La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– El ciudadano Camille me ha dicho que su célebre comentario indica que en el fondo se siente poderosamente atraída por el ministro, tal como él ha sospechado siempre.
– No alcanzo a comprender cómo puede adivinar mis sentimientos. Ni siquiera nos conocemos.
– Ya lo sé. ¿Por qué se niega usted a conocerlo?
– Porque no tendríamos nada que decirnos.
Manon había visto a la esposa de Camille Desmoulins en la Escuela de Equitación, y en la galería pública del Club de los Jacobinos. Parecía una muchacha complaciente, que según decían complacía a Danton. También decían que Camille lo sabía y lo toleraba…
Fabre observó el pequeño gesto despectivo que hizo Manon con la cabeza. Esa mujer debía tener una imaginación como una cloaca; ni siquiera nosotros especulamos en público sobre lo que hacen nuestros colegas en la cama.
¿Por qué tengo que soportar la presencia de ese hombre?, se preguntó Manon. Si tengo que comunicarme con Danton, ¿no podía haber escogido a otro mediador? Por lo visto, no. Pese a su temperamento extrovertido, Danton se fiaba de poca gente.
– Usted se lo pierde -dijo Fabre-. Se equivoca respecto a Camille; estoy seguro de que le caería mejor que yo. A propósito, Camille opina que las mujeres deberían haber votado en las elecciones.
Manon sacudió la cabeza y respondió:
– No estoy de acuerdo. La mayoría de las mujeres que conozco no saben nada de política. No razonan… -En realidad pensaba en las mujeres de Danton-. No tienen criterio propio, se dejan influir por sus maridos.
– O sus amantes.
– Tal vez en los círculos en los que se mueve usted…
– Transmitiré a Camille lo que me ha dicho.
– No se moleste. No tengo el menor deseo de entrar en una polémica con él.
– Se llevará un disgusto tremendo al saber la pobre opinión que tiene usted de él.
– ¿Me toma usted por tonta?
Fabre la miró perplejo, como solía hacer cuando había conseguido enojarla. La observaba atentamente, día tras día, calibrando su estado de ánimo y analizando las expresiones de su rostro.
Sí, era preciso guardar el secreto. Sin embargo, François-Léonard sentía la necesidad de ser sincero con ella.
– Ambos estamos casados, y comprendo que es imposible que tú… hagas algo que te deshonre…
– ¡Pero me siento tan a gusto contigo! -exclamó Manon-. Mi intuición me dice que esto no puede ser malo.
– ¿Tu intuición? -preguntó él, alarmado-. Manon, sabes perfectamente que no tenemos derecho a ser felices… es decir, debemos reflexionar sobre la naturaleza de la felicidad… No tenemos derecho a ser felices a costa del sufrimiento de otros.
Manon apoyó la mano en su hombro, pero no parecía convencida. Su rostro denotaba… ¿avidez, quizá?
– ¿Has leído la obra titulada Sobre el deber, de Cicerón? -preguntó él.
¿Que si había leído a Cicerón? ¿Que si era consciente de su deber?
– Sí -contestó Manon-. Me gusta mucho la lectura. Sé que las obligaciones pesan mucho, que nadie puede ser feliz a costa de los demás. ¿Crees acaso que no he reflexionado sobre nuestra situación?
– Confieso que te he subestimado -contestó François-Léonard.
– Tengo un defecto -dijo Manon, haciendo una breve pausa-. Soy demasiado sincera, no soporto la hipocresía, no soporto ese sentido de la educación que en ocasiones impide a la gente sincerarse… Debo hablar con Roland.
– ¿Hablar con tu marido? ¿Por qué?
Buena pregunta. Nada había sucedido entre ellos, al menos en el sentido que creían Danton y sus amigos. (Manon imaginó los pequeños pechos de Lucile Desmoulins estrujados entre los dedos de Danton.) Tan sólo la precipitada declaración de él y la precipitada respuesta de ella. Pero desde entonces, él apenas la había tocado, ni siquiera la mano.
– Querido -dijo Manon, agachando la cabeza-, esto trasciende la esfera de lo físico. Como es lógico, debo apoyar a Roland, vivimos en tiempos de crisis, soy su esposa, no puedo abandonarlo. Sin embargo, no puedo permitir que sospeche, que dude sobre la verdadera naturaleza de nuestra relación. Forma parte de mi carácter, debes comprenderlo.
Él la miró preocupado.
– Pero, Manon, no tienes nada que confesar a tu marido. No ha sucedido nada entre nosotros. Simplemente, hemos hablado de nuestros sentimientos…
– ¡Y te parece poco! Roland jamás me ha revelado sus sentimientos, pero los respeto. Sé que tiene sentimientos, como todo el mundo. Debo confesarle la verdad. Debo decirle: «He conocido a un hombre del que me he enamorado. Las cosas están así y así; no debo revelarte su nombre; nada ha ocurrido entre él y yo; sigo siendo fiel.» Él lo comprenderá. Comprenderá que no se puede luchar contra el amor.
Buzot bajó la vista.
– Eres implacable, Manon. Jamás he conocido a una mujer como tú.
No lo dudo, pensó ella.
– No puedo traicionar a Roland. No puedo abandonarlo. Quizá pienses que mi cuerpo ha sido creado para el placer. Pero el placer no es lo más importante.
Sin embargo, Manon no dejaba de pensar en las manos de Buzot, más bien robustas para un hombre tan pulcro y elegante. Sus pechos no son como los de la señora Desmoulins, sino unos pechos que han amamantado a un niño, unos pechos responsables.
– ¿De veras crees que es una buena idea contárselo? -preguntó Buzot-. ¿Crees que servirá de algo?
Temía haber enfocado este asunto equivocadamente. Pero, claro está, no tenía experiencia. En estos asuntos era virgen; y su esposa, con la que se había casado por su dinero, era mayor, y poco agraciada.
– Sí, sí, sí -dijo Fabre-. Te aseguro que existe un hombre. Resulta reconfortante descubrir que los demás son tan malos como nosotros.
– ¿No se trata de Louvet?
– No. Quizá Barbaroux.
– No. Tiene mala fama. Le gustan otro tipo de mujeres -dijo Camille-. Además, es demasiado tosco para atraer a la señora Roland.
– Me pregunto cómo se lo tomará el virtuoso Roland.
– A la edad de Manon… -contestó Camille con una mueca de disgusto-. Y con lo fea que es.
– ¿No te encuentras bien? -preguntó Manon a su marido, sin poder apenas disimular su enojo. Roland estaba sentado en un sillón, y su expresión reflejaba un intenso dolor físico.
– Lo siento -dijo Manon. Quería decir que lo sentía por él. No se sentía en la obligación de disculparse; simplemente le había expuesto la situación, para no tener que seguir fingiendo ni mantener unas absurdas apariencias.
Tras unos instantes de silencio, continuó:
– Espero que comprendas que no puedo revelarte su nombre.
Roland asintió.
– Porque entorpecería nuestro trabajo. Crearía obstáculos. Aunque somos personas razonables. -Manon aguardó unos momentos-. No soy capaz de reprimir sus emociones. Mi conducta, sin embargo, ha sido y seguirá siendo intachable.
Roland rompió al fin su silencio.
– ¿Cómo está Eudora, nuestra hija? -preguntó.
Manon se quedó de una pieza ante aquella salida.
– Sabes que está perfectamente atendida.
– Sí, ¿pero por qué no está aquí, junto a nosotros?
– Porque el ministerio no es un lugar adecuado para un niño.
– Los hijos de Danton viven en la Place des Piques.
– Sus hijos son muy pequeños, los cuidan unas nodrizas. Eudora es otra cuestión, tendría que atenderla personalmente, y en estos momentos estoy muy ocupada. Sabes que no es bonita y que no tiene talento, ¿qué haría con ella?
– Pero si sólo tiene doce años.
Manon observó que su marido tenía las manos crispadas. De pronto observó que estaba llorando, que unas gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas. No le gustaría que yo lo viera así, pensó, y salió de la habitación cerrando la puerta sigilosamente, como solía hacer cuando él estaba enfermo, cuando era su paciente y ella su enfermera.
Roland esperó a que sus pasos se desvanecieran. Luego soltó un profundo gemido, un gemido de dolor que más bien parecía el balido de un carnero. Durante unos minutos siguió sollozando y gimiendo, por él, por Eudora, por todas las personas que habían teñido la desgracia de interponerse en el camino de Manon.