La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Richard se animó. Los principios de capítulo eran los que mejor recordaba, pues todos empezaban de manera memorable.
— ¡Sí! Éste es el capítulo en el que se van. Lo recuerdo. Empieza diciendo: «Por tercera vez en esa semana Bonnie violó la norma de su padre de ir al bosque sola».
Berdine se inclinó hacia adelante con la vista fija en la línea en cuestión.
— Sí, esta palabra es «violar», ésa ya la tenía. ¿Esta de aquí es «norma» y esta otra «tercera»?
Alzó la vista hacia Richard, que asintió. Muy nerviosa y emocionada, Berdine sumergió la pluma en el tintero y empezó a escribir en una de las hojas de papel, rellenando los huecos. Al acabar, lo deslizó frente a lord Rahl, orgullosa.
— Ésta es la traducción.
Richard cogió el papel y lo leyó a la luz que entraba por la ventana situada a su espalda.
Las discusiones están a la orden del día. La Tercera Norma de un mago: las pasiones dominan la razón. Temo que esta norma, la más insidiosa de todas, sea nuestra ruina. Incluso los que la tenemos en cuenta la estamos violando. Las diferentes facciones insisten en que la solución que ellos proponen se basa en la razón, pero me temo que todos actuamos llevados por las pasiones. Incluso Alric Rahl nos envía frenéticos mensajes en los que afirma tener la solución. Mientras tanto los Caminantes de los Sueños causan estragos entre nuestros hombres. Rezo para que podamos completar las torres o todos estaremos perdidos. Hoy me despedí de los amigos que parten hacia las torres. Lloré porque son buenos hombres y jamás volveré a verlos en este mundo. ¿Cuántos más morirán en las torres para defender la causa de la razón? Desgraciadamente sé que mucho peor sería que violásemos la Tercera Norma.
Cuando Richard acabó de leer se volvió hacia la ventana. Él había estado en esas torres. Sabía que había sido necesario que unos magos dieran su vida para activar los hechizos de las torres, pero hasta entonces no había visto a esos magos como personas de carne y hueso. Pero al leer las angustiosas palabras escritas por el autor del diario, muerto miles de años atrás, se le ponían los pelos de punta. Era como si el autor siguiera viviendo a través de las palabras.
Pensó en la Tercera Norma, tratando de entenderla solo. Para la primera había tenido a Zedd; y para la segunda, Nathan. Ambos le habían ayudado a comprender cómo se aplicaban en la vida real. Pero con la tercera tendría que apañárselas solo.
Recordó lo sucedido cuando habló con algunas de las personas que abandonaban la ciudad. Les había preguntado por qué huían de Aydindril, y ellos, aunque asustados, habían respondido que Richard era un monstruo que se dedicaba a matar por placer.
Cuando los presionó, admitieron que les habían llegado rumores de que lord Rahl mantenía niños esclavos en el palacio, que seducía a innumerables doncellas y luego las echaba a la calle, desnudas y aturdidas por la experiencia. Afirmaron conocer a jóvenes y adolescentes a las que Richard había dejado embarazadas, y además conocían a personas que habían visto con sus propios ojos los abortos de esas pobres muchachas: monstruos deformes, el fruto de su malvada semilla. Esa gente le había escupido por crímenes cometidos contra víctimas indefensas.
Richard quiso saber cómo era posible que se mostraran tan francos con él si lo creían un monstruo. Ellos respondieron que sabían que no les haría ningún daño, porque se decía que en público fingía ser compasivo para engañar a los demás. Así pues, delante de una multitud no les haría ningún daño. Se marchaban para alejar de sus malvadas garras a sus hijas, hermanas y esposas.
Cuanto más se esforzaba Richard por rebatir esas absurdas acusaciones, con más fuerza se aferraban ellos. Le dijeron que lo habían oído de boca de muchas personas, por lo que necesariamente tenía que ser verdad. Si tanta gente lo afirmaba, sería por algo. Era imposible que todos estuvieran equivocados. Defendían con tanta pasión sus creencias y sus temores que cerraban los oídos a los argumentos de la razón. Sólo pensaban en marcharse para ponerse bajo la protección que les ofrecía la Orden Imperial.
Sus pasiones los iban a llevar a la ruina. Tal vez era un ejemplo del mal que podía causar violar la Tercera Norma. Quizá no era un buen ejemplo, pues se mezclaba con la Primera Norma: la gente está dispuesta a creer cualquier cosa porque quiere que sea verdad o porque teme que pueda ser verdad. Quizá las diferentes normas se mezclaban y podían violarse al unísono, por lo que era imposible determinar dónde empezaba una y terminaba la otra.
Sus recuerdos retrocedieron hasta la Tierra Occidental. La señora Rencliff, que no sabía nadar, se desasió de los hombres que intentaban retenerla mientras llegaban las barcas y se lanzó a un río crecido para tratar de salvar a su hijo. Pocos minutos después aparecieron las barcas y salvaron al niño. Chad Rencliff tuvo que crecer sin madre; el cuerpo de la señora Rencliff nunca se encontró.
La piel le picaba, como si hubiera entrado en contacto con el hielo. Ya comprendía la Tercera Norma: las pasiones dominan la razón.
Hasta que, por fin, Ulic regresó acompañando al general Reibisch, Richard pasó un mal rato reflexionando sobre cómo las pasiones causaban perjuicio cuando se imponían a la razón y, aún peor, cómo la magia podía agravar la ecuación.
El general se golpeó el pecho a modo de saludo.
— Lord Rahl, Ulic me ha dicho que queríais verme con urgencia.
Richard asió el uniforme oscuro del general.
— ¿Cuánto tardaríais en enviar a vuestros hombres en una misión de búsqueda?
— Lord Rahl, mis hombres son d’haranianos. Los soldados de D’Hara están siempre listos para partir en cualquier momento.
— Perfecto. ¿Conocéis a mi prometida, la reina Kahlan Amnell?
— Sí. La Madre Confesora.
Richard se estremeció.
— Eso es, la Madre Confesora. Se dirige hacia aquí desde el sudoeste. Ya debería haber llegado, por lo que temo que esté en dificultades. Antes contaba con un hechizo que ocultaba su verdadera identidad para que sus enemigos no la persiguieran. Pero de algún modo el hechizo ha sido anulado. Tal vez no sea nada, aunque también es posible que esté en peligro. Ahora sus enemigos saben que sigue viva.
El general se rascaba la barba bermeja. Finalmente alzó hacia Richard sus ojos grises y dijo:
— Entiendo. ¿Qué queréis que haga?
— Quiero que reunáis a la mitad de las tropas de Aydindril, al menos a cien mil hombres, y salgáis en su busca.
El general se acarició la cicatriz y lanzó un suspiro.
— Cien mil son muchos soldados, lord Rahl. ¿Creéis prudente alejar a tantos de la ciudad?
Richard paseaba sin descanso entre el general y la mesa.
— No sé exactamente dónde se encuentra. Si partís con pocos hombres, se os puede pasar por alto y no encontrarla nunca. Pero con cien mil hombres podemos cubrir todos los caminos y peinar el territorio.
— ¿Nos acompañaréis?
Richard deseaba desesperadamente encontrar a Kahlan y a Zedd. No obstante, echó un vistazo a Berdine, la cual, sentada tras el escritorio seguía trabajando en la traducción. Entonces recordó las palabras de advertencia escritas tres mil años antes. La Tercera Norma de un mago: la razón.
Berdine lo necesitaba para seguir traduciendo el diario. Estaba averiguando datos de suma importancia acerca de la última guerra, de las torres y de los Caminantes de los Sueños. Nuevamente existía un Caminante de los Sueños.
Si partía y su grupo no encontraba a Kahlan, tardaría más en reunirse con ella que si se quedaba esperando en Aydindril. Además estaba el Alcázar. Algo había sucedido allí, y era su deber impedir que su magia cayera en malas manos.
El corazón le decía que fuera —deseaba desesperadamente partir en busca de Kahlan— pero en su mente se formó la imagen de la señora Rencliff, que se sumergía en las negras y turbulentas aguas porque no quería esperar la barca. Esos hombres eran su barca.