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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Al cabo de un rato se quedó dormido. Al despertar, comprobó que Eléonore se había marchado. Mañana, pensó él, caminaría alegremente por la calle, sonriendo a todo el mundo, e iría a visitar a alguna amiga.

A lo largo de los días siguientes, Max se sintió presa de un sentimiento de culpabilidad. La segunda vez resultó más fácil, pero Eléonore nunca daba muestras de experimentar placer. Temía que si la joven se quedaba encinta tendrían que casarse apresuradamente. Quizá, pensó, después de que se haya reunido la Convención acudirán otras personas a visitarlos y Eléonore conocerá a un muchacho que se enamorará de ella; entonces yo me mostraré generoso y la liberaré de cualquier tipo de compromiso contraído conmigo.

Pero en el fondo sabía que eso no ocurriría. Nadie se enamoraría de ella. Se lo impediría la familia. Las personas que están casadas, pensó Max, pueden divorciarse. Pero lo único que puede liberarnos de este vínculo es el que uno de nosotros muera.

Camille estaba sentado ante su mesa de despacho, pensando en cosas irrelevantes. Recordó la noche que había pasado en la casa de su primo de Viefville, antes de ir a ver a Mirabeau. Había recibido la visita de Barnave, el cual le había hablado como si Camille fuera alguien digno de consideración. Le caía simpático ese Barnave. Actualmente estaba en la cárcel, acusado de conspirar con la Corte, cargo del que era culpable, por supuesto. Camille suspiró y se puso a dibujar unos barquitos en el margen de la inspirada carta que estaba escribiendo a los jacobinos de Marsella.

Los miembros de la Convención se habían reunido en París. Augustin Robespierre: no has cambiado nada, Camille. Y Antoine Saint-Just… tendría que mostrarse paciente con Saint-Just, reprimir el desastroso y absurdo antagonismo que sentía hacia él…

– Tengo la impresión de que alberga unos sentimientos inconfesables -dijo Camille a Danton.

Danton, obsesionado con la solidaridad, contestó con el severo tono de un letrado:

– Te recomiendo que intentes llevarte bien con él. Para suavizar las cosas y no disgustar a Maximilien. Le das mucho trabajo, siempre está tratando de ocultar tus indiscreciones.

– Estoy seguro que Saint-Just comete muchas más indiscreciones que yo.

– No lo creo.

– Y supongo que eso hará que todo el mundo le acoja con los brazos abiertos.

– Lo dudo -contestó Danton, echándose a reír-. Ese chico me alarma. Me irrita su actitud fría y distante.

– Quizá trate de congraciarse con nosotros.

– Hérault se sentirá celoso al comprobar que las mujeres dirigen su atención hacia él.

– No tiene motivos para preocuparse. A Saint-Just no le interesan las mujeres.

– Eso mismo solías decir de Saint Maximilien, y sin embargo sostiene una apasionada historia de amor con la encantadora Cornélia, ¿no es cierto?

– No lo sé.

– Yo sí.

De modo que eso era del dominio público, además de la supuesta infidelidad de la esposa de Roland y la situación en la Place de Piques. ¿Es que la gente no tiene nada más interesante de qué ocuparse?, pensó Camille.

Era posible que Danton abandonara pronto el cargo. Personalmente, se alegraría de ello. Sin embargo, los partidarios de Roland tratarían de convencer a éste de que permaneciera en el Ministerio del Interior, aunque había sido nombrado diputado de la Convención. Incluso después del escándalo sobre las joyas de la Corona, el viejo burócrata seguía en el candelero. Y si él permanecía en su cargo, ¿por qué no iba a hacerlo Danton, que era mucho más necesario para la nación?

No deseo permanecer aquí mucho tiempo, pensó Camille. Acabaría convirtiéndome en una especie de Claude. Tampoco deseo pronunciar discursos ante la Convención, no podrán oírme. Aunque en realidad, se dijo, no se trata de lo que yo desee hacer.

Lo que le preocupaba era el hecho de que Danton deseara abandonar el cargo. No había renunciado a sus sueños -a sus fantasías- de abandonar para siempre París. Una noche lo había encontrado sentado a la luz de las velas, examinando la escritura de su propiedad en Arcis, cada mojón, cada riachuelo, cada servidumbre de paso. Cuando alzó la cabeza, Camille observó en sus ojos la imagen de unas casitas campestres, prados, matorrales y arroyos.

– Ah, eres tú -dijo Danton, sobresaltándose-. Pensaba que era mi asesino. Me subleva pensar que los prusianos pudieran llegar aquí -añadió, señalando el documento.

De un tiempo a esta parte Fabre se mostraba escurridizo, pensó Camille. Nunca había sido un hombre franco y abierto. Si Fabre tenía que elegir entre el dinero y la fama revolucionaria… se negaría a elegir, continuaría reclamando ambas cosas.

– ¿Cómo debemos interpretar el robo de las joyas de la Corona? -preguntó Camille a Danton.

¿Qué debemos pensar… o qué debemos decir? Observó a Danton mientras éste trataba de asimilar la ambigüedad.

– Creo que debemos achacar la culpa a la torpeza de Roland.

– Sí, debió verificar el sistema de seguridad, ¿no es cierto? Fabre estuvo con la ciudadana Roland el día después de perpetrarse el robo. Llegó a las diez y media y regresó a la una. ¿Crees que la estuvo amonestando?

– ¿Cómo lo sabes?

Camille le dirigió una mirada divertida.

– Y cuando se despidió de la ciudadana Roland, ésta le dijo a su marido que el hombre que había robado las joyas de la Corona había ido a visitarla.

– ¿Cómo te has enterado de eso?

– Puede que me lo esté inventando. ¿Tú qué crees?

– Es posible -respondió Danton.

– No te fíes de Dumouriez.

– No. Robespierre está cansado de decírmelo.

– Robespierre no se equivoca nunca.

– Quizá debería ir al frente para entrevistarme con algunas personas y aclarar algunas cosas.

Cuando se apoderaban de él esos pastorales estados de ánimo, era como para echarse a temblar. Era un hombre muy vulnerable, aunque parezca extraño aplicarle ese término. Era vulnerable a Dumouriez y a los partidarios de los Borbones, quienes no cesaban de recordar sus promesas… «No hay de qué preocuparse. El señor Danton se ocupará de nosotros.»

Camille se apresuró a apartar este pensamiento de su mente, junto con un mechón que le caía sobre la frente, como si hubiera alguien en la habitación con él. Le parecía oír la voz de Robespierre, un frío día de primavera de 1790: «Una vez que tomas afecto a una persona, la razón queda anulada. Tomemos el ejemplo del conde Mirabeau, objetivamente. Su estilo de vida, sus palabras, sus actos me ponen inmediatamente en guardia. Es evidente que a ese hombre sólo le interesa su propia persona. ¿Por qué no puedes llegar tú también a esa conclusión? En otros aspectos no cedes ante tus sentimientos, cuando se trata de alcanzar tus ambiciones; por ejemplo, temes hablar en público, pero no dejas que ello te lo impida. Uno debe ser implacable con sus sentimientos.»

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