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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Nos gustaría que te reunieras con nosotros -insistió Claude-. Pero supongo que no puedes.

– No, en estos momentos estoy muy ocupado. Ese asunto con Louvet me ha hecho perder mucho tiempo.

Y tendrías que ir acompañado de Eléonore y de su madre como carabina de Eléonore, pensó Camille, y de Charlotte como carabina de la madre, y de Babette, que pondría el grito en el cielo si se lo impidieran, y de Victoire, porque no sería justo dejarla en casa.

– ¿Quieres que vaya yo? -preguntó a su suegro.

– Sí. A Lucile le vendrá bien un poco de aire fresco, y a ti descansar un poco.

– ¿Es una invitación formal? -inquirió Camille.

Claude sonrió débilmente.

– ¿Qué quieres hacer? -preguntó Camille.

– Caminar un rato para comprobar si la gente nos reconoce por la calle. ¿Sabes una cosa? Creo que en el fondo tu suegro te tiene afecto.

– ¿De veras?

– Se ha acostumbrado a ti. A su edad, a la gente le gusta tener a alguien de quien quejarse. No obstante, creo que…

– ¿Por qué quieres comprobar si la gente te reconoce por la calle?

– No sé, es una idea que se me ha ocurrido. He oído decir que soy vanidoso. ¿Crees que soy vanidoso?

– No, no es un término que utilizaría para describirte.

– Yo me tengo más bien por un hombre enigmático.

– ¿Enigmático? -Esto es el preludio a un ataque de timidez, pensó Camille. Robespierre no había conseguido acostumbrarse a la fama, y su modestia, si no le frenaban, solía convertirse en algo insoportable-. Lamento haber interrumpido tu concentración mientras pronunciabas el discurso.

– No tiene importancia. He aplastado a Louvet. Espero que a partir de ahora se lo piensen dos veces antes de atacarme. Tengo a la Convención… -dijo Robespierre, haciendo un significativo gesto con la mano-. Es maravilloso.

– Pareces muy cansado, Max.

– Supongo que lo estoy. Pero no importa. He conseguido lo que me proponía. En cambio tú tienes buen aspecto. Pareces pletórico de energía y vitalidad.

– Como dicen los amigos de Brissot, debe de ser la vida disipada que llevo. Me sienta bien.

Un hombre se detuvo para observarlos con curiosidad.

– No está seguro -dijo Camille-. ¿Te gustaría que la gente te reconociera?

– No -contestó Robespierre-. En realidad, quería hablar a solas contigo, sin que nos oiga nadie.

Su exuberancia empezaba a disiparse. Últimamente ofrecía un aire nervioso y preocupado.

– ¿Acaso crees que siempre te están espiando?

– Estoy convencido de ello. -Si vivieras con mi hermana Charlotte, no te cabría la menor duda, pensó Robespierre-. Te ruego que no te tomes tan a la ligera los periódicos de los brissotinos, Camille. Sabemos que escriben esos artículos para hacer daño, pero no les des pie para que se inventen cosas. Da mala espina, especialmente cuando la ciudadana Danton está indispuesta, que su marido apenas pare en casa, y que Danton y tú os paseéis por toda la ciudad acompañados de mujeres.

– Paso casi todas las noches con el comité de correspondencia de los jacobinos. Gabrielle no está indispuesta, sino en estado.

– Lo sé, pero cuando a principios de semana hablé con ella, tuve la impresión de que no se encontraba bien. Ella y Georges apenas van juntos a ninguna parte.

– Siempre están discutiendo.

– ¿Sobre qué?

– Sobre política.

– No pensaba que Gabrielle perteneciera a ese tipo de mujeres.

– No se trata de un argumento abstracto, sino de la forma en que vivimos.

– No quiero sermonearte, Camille, pero…

– Por supuesto que quieres.

– Abandona el vicio del juego. Procura que Danton también lo haga. Quédate en casa. Obliga a tu mujer a comportarse decorosamente. Si deseas tener una amante, elige a una mujer discreta, trata de que no os vea nadie.

– No quiero una amante.

– Mejor. Tu estilo de vida contradice nuestros ideales.

– Jamás he pretendido ser un modelo de esos ideales.

– Escucha…

– No, escúchame tú, Max. Desde que nos conocemos has tratado de evitar que me meta en líos. Pero al menos antes no te ponías pomposo. Hace unos meses no se te habría ocurrido decir que «mi estilo de vida contradice nuestros ideales». No le hubieras dado importancia. Tienes una gran capacidad para ignorar lo que no te interesa. Pero ahora te empeñas en sacar las cosas de quicio. Sin duda es por influencia de Saint-Just.

– ¿Por qué estás tan obsesionado con Saint-Just?

– Debo enfrentarme a él ahora, cuando puedo sacar algún provecho de ello. Ha dicho que yo era un peligro, lo cual me lleva a suponer que quiere deshacerse de mí.

– ¿Deshacerse de ti?

– Sí, eliminarme, obligarme a regresar a Guise, donde la sola mención de mi nombre no le cause una profunda indignación.

Los dos hombres se detuvieron y se miraron fijamente.

– No puedo ayudarte a resolver tus problemas personales -dijo Robespierre.

– Pero puedes abstenerte de tomar partido.

– No deseo tomar partido. No necesito hacerlo. Os respeto a los dos, personal y políticamente. ¿Te has fijado en lo sucias que están las calles?

– Sí. ¿Adónde vamos?

– ¿Quieres ir a saludar a mi hermana?

– ¿Estará Eléonore en casa?

– No, ha ido a clase de dibujo. Sé que no le caes bien.

– ¿Vas a casarte con ella?

– No lo sé. ¿Cómo puedo casarme con ella? Tiene celos de mis amigos, de mis ocupaciones.

– ¿No temes verte obligado a casarte con ella?

– Es posible.

– Mira… Da lo mismo.

Con frecuencia se sentía tentado de relatar a Robespierre lo que había sucedido entre Babette y él la mañana en que nació su hijo. Pero Max sentía gran afecto por la muchacha, confiaba en ella, y Camille decidió que era una crueldad abrirle los ojos. Por otra parte, corría el riesgo de que no le creyera. Además, ¿cómo podía contarle lo que ambos habían dicho y hecho de forma ecuánime e imparcial, sin ofrecer su propia interpretación, para que Max juzgara los hechos por sí mismo? Era imposible. En casa de los Duplay, Camille se mostraba siempre precavido y amable con todo el mundo, excepto con Eléonore. No obstante, no podía borrar el incidente de su mente. En cierta ocasión empezó a contárselo a Danton, pero enseguida abandonó el tema, temiendo que éste creyera que se lo había inventado y le tomara el pelo.

– … a veces creo que sería deseable que nadie pretendiera destacar sobre los demás, convertirse en héroe -siguió diciendo Robespierre-, en definitiva, ser más modestos. Toda la historia de la raza humana ha sido falseada, inventada por gobiernos nefastos, reyes y tiranos para aparecer bajo una luz más favorable. La idea de que la historia la han creado los grandes hombres es ridícula, si la contemplas desde el punto de vista del pueblo llano. Los verdaderos héroes son los que se han resistido a los tiranos, quienes no sólo asesinan a los que se oponen a ellos sino que pretenden borrar sus nombres de la historia, aniquilarlos, para impedir que se les resistan.

– Disculpe -dijo de pronto un extraño, deteniéndose-. ¿No es usted el ciudadano Robespierre?

– ¿Comprendes lo que quiero decir? -continuó Max, sin mirar siquiera al intruso-. No hay lugar para los héroes. La resistencia a los tiranos significa desaparecer de las páginas de la historia. Pues bien, estoy dispuesto a ello.

– Disculpe, ciudadano… -insistió el patriota.

– Sí, soy Robespierre -contestó Max secamente. Luego apoyó la mano en el brazo del ciudadano Desmoulins y añadió-: La historia es pura ficción, Camille.

Robespierre: Es difícil de explicar. Durante los dos primeros años en que asistí a la Escuela no es que fuera desgraciado, en cierto modo era feliz, pero me sentía marginado, encerrado en una celda, hasta que apareció Camille… ¿Crees que peco de sentimental?

Saint-Just: Sí.

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