La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Richard se quedó rígido, sin poder articular palabra. ¿Cómo sabía el general que Kahlan era la Madre Confesora? Queridos espíritus, ¿qué había ocurrido?
El general kelta extendió su mano, cogió la mano que Richard tenía posada en la empuñadura de la espada y la estrechó calurosamente.
— Lord Rahl, mi pueblo jamás había recibido tan alto honor: la Madre Confesora será nuestra reina. Gracias, lord Rahl, muchísimas gracias.
El general Baldwin no cabía en sí de gozo, pero Richard se hallaba al borde de un ataque de pánico.
— General, espero que esto sellará nuestra unidad —se forzó a decir.
El general agitó una mano y rió, jubiloso.
— Ahora ya nada la podrá romper, lord Rahl. Si me excusáis, debo regresar inmediatamente para comunicar a mi pueblo la buena nueva.
— Naturalmente.
El general estrechó la mano de Raina y Cara antes de salir a toda prisa. Richard se había quedado aturdido.
— ¿Lord Rahl, os ocurre algo? Estáis tan pálido como la cera.
Finalmente Richard apartó la mirada de la puerta por la que el general había salido y la posó en la mord-sith.
— El general sabía que Kahlan es la Madre Confesora.
Entonces fue Cara quien lo miró con expresión de absoluto desconcierto.
— Todo el mundo sabe que vuestra prometida, Kahlan Amnell, es la Madre Confesora.
— ¿Qué? —susurró Richard—. ¿Vosotras también lo sabéis?
Cara y Raina asintieron.
— Naturalmente, lord Rahl —dijo Raina—. Tenéis mala cara. ¿Estáis enfermo? Tal vez deberíais sentaros.
Los ojos de Richard pasaron de la interrogadora faz de Raina a la de Cara.
— Kahlan estaba protegida por un hechizo. Nadie sabía que es la Madre Confesora. Nadie. Un gran mago usó magia para ocultar su identidad. Ni siquiera vosotras lo sabíais.
Cara frunció el entrecejo; las palabras de Richard la habían dejado perpleja.
— ¿No lo sabíamos? Es muy extraño, lord Rahl. A mí me parece que siempre he sabido que era la Madre Confesora. —Raina asintió.
— Imposible —rebatió Richard—. ¡Ulic! ¡Egan!
Los dos guardaespaldas aparecieron casi inmediatamente en el umbral, en posición de combate.
— ¿Qué ocurre, lord Rahl?
— ¿Con quién voy a casarme?
Ulic y Egan denotaron su sorpresa.
— Con la reina de Galea, lord Rahl —respondió Ulic.
— Pero ¿quién es? —preguntó Richard, gritando.
Los dos d’haranianos intercambiaron un vistazo de incomprensión antes de que Egan contestara:
— Bueno, es Kahlan Amnell, la reina de Galea y la Madre Confesora.
— ¡Se supone que la Madre Confesora está muerta! ¿No recordáis el discurso que pronuncié ante los representantes en las cámaras del Consejo? ¿No recordáis que les dije que deberían honrar la memoria de la fallecida Madre Confesora y unirse a D’Hara?
Ulic se rascó la cabeza, mientras que Egan clavó la vista en el suelo mientras se lamía la yema de un dedo, sumido en sus pensamientos. Raina miraba a los otros, esperando una respuesta. Finalmente el rostro de Cara se iluminó.
— Creo que lo recuerdo, lord Rahl —dijo—. Pero me parece que os referíais a las Madres Confesoras del pasado, no a vuestra futura esposa.
Todos asintieron.
— Mirad, sé que no lo comprendéis pero tiene que ver con la magia.
— En eso tenéis razón, lord Rahl —dijo Raina, poniéndose seria—. Si se trataba de un conjuro, la magia nos está engañando. Vos poseéis magia, por lo que sois consciente de la dificultad. Debemos confiar en vos en este asunto.
Richard se frotó las manos mientras que con mirada perdida reflexionaba. Algo iba mal. Algo iba terriblemente mal. Pero ¿qué? Tal vez Zedd había anulado el hechizo. Tal vez tenía una buena razón. Quizá no había pasado nada malo. Zedd estaba con ella. Zedd la protegería. Richard giró en redondo.
— La carta —dijo—. La carta que les envié. Quizá Zedd ha anulado el hechizo porque sabe que he arrebatado Aydindril a la Orden Imperial y cree que ya no es necesario continuar con la farsa.
— Parece razonable —comentó Cara.
Pero Richard se sentía abrumado por la inquietud. ¿Y si Kahlan estaba furiosa porque Richard había puesto fin a la alianza de la Tierra Central y había exigido que todos los países se rindieran a D’Hara? ¿Y si había insistido en que Zedd la liberara del hechizo para que todos supieran que la Tierra Central seguía teniendo una Madre Confesora? En ese caso, Kahlan no estaría en peligro sino enfadada con él. Lo prefería. Pero si estaba en peligro, tenía que ayudarla.
— Por favor, Ulic, busca al general Reibisch y tráemelo enseguida. —Ulic saludó y salió de la habitación—. Egan, quiero que vayas a ver a algunos de los oficiales y soldados. Actúa con normalidad y traba conversación con ellos, por ejemplo sobre mi matrimonio. Quiero que averigües si también ellos saben que Kahlan es la Madre Confesora.
Richard caminó de un lado a otro mientras esperaba la llegada del general Reibisch. ¿Qué debía hacer? Kahlan y Zedd debían de estar al caer, pero ¿y si algo había ido mal? Incluso si Kahlan estaba furiosa con él, eso no le impediría ir a Aydindril para tratar de disuadirlo, o echarle un sermón sobre la historia de la Tierra Central y sobre lo que estaba destruyendo.
O tal vez querría decirle que anulaba el compromiso y que no quería verlo nunca más. No. Era imposible. Kahlan lo amaba y, por muy enfadada que estuviera con él, nunca permitiría que nada se interpusiera entre ambos. Tenía que creer en su amor, como ella tenía que creer en el suyo.
La puerta se abrió y Berdine entró como buenamente pudo con los brazos cargados de libros y papeles. Sostenía una pluma entre los dientes. Hizo un amago de sonrisa pese a la pluma y descargó los papelajos sobre la mesa.
— Si no estáis ocupado, tenemos que hablar —susurró.
— Ulic ha ido a buscar al general Reibisch. Debo hablar con él urgentemente.
Berdine echó un vistazo a Cara, a Raina y luego a la puerta.
— ¿Queréis que me vaya, lord Rahl? ¿Pasa algo malo?
Por lo que habían averiguado hasta entonces, Richard sabía ya que no se había equivocado al llevarse el diario del Alcázar. De todos modos, no podría hacer nada hasta que Reibisch se presentara.
— ¿Con quién me voy a casar?
Berdine abrió un libro mientras tomaba asiento junto a la mesa y rebuscaba entre los papeles que había llevado.
— Con la reina Kahlan Amnell, la Madre Confesora. ¿Tenéis tiempo? —inquirió, mirándolo esperanzada—. Necesito vuestra ayuda.
Richard suspiró y fue a colocarse detrás de la mujer.
— Tengo tiempo hasta que el general Reibisch llegue. ¿Qué necesitas?
Con el extremo que no escribía de la pluma dio golpecitos al diario abierto.
— He traducido casi hasta aquí. Creo que es un pasaje muy importante, pero me faltan dos palabras. —Berdine cogió la versión en d’haraniano culto de Las aventuras de Bonnie Day y la colocó frente a ambos—. He encontrado un sitio en el que salen estas dos palabras. Espero que recordéis qué dice.
Las aventuras de Bonnie Day había sido el libro favorito de Richard. Lo había leído tantas veces que creía que lo sabía de memoria, pero descubrió que no era así. Aunque lo conocía muy bien, recordar las palabras exactas no era ni mucho menos tan sencillo como había imaginado. Recordaba el argumento pero no literalmente, palabra por palabra. Y a no ser que recordara las palabras exactas de una frase no podía ayudar a Berdine.
Varias veces había regresado al Alcázar en busca de una versión del libro en su idioma, para compararlo con la versión en d’haraniano culto, pero no había tenido éxito. Era frustrante no poder ser de más ayuda.
Berdine señaló un pasaje de Las aventuras de Bonnie Day.
— Necesito estas dos palabras. ¿Recordáis qué dice la frase?