La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Supongamos que un día Camille oía esa persistente e implacable voz, insistiendo en que Danton no era un hombre honesto. Tenía una respuesta preparada, no una respuesta lógica, pero infinitamente más eficaz. Cuestionar el patriotismo de Danton era poner en duda toda la Revolución. Un árbol se conoce por sus frutos, y el 10 de agosto había sido obra de Danton. En primer lugar, había creado la república de los cordeliers, y posteriormente la República Francesa. Si Danton no es un patriota, hemos actuado de forma inconcebiblemente negligente. Si Danton no es un patriota, tampoco lo somos nosotros. Si Danton no es un patriota, hay que rehacerlo todo desde mayo de 1789.
Era una reflexión capaz de agotar al mismo Robespierre.
Cuando la noticia de la victoria en Valmy llegó a París, la ciudad se puso a delirar de alivio y alegría. No fue hasta más tarde cuando algunos empezaron a preguntarse por qué los franceses no se habían aprovechado de su ventaja, persiguiendo a Brunswick y cortándole la retirada. La Convención Nacional, que se reunía por primera vez, proclamó oficialmente la República Francesa; era el mejor de los presagios. Dentro de poco no quedará un sólo enemigo en suelo francés, al menos ningún enemigo extranjero. Los generales avanzarán hacia Mainz, Worms, Frankfurt; Bélgica será ocupada, Inglaterra, Holanda y España intervendrán en la guerra. Con el tiempo se sucederán las derrotas, y las traiciones y conspiraciones serán duramente castigadas. A medida que disminuye el número de miembros de la Convención, a uno le parece ver todos los días en los desiertos escaños la figura de la Muerte, sonriendo, familiar, enérgica.
De momento el fenómeno más sorprendente de la Convención era la voz de Danton, que se dejaba oír todos los días, abordando todo tipo de asuntos, pero su arrogante potencia nunca dejaba de asombrarles. En lugar de sentarse en el escaño reservado a los ministros, ocupaba uno situado en la parte superior de la cámara, hacia la izquierda de la misma, junto con los otros diputados de París y los agresivos provincianos. Dichos escaños, y por extensión quienes los ocupaban, eran denominados la Montaña. Los girondinos, los brissotinos -o como quieran llamarlos- estaban instalados a la derecha, y entre ellos y la Montaña se extendía una zona llamada la Planicie, o la Ciénaga, de acuerdo con el carácter blando y timorato de quienes se sentaban allí. Ahora que la división era profunda y evidente, no había motivo para la discreción ni la moderación. Día tras día, Buzot difundía por la asfixiante e irrespirable cámara las sospechas que albergaba Manon Roland sobre París, ciudad tirana, parásita, necrópolis. A veces ella le observaba desde la galería destinada al público, aplaudiendo rígidamente. En público se comportaban como unos educados extraños; en privado, de forma más familiar pero no menos educadamente. Louvet llevaba en su bolsillo un discurso titulado Robespierricidio, que reservaba para el momento indicado.
El quid de la cuestión -septiembre, octubre, noviembre- era el intento por parte de los brissotinos de gobernar. Su ejército privado compuesto por 16.000 hombres llegados de las provincias, cantaba por las calles, exigiendo la sangre de los presuntos dictadores -Marat, Danton, Robespierre- a quienes denominaban el Triunvirato. El ministro de la Guerra se apresuró a facturar a ese ejército hacia el frente antes de que estallaran enconadas batallas en las calles; pero los frentes de batalla de la Convención no estaban dentro de su jurisdicción.
Marat estaba sentado solo, con las espaldas encorvadas, meditando, preocupado. Cuando se puso en pie para hablar, algunos brissotinos abandonaron precipitadamente la cámara, mientras otros se quedaron para contemplarlo despectivamente, murmurando entre sí; pero al cabo de un rato empezaron a prestar más atención a lo que decía, pues sus palabras les concernían personalmente. Hablaba con un brazo apoyado en la tribuna y la cabeza inclinada hacia atrás, subrayando sus comentarios con la demoníaca risa que había cultivado. Estaba enfermo, pero nadie conocía el nombre de su enfermedad.
Robespierre se lo encontró por los pasillos. Aunque lo conocía desde hacía muchos años, siempre había procurado rehuirlo. Existía el peligro de que si le veían hablando con Marat le acusaran de dictar sus escritos y alentar sus ambiciones. Sin embargo, uno no podía permitirse el lujo de ser demasiado rígido; dada la situación, era necesario apoyarse en los amigos. Desde ese punto de vista, podía decirse que la reunión había sido un fracaso, pues tan sólo había servido para poner de relieve la profunda división que separaba a los patriotas. El cuerpo de Robespierre, joven y compacto, mostraba una tensión felina dentro de sus ropas impecables; sus emociones, o las emociones que pudiera exhibir su rostro, estaban sepultadas con las víctimas de septiembre. Marat lo observaba al otro lado de una mesa, tosiendo, con un mugriento pañuelo envuelto alrededor de la cabeza. Hablaba a borbotones, con pasión, rojo de ira, golpeando la mesa con el puño.
– No me comprendes, Robespierre.
Robespierre lo miró fríamente, con la cabeza ligeramente ladeada.
– Es posible -contestó.
10 de octubre: habían transcurrido dos meses desde el golpe de Estado. Bajo la atenta mirada de Robespierre (hablaba allí todas las noches) el Club de los Jacobinos «se purgó» a sí mismo. Brissot y sus colegas fueron expulsados, arrojados del cuerpo del patriotismo como si fueran unos repugnantes humores. 19 de octubre: Roland habló ante la Convención. Sus partidarios le vitoreaban y aclamaban, pero el anciano parecía una marioneta de cuyos hilos tiraban los dedos del deber y la costumbre. A Robespierre, dijo, le gustaría que se repitiera la matanza de septiembre. Al oír pronunciar el nombre de Robespierre, la Gironda estalló en gritos y silbidos.
Robespierre se levantó de su escaño en la Montaña y se dirigió a la tribuna de oradores, con la cabeza agachada y expresión agresiva. Gaudet, un girondino que era presidente de la Convención, trató de impedir que hablara. De pronto se oyó la voz de Danton por encima de la algarabía:
– ¡Dejadle hablar! Y cuando haya terminado, exijo hablar yo. Ha llegado el momento de aclarar ciertas cosas.
Vergniaud [Con los ojos fijos en Danton]: Esto me lo temía…
Gaudet [Junto a él]: No te inquietes, llegaremos a un acuerdo con Danton.
Vergniaud: Hasta cierto punto.
Gaudet: Hasta que el dinero se agote.
Vergniaud: La cosa es algo más complicada, ¿es que no lo comprendes?
Gaudet: Robespierre está en el uso de la palabra.
Vergniaud: Como de costumbre. [Cierra los ojos, su pálido rostro adopta una expresión atenta.] Ese hombre no sabe expresarse.
Gaudet: Desde luego, no como te expresas tú.
Vergniaud: Le falta sentido del espectáculo.
Gaudet: Sin embargo, al pueblo le gusta su estilo.
Vergniaud: Oh, sí, el pueblo. El Pueblo.
Robespierre estaba más enojado que de costumbre. Le ofendía tener como oponente a Roland, ese imbécil cuya esposa era una zorra y el cual no dejaba de insistir obsesivamente en las cuentas del ministerio de Danton, aparte de sus insinuaciones y su afición a difundir rumores e infundios. Danton también los ha oído. A veces, su rostro refleja la rabia que le producen.
La voz de Robespierre, elevándose sobre los murmullos que llenaban la cámara, exhalaba desprecio:
– Ni uno de vosotros se atreve a acusarme directamente.
De pronto se hizo una pausa, un breve silencio para que la Gironda contemplara su cobardía.
– Yo os acuso.
Louvet se adelantó hacia la tribuna, mientras sacaba del bolsillo de la casaca las hojas del Robespierricidio.
– Ah, el pornógrafo -dijo Philippe Égalité.
La voz del duque rodó desde la cima de la Montaña entre las risotadas de sus colegas. Luego se hizo de nuevo el silencio.