– Hay una ligera posibilidad de que pueda volver al trabajo… en la policía -dije.

Continuó en silencio, así que cambié de tema.

– ¿Dónde crees que está Jalil?

– En California, en Colorado Springs o en tránsito.

– Tal vez. Pero tal vez sólo ha actuado en la costa Este, donde tiene algunos bienes, y luego se ha marchado, con la ayuda quizá de alguna embajada de Oriente Medio. California y Colorado están muy lejos.

– John, ese tío no ha recorrido medio mundo para… -Miró de reojo al taxista-. Para tomarse sólo una parte de la comida. Tú lo sabes.

– Sí. Pero me estoy preguntando cómo va a llegar a Los Ángeles. Los aeropuertos son peligrosos para él.

– Los grandes. Una vez, tuve yo un fugitivo que fue desde Los Ángeles hasta Miami utilizando aeropuertos pequeños. Habría podido ir más de prisa pero consiguió darnos esquinazo hasta que lo atrapamos en Miami.

– Cierto.

– Y no olvides la posibilidad de que haya cogido un avión privado. Una vez, yo tuve un magnate de la droga que alquilaba reactores privados. Muchos de ellos lo hacen. No hay puntos de control, no queda constancia de sus desplazamientos, y pueden ir a cualquier sitio donde sea posible aterrizar.

– Quizá debamos alertar a los aeropuertos locales de la zona de Ventura.

– Se lo he sugerido a los de Ventura. Me han recordado que hay docenas de pequeños aeropuertos en la zona, varias docenas más en los alrededores, y un avión privado puede aterrizar durante las veinticuatro horas del día en la mayoría de ellos. Necesitarías un ejército para vigilar todas las instalaciones de Aviación General, por no hablar de los campos de aterrizaje abandonados o sin personal de servicio.

– Supongo.

Kate parecía conocer este tema mejor que yo. Yo entiendo de taxis y metros. La mitad de mis fugitivos acaban yéndose a casa de su madre, o al apartamento de su amiguita, o se quedan rondando por su bar favorito. La mayoría de los delincuentes, en especial los asesinos, son realmente estúpidos. Yo prefiero los listos. Me proporcionan un cierto desafío y mucha diversión.

– Jalil ha conseguido todo esto gracias a su rapidez -le dije-. Como un tironero. No es ningún idiota, y sabe que en tres días, quizá cuatro, acabaríamos con su juego.

– Eso es muy optimista.

– Bien, lo hemos localizado en menos de cuatro días, ¿no?

– De acuerdo. ¿Y?

– Y… no sé. Wiggins ya está muerto, o se encuentra en algún otro lugar. Quizá haya volado a la costa Este para transportar alguna carga, Jalil lo sabía y ya lo ha liquidado. Los agentes que están en su casa podrían continuar mucho tiempo allí esperando a que aparezcan Wiggins o Jalil.

– Es posible. ¿Tienes alguna otra idea? ¿Quieres quedarte aquí, en Nueva York? Puedes ir a esa reunión de las cinco y escuchar a todo el mundo decir lo brillante que eres.

– Eres injusta.

– Y no quieres perderte el encuentro con Jack esta tarde a las ocho, cuando regrese de Frankfurt.

No respondí.

– ¿Qué quieres hacer, John?

– No sé… este tipo me tiene un poco desconcertado. Estoy tratando de ponerme en su pellejo.

– ¿Quieres mi opinión?

– Claro.

– Yo digo que vayamos a California.

– Dijiste que fuéramos a Frankfurt.

1 ... 144 145 146 147 148 149 150 151 152 ... 189
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)