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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— Continúa —dijo Leoma sonriendo apenas.

Verna inspiró hondo para tranquilizarse y cruzó las manos en el regazo.

— No me habéis matado como Ulicia mató a la prelada Annalina. No os habríais molestado en organizar toda esa farsa si quisierais matarme; podríais haberlo hecho en mi despacho. Es obvio que queréis algo. ¿Qué es?

Leoma se rió entre dientes.

— Ah, Verna, tú nunca has sido de las que se andan por las ramas. Pese a tu falta de experiencia, debo admitir que eres lista.

— Sí, sí, soy una lumbrera; por eso estoy aquí encerrada. ¿Qué desea de mí tu amo, el Custodio?

Leoma frunció los labios.

— Por el momento servimos a otro amo. Y él quiere algo importante de ti.

— ¿Jagang? ¿Ahora habéis jurado servir a Jagang?

Leoma no pudo sostenerle la mirada.

— No exactamente, pero eso no importa ahora. Jagang quiere cosas y las va a conseguir. Mi deber es procurar que las consiga.

— ¿Qué quiere de mí?

— Que renuncies a tu lealtad a Richard Rahl.

— Debes de estar soñando si crees que haré algo así.

Leoma esbozó una irónica sonrisa.

— Sí, los sueños tienen mucho que ver en todo esto. Pero eso es aparte. Debes romper el vínculo con Richard.

— ¿Por qué?

— Richard es el único capaz de interferir en los planes del emperador. Verás, la lealtad hacia Richard bloquea el poder de Jagang. El emperador desea comprobar si es posible romper esa lealtad para penetrar en tu mente. Digamos que es un experimento. Mi deber es convencerte de que rompas esa lealtad.

— No pienso hacerlo. Nada me obligará a renunciar a mi lealtad hacia Richard.

— Oh, conozco muchos modos de obligarte —repuso Leoma con una siniestra sonrisa—. Estoy muy motivada. Antes de que llegue Jagang para establecer aquí su cuartel general romperé la lealtad que guardas hacia su enemigo.

— ¿Cómo? ¿Impidiéndome el acceso a mi han? ¿Crees que de ese modo quebrarás mi voluntad?

— ¿Tan fácilmente olvidas, Verna? ¿Has olvidado los otros usos del rada’han? ¿Olvidas la prueba de dolor? Más pronto o más tarde te arrodillarás y me suplicarás que te permita jurar fidelidad al emperador.

»No cometas el error de pensar que tendré escrúpulos en llegar hasta donde sea necesario. No cometas el error de olvidar qué soy, ni de pensar que me queda ni una pizca de compasión. Aún faltan semanas antes de que Jagang llegue. Tenemos tiempo de sobra. Esas semanas te parecerán años hasta que cedas, y cederás.

Verna se puso tensa. Había olvidado la prueba de dolor. Nuevamente sintió cómo el pánico le atenazaba la garganta. Ni que decir tiene que había visto cómo la aplicaban a jóvenes con el rada’han pero nunca duraba más de una hora, y entre prueba y prueba se dejaban transcurrir años.

Leoma avanzó unos pasos y derramó de un puntapié el vaso de agua.

— ¿Empezamos ya, hermana Verna?

43

Richard se estremeció al ver cómo el muchacho caía inconsciente. Algunos espectadores lo apartaron a un lado y otro chico ocupó su lugar. Incluso desde el ventanal del Palacio de las Confesoras podía oír los gritos de ánimo de los niños que presenciaban el ja’la. Era el mismo juego que Richard había visto jugar en Tanimura.

En su país natal, la Tierra Occidental, nunca había oído hablar del ja’la, pero tanto los niños de la Tierra Central como los del Viejo Mundo eran muy aficionados. Era un juego enérgico, rápido y, por lo que parecía, apasionante, aunque Richard hubiese preferido otro que no les hiciera saltar los dientes.

— ¿Lord Rahl? ¿Lord Rahl, estáis ahí? —llamó Ulic.

Richard se volvió y se echó a la espalda la negra capa de mriswith, abandonando así su reconfortante protección.

— Sí, Ulic. ¿Qué pasa?

El fornido guardaespaldas entró en la estancia al ver a Richard aparecer salido de la nada. Ya se había acostumbrado.

— Ahí fuera hay un general kelta que pide ser recibido. Es el general Baldwin.

— Baldwin, Baldwin —repitió Richard, tratando de hacer memoria—. Sí, ya lo recuerdo. Es el comandante en jefe de todas las fuerzas keltas. Le enviamos una carta sobre la rendición de Kelton. ¿Qué quiere?

— Me ha dicho que solamente hablará con lord Rahl.

Richard se volvió de nuevo hacia la ventana. Con una mano apartó la pesada cortina dorada mientras se apoyaba despreocupadamente contra el marco pintado de la ventana. Vio que un muchacho se doblaba por la cintura, tratando de recuperarse de un golpe de broc. Pasados unos momentos el chico se enderezó y se incorporó de nuevo al juego.

— ¿Cuántos hombres han acompañado al general?

— Sólo un pequeño grupo de cinco o seiscientos soldados.

— Sabe que Kelton se ha rendido. Si buscara problemas, no hubiera acudido a Aydindril con tan pocos hombres. Supongo que tendré que recibirlo. —Se volvió hacia Ulic, que esperaba sus órdenes—. Berdine está ocupada. Que Raina y Cara escolten al general.

Ulic se golpeó el pecho con un puño y ya se marchaba cuando Richard lo llamó.

— ¿Han encontrado algo más los hombres al pie de la montaña, debajo del Alcázar?

— No, lord Rahl; sólo pedazos de mriswith. Hay tanta nieve acumulada que tendremos que esperar a la primavera, cuando se funda, para descubrir qué más cayó del Alcázar. El viento pudo arrastrar cualquier cosa bastante lejos, y los hombres no saben dónde empezar a cavar. Solamente han encontrado brazos y garras de mriswith, que son tan ligeros que no se han hundido en la nieve. Cualquier otra cosa más pesada podría estar enterrada bajo diez metros de esa nieve blanda.

Richard asintió, decepcionado.

— Otra cosa. El palacio debe de tener costureras. Busca a la jefa de las costureras y envíamela, por favor.

Sin darse cuenta, Richard volvió a envolverse en su negra capa de mriswith y continuó observando el partido de ja’la. Esperaba con impaciencia la llegada de Kahlan y Zedd. Ya no podían tardar mucho. Debían de estar cerca. Gratch los habría encontrado y pronto volverían a estar todos juntos.

— ¿Lord Rahl? —llamó Cara desde la puerta.

Richard se volvió al tiempo que abría la capa y se relajaba. Entre las dos mord-sith vio a un hombre alto y fornido, algo mayor ya. Exhibía un mostacho negro con hebras blancas que le llegaba hasta la línea inferior de la mandíbula, y el pelo cano le llegaba por debajo de las orejas. Allí donde el pelo empezaba a ralear, brillaba su calva.

Iba ataviado con una pesada capa semicircular de sarga forrada con suntuosa seda verde y sujeta sobre un hombro con dos botones. Llevaba doblado hacia fuera el alto cuello bordado del sobreveste marrón decorado con un símbolo heráldico partido en diagonal por una línea negra que dividía un escudo amarillo y azul. Las botas le llegaban hasta las rodillas. Llevaba unos guanteletes negros con puños acampanados vueltos al frente, metidos bajo un ancho cinturón de elegante hebilla.

El general palideció y se detuvo cuando Richard se materializó ante sus ojos. Richard lo saludó con una inclinación de cabeza.

— Encantado de conoceros, general Baldwin. Soy Richard Rahl.

Por fin, el general recuperó la compostura y le devolvió el saludo.

— Lord Rahl, es un honor que me recibáis sin haber anunciado mi llegada con más tiempo.

— Por favor, Cara, trae una silla al general. Debe de estar cansado por el viaje.

Después de que Cara colocara una sencilla silla almohadillada frente a la mesa y que el general tomara asiento, Richard se sentó detrás de la mesa.

— ¿Qué deseáis de mí, general?

El general echó un rápido vistazo a Raina, de pie a su izquierda, y a Cara, que se mantenía a su derecha. Ambas mujeres, que permanecían relajadas y en silencio con las manos enlazadas a la espalda, no mostraban la menor intención de marcharse.

— Podéis hablar con total libertad, general. Confío en ellas plenamente.

El general Baldwin tomó aire, aceptó la palabra de Richard y se relajó un tanto.

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