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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Robespierre se retiró, cediendo la tribuna de oradores a Louvet. Max mostraba una sonrisa vacilante, paciente. Tras alzar la vista hacia los escaños ocupados por los diputados de París, tomó asiento delante de Louvet y esperó a que éste soltara su andanada.

– Te acuso de calumniar continua y persistentemente a nuestros mejores patriotas. De difundir tus calumnias durante la primera semana de septiembre, cuando los rumores representaban golpes mortales. Te acuso de haber degradado y prescrito a los representantes de la nación. -Se detuvo unos momentos (los de la Montaña no dejaban de lanzarle gritos y silbidos), ante la imposibilidad de continuar. Robespierre se giró, los miró y el estruendo cesó hasta hacerse de nuevo el silencio.

Louvet reanudó su discurso, pero su voz, preparada para responder a su oponente, para enzarzarse con él en una agria batalla verbal, sonaba demasiado estridente. Louvet se dio cuenta, y al tratar de moderar el tono su voz comenzó a temblar. Para serenarse, apoyó las manos en la tribuna, pero tenía las palmas sudorosas y resbaladizas.

Su víctima lo miraba fijamente, pero la luz se reflejaba sobre sus gafas tintadas, ocultando sus ojos. Louvet se inclinó hacia adelante, como dispuesto a abalanzarse sobre él.

– Te acuso de haberte convertido en un objeto de idolatría, de permitir que la gente se refiriera a ti en tu presencia como el único hombre capaz de salvar a la nación, y de haberlo afirmado tú mismo. Te acuso de pretender alcanzar el poder supremo.

Cuando hubo terminado, o simplemente cuando se detuvo, los ocupantes de la Montaña empezaron a gritar de nuevo con redoblada intensidad. Danton se levantó de un salto y se dirigió hacia el pasillo como si se propusiera obligarles a callar con sus puños. Los amigos de Danton se pusieron inmediatamente en pie, mientras Fabre intentaba contener a su jefe con gesto teatral. Louvet abandonó la tribuna de oradores con la espalda encorvada y la cabeza gacha. Parecía consumido por una misteriosa enfermedad. Robespierre se levantó y se dirigió a la tribuna con paso ágil, indicando con su talante que no se proponía extenderse, y con voz fría pidió a la cámara tiempo para preparar su defensa. Danton se hubiera puesto a rugir, aterrorizándolos, a destrozar el lugar con sus propias manos, pero ése no era el estilo de Robespierre. Hizo una seña a Danton, una leve inclinación de cabeza, casi una reverencia, y abandonó la cámara. Un nutrido grupo de «montañeros» se congregaron a su alrededor, y su hermano Augustin le advirtió que los girondinos lo asesinarían.

– Éste es un mal momento -observó Legendre-. Francamente, no me lo esperaba.

Danton estaba muy pálido, lo que ponía de realce su grotesca cicatriz.

– Es una trampa -dijo.

– ¿Una trampa?

– Sí. Si golpean a Robespierre me golpean a mí, si lo arrastran a él me arrastran también a mí. Díselo a Brissot de mi parte.

Más tarde se lo comunicaron a Vergniaud.

– Yo no soy Brissot -respondió-. Ni siquiera soy un brissotino, al menos no me tengo por tal. Utilizáis ese término con excesiva generosidad. Sin embargo, reconozco que hemos sido duros con Danton. Nos molesta el poder que detenta en el ministerio, nos hemos metido con sus amigos. Algunos de nosotros hemos permitido que nuestras esposas hagan comentarios personales. Le hemos exigido que nos enseñe sus cuentas, lo cual, lógicamente, le pone nervioso. En resumen, nos hemos negado a doblegarnos ante él. Sin embargo, no creía que sintiera rencor hacia nosotros. Ha sido una peligrosa ingenuidad por mi parte. Pero estoy convencido de que, en privado, él y Robespierre sienten una profunda antipatía mutua. ¿Creéis que eso no tiene importancia? Os equivocáis. Al final ya se verá que tiene mucha importancia.

Aunque Louvet había alcanzado su gran momento estaba aterrado, recordando los aplausos del duque como una pesadilla. A fin de cuentas, tan sólo era Louvet, el novelista, un peso ligero, insignificante, la pequeña presa del poderoso tigre. Ahora sus amigos, los enemigos declarados de Robespierre, se preguntarían por qué le permitieron hacerlo. La Planicie había visto a Robespierre abandonar la tribuna, ocupar su escaño e imponer silencio por medio de una seña. Pero sólo yo, pensó Louvet, comprendí que antes de empezar ya había terminado, a los pies de la tribuna, hipnotizado por una mirada que hizo que sintiera un nudo en el estómago a pesar de las falsas sonrisas de aliento de esos judas.

– Nosotros lo consideramos nuestro hijo -dijo la señora Duplay.

– Pero el caso es que es mi hermano -replicó Charlotte Robespierre-, motivo por el cual mi petición prevalece sobre cualquier derecho que usted o su hija imaginen tener sobre él.

La señora Duplay -madre de tantos hijos- afirmaba comprender a las jóvenes. Comprendía a su tímida Victoire, a su seria y torpe Eléonore y a su bonita e ingenua Babette. También comprendía a Charlotte Robespierre. Pero no sabía qué hacer con ella.

Cuando Maximilien le informó que su hermano Augustin iba a trasladarse a París, le pidió consejo con respecto a su hermana. Al menos así lo entendió ella. Daba la impresión de que a Max le costaba hablar de su hermana.

– ¿Qué tipo de muchacha es? -le preguntó la señora Duplay con curiosidad. Max no solía hablar de su familia-. ¿Es tímida y reservada como tú? ¿Qué debo esperar?

– No demasiado -contestó él, con aire preocupado.

Maurice Duplay insistió en que tenían espacio de sobra para alojarlos a los dos. En efecto, había dos habitaciones sin amueblar, que nadie utilizaba.

– No podemos permitir que tu hermano y tu hermana se alojen en casa de unos extraños -dijo Maurice-. No, debemos permanecer todos juntos, como una familia unida.

Al fin llegó el día. Augustin les causó una excelente impresión. Parecía un muchacho agradable y responsable, pensó la señora Duplay, ansioso por reunirse con su hermano. La señora Duplay abrió los brazos para acoger como a una hija a la joven y dulce hermana de Max, pero Charlotte la saludó con una mirada fría como el hielo.

– Nos gustaría retirarnos a nuestras habitaciones -dijo Charlotte-. Estamos cansados.

La señora Duplay les acompañó a sus habitaciones, roja de ira. Aunque no era una mujer orgullosa ni exigente, estaba acostumbrada a que sus hijas y los empleados de su marido le mostraran el debido respeto. Charlotte había empleado con ella un tono reservado a las criadas.

– Aquí todo es muy sencillo -dijo-. La nuestra es una casa sencilla.

– Ya lo veo -replicó Charlotte.

El suelo de su habitación estaba pulido, las cortinas eran nuevas, la pequeña Babette había colocado unas flores en un jarrón. La señora Duplay cedió el paso a Charlotte.

– Si desea cualquier cosa, no dude en pedírmela.

Charlotte la miró como diciendo: «Lo que deseo es que te mueras.»

Maurice Duplay llenó su pipa y se concentró en el aroma del tabaco. Cuando el ciudadano Robespierre se encontraba en casa o era probable que llegara pronto a casa, el bueno del carpintero se abstenía de fumar, por respeto a sus patrióticos pulmones. A Augustin, sin embargo, no le importaba.

– Es tu hermana, por supuesto -dijo Duplay tras una pausa-. Y no puedo ni debo criticarla.

– No me importa -respondió Augustin-. Supongo que debo tratar de explicarte cómo es Charlotte. Max no lo hará jamás. Es demasiado buenazo. No le gusta pensar mal de la gente.

– ¿De veras? -preguntó Duplay, un tanto sorprendido ante ese comentario, que atribuyó a una fraternal ceguera. El ciudadano Robespierre era sin duda un hombre sincero, justo y ecuánime, pero la caridad no era su punto fuerte.

– No recuerdo cómo era nuestra madre -dijo Augustin-. Max sí la recuerda, pero no le gusta hablar de ella.

– No sabía que vuestra madre hubiera muerto.

Augustin lo miró perplejo.

– ¿Es que Max no os ha hablado de nuestra familia? -preguntó, sacudiendo la cabeza-. Qué raro.

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