La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Supusimos que se debía a rencillas familiares y no quisimos entrometernos.
– Nuestra madre falleció siendo yo niño. Mi padre se fue de casa. No sabemos si está vivo o muerto. En caso de que aún viva, me pregunto si sabe que Max se ha convertido en un personaje importante.
– Supongo que estará enterado, si vive en un lugar civilizado y sabe leer.
– Claro que sabe leer -contestó Augustin, que solía tomárselo todo al pie de la letra-. Me pregunto qué opinará de su carrera política. Nuestro abuelo nos crió a nosotros, los varones, y las chicas se fueron a vivir con nuestras tías. Hasta que nos trasladamos a París. Charlotte, por supuesto, no podía marcharse. Luego murió Henriette, nuestra hermana. Charlotte y Max se llevaban muy bien; creo que ella estaba un poco celosa. Charlotte era todavía una niña cuando tuvo que ocuparse de nosotros. Supongo que eso la obligó a madurar. No ha cumplido los treinta años. Aún podría casarse.
– ¿Cómo es que no se ha casado? -inquirió Duplay, dando una calada a la pipa.
– Un tipo la dejó plantada. Probablemente lo conoces, vive cerca de aquí. Es el diputado Fouché. ¿Lo recuerdas? Carece de pestañas y tiene un rostro verdoso.
– Supongo que se llevaría un disgusto tremendo.
– No creo que estuviera enamorada, pero como es lógico se sintió… Algunas personas nacen con mal carácter y utilizan la mala suerte que tienen en la vida como pretexto. Yo he estado tres veces a punto de casarme, pero mis novias no soportaban la idea de tener a Charlotte como cuñada. Nos ha convertido en el centro de su vida. No quiere que ninguna mujer se ocupe de nosotros y le haga sombra.
– Hummm. ¿Crees que ése es el motivo de que tu hermano no se haya casado?
– Lo ignoro. Ela tenido muchas oportunidades. Las mujeres se sienten atraídas por él. Pero quizá no le agrade la idea del matrimonio.
– Te recomiendo que no lo vayas diciendo por ahí -sugirió Duplay-. Se presta a equívocos.
– Quizá tema que todas las familias acaben como la nuestra. No superficialmente… sino a un nivel más profundo. Debería existir una ley contra las familias como la nuestra.
– En todo caso, son meras conjeturas y no deberíamos especular sobre lo que tu hermano piensa o deja de pensar. Es evidente que no le gusta hablar de ello. Muchos niños pierden a sus padres. Nos gustaría que nos considerarais vuestra familia.
– Estoy de acuerdo en que muchos niños pierden a sus padres, pero el problema es que no sabemos si nuestro padre está vivo o muerto. Resulta extraño pensar que quizás esté viviendo aquí mismo, en París, y se haya enterado de la carrera política de Max por los periódicos. ¿Y si aparece un día? Todo es posible. Quizá se presente un día en la Convención para vernos… Si me cruzara con él por la calle no lo reconocería. Cuando era niño confiaba en que regresara algún día, pero al mismo tiempo lo temía. Nuestro abuelo solía hablar con frecuencia de él, cuando estaba de mal humor. Decía: «Supongo que vuestro padre acabará convirtiéndose en un alcohólico», y cosas por el estilo. Todo el mundo nos observaba para ver si seguíamos sus pasos. La gente de Arras, los que no están de acuerdo con el giro que ha tomado la carrera de Max, suelen decir: «Su padre era un borracho y un mujeriego, y la madre tampoco era muy recomendable.» Aunque emplean palabras más fuertes.
– Debes tratar de olvidar todo eso, Augustin. Ahora estás en París, puedes rehacer tu vida. Espero que tu hermano se case con mi hija mayor. Le dará muchos hijos. -Augustin guardó silencio-. Lo importante es que Max cuenta con buenos amigos.
– ¿Lo crees así? Hace poco que he llegado a París, pero tengo la impresión de que tiene compañeros, colegas. Por supuesto que cuenta con numerosos seguidores, pero no lo apoya un grupo de amigos, como a Danton.
– Son muy distintos. En todo caso, cuenta con la amistad de los Desmoulins. El hijo de Camille es ahijado suyo.
– Suponiendo que sea hijo de Camille… Siento lástima de mi hermano, nada de lo que tiene es como aparenta.
– Poseo un marcado sentido del deber -dijo Charlotte-, lo cual, al parecer, no es corriente.
– Lo sé, Charlotte -contestó su hermano mayor, tratando de aplacarla-. ¿Qué es lo que no hago que según tú debería hacer?
– No deberías vivir aquí.
– ¿Por qué?
Max conocía un contundente motivo por el que no debería vivir allí, y probablemente su hermana también.
– Eres un hombre importante, un hombre grande. Debes comportarte de acuerdo con tus circunstancias. Las apariencias cuentan. Y mucho. Danton lo sabe perfectamente. Se comporta como si fuera el amo del mundo. A la gente le encanta. Hace poco que he llegado, pero no he tardado mucho en darme cuenta. Danton…
– Danton despilfarra el dinero, Charlotte. Y nadie sabe exactamente de dónde lo saca -respondió Max, insinuando que era preferible cambiar de tema.
– Danton posee estilo -insistió su hermana-. Dicen que no tiene reparos en sentarse en el sillón del Rey cuando el gabinete se reúne en las Tullerías.
– No lo dudo, suponiendo que quepa en él -respondió Max secamente-. Si dispusiera de una mesa que hubiera utilizado el Rey, apoyaría los pies en ella. Ciertas personas son más propensas a esas cosas que otras. Pero se crean muchos enemigos.
– ¿Desde cuándo te importa crearte enemigos? Que yo sepa, siempre te ha importado un comino. ¿Crees que la gente te admira por vivir en este cuchitril?
– No comprendo por qué le das tanta importancia. Aquí me siento cómodo. Tengo cuanto necesito.
– Estarías más cómodo si yo cuidara de ti.
– Querida Charlotte, siempre has cuidado de nosotros. ¿Por qué no te tomas un descanso?
– ¿En casa de otra mujer?
– Todas las casas pertenecen a alguien, y la mayoría de ellas están ocupadas por una mujer.
– Gozaríamos de mayor intimidad. Podríamos instalarnos en una vivienda cómoda y céntrica.
Eso resolvería muchos problemas, pensó Robespierre.
Su hermana lo observó atentamente, esperando que la contradijera. Max abrió la boca para responder, pero ella se apresuró a añadir:
– Existe otro motivo.
– ¿Cuál?
– Estas chicas, Maximilien. He visto cómo Augustin destrozaba su vida por culpa de las mujeres.
De modo que Charlotte lo sabía.
– ¿A qué te refieres?
– Hubiera terminado destrozando su vida de no ser por mí. Esa vieja se ha propuesto que te acuestes con sus hijas. No sé si lo ha conseguido; allá tú con tu conciencia. Esa mocosa, Elisabeth, mira a los hombres como si… No puedo describirlo. Si alguna vez se mete en un lío será culpa de ella, no del hombre.
– ¿De qué estás hablando, Charlotte? Babette es una niña. Jamás he oído a nadie decir nada contra ella.
– Pues ahora ya sabes lo que pienso. ¿Quieres que busque una vivienda?
– No. Prefiero quedarme aquí -contestó Robespierre-. No podría vivir contigo. Eres una mujer dura e inflexible.
Y estás loca de remate, se dijo para sus adentros.
5 de noviembre. La gente ha hecho cola toda la noche para ocupar un lugar en las galerías reservadas al público. Si esperan que el rostro de Robespierre refleje la crisis personal por la que atraviesa, se equivocan. Está acostumbrado a las calumnias. Parece que han pasado veinte años desde que abandonó Arras. Ya en los tiempos de los Estados Generales solían atacarlo despiadadamente. Debe de ser por mi carácter, pensaba Max.
Durante su discurso, se apresura a negar toda responsabilidad en los acontecimientos de septiembre, pero no condena explícitamente las matanzas. Se abstiene también de utilizar palabras excesivamente duras contra Roland y Buzot, como si no mereciera la pena ocuparse de ellos. Sostiene que lo sucedido el 10 de agosto fue ilegal, al igual que la toma de la Bastilla. ¿Cómo pueden justificarse esos actos en una revolución? En las revoluciones siempre se vulneran las leyes. No somos jueces sino legisladores de un nuevo mundo.