La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Verna sacudió la cabeza, incrédula.
— ¿Habéis aceptado la palabra de seis servidoras del Custodio y, basándoos en eso, porque ellas son seis y yo sólo una, me sentenciáis?
— Nada de eso. Han sido muchos días de testimonios y pruebas. De hecho, eran tantos que tu juicio se ha prolongado dos semanas. En interés de la justicia y por la gravedad de los cargos, teníamos que estar seguras de que éramos totalmente imparciales y meticulosas. Han sido muchos los testigos que han dado fe de hasta dónde llegó tu nefando trabajo.
— Pero ¿de qué estás hablando?
— Te has dedicado sistemáticamente a destruir la labor de palacio. Trataste de acabar de un plumazo con miles de años de tradición sólo para arruinar el trabajo de las Hermanas de la Luz. Has causado multitud de problemas.
»Los habitantes de la ciudad se amotinaron porque ordenaste que las mujeres que nuestros jóvenes magos dejaban embarazadas ya no recibirían ni una moneda más de palacio. Esos bebés son una de nuestras principales fuentes para conseguir chicos nacidos con el don. Como deseabas cortar esa fuente prohibiste que nuestros jóvenes fuesen a la ciudad para satisfacer sus necesidades y tener hijos que heredaran el don.
»La semana pasada el descontento desembocó en un disturbio que los soldados debieron reprimir. El pueblo se disponía a asaltar el palacio, enfurecido por la crueldad de las Hermanas al permitir que esas muchachas y sus hijos murieran de hambre. Muchos de nuestros jóvenes se unieron al levantamiento porque les negaste el oro de palacio.
Verna se preguntó qué tipo de «disturbio» había sido ése teniendo en cuenta que los jóvenes magos habían participado en él. Pero, desde luego, Leoma no iba a decirle la verdad. Verna sabía que entre los jóvenes magos había hombres buenos, y temía por su suerte.
— Nuestro oro corrompe la moral de cualquiera que lo toca —arguyó Verna, aunque sabía que perdía el tiempo tratando de defenderse. No podría convencer a Leoma con la razón ni con la verdad.
— Ha funcionado durante miles de años. Pero, como es natural, no deseas que siga funcionando, pues ello redunda en beneficio del Creador. Esas órdenes han sido revocadas, al igual que otras directivas tuyas que a punto han estado de arruinarnos.
»Querías que nuestros jóvenes magos fracasaran, por lo que decidiste que no pudiésemos determinar si estaban preparados para enfrentarse al mundo y anulaste la prueba de dolor. También esa orden ha sido revocada.
»Desde el mismo día que fuiste nombrada Prelada has profanado la doctrina de palacio. Primero mataste a la Prelada y después te serviste de tus trucos de magia del inframundo para ocupar tú el puesto y destruirnos.
»Te negaste a escuchar a tus consejeras, porque nunca tuviste ninguna intención de preservar el palacio. Ni siquiera te molestabas en leer los informes, sino que descargaste todo ese trabajo sobre administradoras sin experiencia, mientras que tú te encerrabas en tu santuario privado para consultar con el Custodio.
Verna lanzó un suspiro.
— ¿Se trata de eso? ¿Mis administradoras no querían trabajar tanto? ¿Resulta que personas avariciosas se han disgustado porque me negué a darles más oro del tesoro de palacio, solamente porque preferían quedarse embarazadas en vez de esperar a fundar su propia familia para echar hijos al mundo? ¿Algunas Hermanas están descontentas porque no permito que nuestros jóvenes estudiantes busquen su satisfacción personal sin ningún freno? ¿Acaso la palabra de seis Hermanas que huyen en vez de quedarse para ser interrogadas de pronto se toma en serio? ¡Y encima nombráis a una de ellas Prelada! ¿Y todo eso sin ninguna prueba firme?
Finalmente los labios de Leoma esbozaron una sonrisa.
— Oh, tenemos una prueba concluyente, Verna. Claro que la tenemos.
Con aire de suficiencia se sacó de un bolsillo un papel.
— Tenemos una prueba firme y condenatoria, Verna. —Solemnemente desplegó el papel mientras fijaba de nuevo su severa mirada en Verna—. Y también un testigo: Warren.
Verna se encogió como si acabaran de propinarle una bofetada. Recordó los mensajes de la Prelada y Nathan, ambos muy alarmados, en que le apremiaban a que alejara a Warren de palacio. Ann había insistido mucho en que Warren se marchara enseguida.
— ¿Lo reconoces, Verna? —Verna no osaba hablar, ni siquiera mirar—. Creo que sí. Es una profecía. Sólo una Hermana de las Tinieblas tendría la arrogancia de dejar por ahí un documento tan incriminador. Lo encontramos en las criptas, dentro de un libro. ¿Has olvidado qué dice? Te refrescaré la memoria:
«Cuando la Prelada y el Profeta sean entregados a la Luz en el sagrado rito, las llamas llevarán a ebullición un caldero de engaño y promoverán el ascenso de una falsa Prelada, que reinará sobre los muertos del Palacio de los Profetas».
Leoma dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo.
— Sabías que Warren eran un profeta y, no obstante, le quitaste el collar. Permitiste que un profeta anduviera suelto, lo cual es una grave falta.
— ¿Qué te hace creer que fue Warren quien dictó esa profecía? —inquirió Verna cautelosamente.
— Él mismo lo ha confesado. Costó un poco convencerlo de que admitiera ser el autor.
— ¿Qué le habéis hecho? —preguntó Verna acaloradamente.
— Usamos el rada’han, como es nuestro deber, para descubrir la verdad. Al final confesó que la profecía era suya.
— ¿El rada’han? ¿Le habéis vuelto a poner el collar?
— Naturalmente. Un profeta debe llevar el collar. Como Prelada, era tu deber hacerlo. Warren vuelve a llevar un rada’han y ocupa los aposentos del Profeta, custodiado por soldados y escudos, como debe ser.
»El Palacio de los Profetas avanza de nuevo por el buen camino. Esta profecía fue la última y definitiva prueba para condenarte. Demuestra la duplicidad de tus acciones y revela tus verdaderas intenciones. Es una suerte que pudiéramos intervenir antes de que llevaras a cabo esa profecía. Has fracasado.
— Sabes perfectamente que nada de eso es cierto.
— La profecía de Warren demuestra tu culpabilidad. Te acusa de ser una falsa Prelada y descubre tus planes para destruir el Palacio de los Profetas. Se armó un buen revuelo cuando fue leída ante el tribunal —prosiguió, sonriendo—. No podríamos tener una prueba más firme y condenatoria.
— Inmunda bestia. No pararé hasta verte muerta.
— No esperaba menos de ti. Afortunadamente no estás en posición de cumplir tus amenazas.
Verna clavó la vista en los ojos de Leoma mientras se besaba el dedo anular.
— ¿Por qué no te besas el dedo, Leoma, para suplicar la ayuda del Creador en este tiempo de tribulación para el Palacio de los Profetas?
— Ya se han acabado las tribulaciones, Verna —replicó Leoma con una burlona sonrisa.
— Bésate el dedo, Leoma, y demuestra al Creador que te preocupa el bienestar de las Hermanas de la Luz.
Por supuesto Leoma no lo hizo. No podía, y Verna lo sabía.
— No he venido aquí para rezar al Creador.
— Claro que no, Leoma. Ambas sabemos que eres una Hermana de las Tinieblas, al igual que la nueva Prelada. Ulicia es la falsa Prelada que anuncia la profecía.
Leoma se encogió de hombros.
— Verna, eres la primera Hermana que es condenada por un crimen tan atroz. No hay duda. La sentencia es firme.
— Estamos solas, Leoma. Nadie puede oírnos detrás de todos esos escudos excepto, claro está, alguien que posea Magia de Resta. Y de ellos no tienes nada que temer. Las auténticas Hermanas de la Luz no pueden oír lo que decimos. Incluso si yo se lo dijera a alguien, nadie me creería.
»Así pues, deja de fingir, Leoma. Ambas sabemos la verdad.