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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Por entonces Dolabela ya había caído en un auténtico sopor de estímulos sensuales, y su entendimiento se hallaba constantemente obnubilado por las infusiones de cantárida y otros afrodisiacos que Verres le procuraba, y era feliz dejando el gobierno de la provincia en manos de su primer legado y de su cuestor. Con la lógica prudencia de no tocar las obras de arte de Tarso, Verres se dispuso a vengarse de Maléolo.

Para ello planteó un tema muy querido por todos los romanos: hacer testamento.

– Registré el mio en las Vestales antes de marchar -dijo; a la luz de la vela su rostro cobraba aún mayor atractivo y su pelo ondulado parecía de oro-. Supongo, Maléolo, que tú harías igual.

– Pues no -respondió Maléolo, aturdido-. Confieso que no lo pensé.

– ¡Querido amigo, qué locura! -exclamó Verres-. Tan lejos de casa, puede sucederte cualquier cosa… piratas, una enfermedad, un naufragio. Acuérdate de Servilio Cepión que se ahogó cuando regresaba a Italia hace veinticinco años; era cuestor como tú -añadió, sirviendo vino perfumado en la preciosa copa plateada de Maléolo-. ¡Tienes que hacer testamento!

Y prosiguió la velada, Maléolo cada vez más borracho y Verres fingiendo que lo estaba. Cuando el primer legado pensó que el bobo cuestor de Dolabela se hallaba demasiado ebrio para darse cuenta de lo que firmaba, pidió papel y pluma, redactó lo que Cayo Publio Maléolo le dictaba y le ayudó a firmarlo y sellarlo. El testamento quedó debidamente guardado en un casillero del despacho de Maléolo y su autor se olvidó de él. Cuatro días más tarde moría de una misteriosa enfermedad que, finalmente, los físicos de Tarso dictaminaron como intoxicación alimenticia. Y Cayo Verres, al abrir el testamento, leyó encantado que su amigo el cuestor le dejaba cuanto poseía, incluido el preciado servicio de su familia.

– Lamentable. Una herencia muy apetecible, pero preferiría que el pobre Maléolo siguiera entre nosotros -comentó a Dolabela.

A pesar de la obnubilación causada por los afrodisiacos, Dolabela notó el tono hipócrita, pero se limitó a comentar lo difícil que iba a resultarle que Roma enviase otro cuestor cuanto antes.

– ¡No hay necesidad! -dijo Verres -. Yo fui cuestor de Carbón y lo hice tan bien que me mantuvieron en el cargo de procuestor cuando le enviaron de gobernador a la Galia itálica. Nómbrame procuestor.

Y así fue cómo los asuntos de Cilicia y los del erario público pasaron a manos de Cayo Verres.

Verres trabajó sin cesar todo el verano, aunque no por el bien de Cilicia, sino en beneficio propio, en particular con las actividades de prestamismo que había heredado de Maléolo. Pero el coleccionismo de arte quedó estancado. En aquella fase de su carrera Verres no tenía suficiente confianza para dedicarse a saquear las ciudades y los templos de Cilicia; y tampoco podía reanudar el saqueo de la provincia de Asia mientras siguiera Claudio Nerón de gobernador. La isla de Samos había enviado una airada delegación a Pérgamo para quejarse a Claudio Nerón del pillaje en el templo de Hera, y el gobernador les dijo entristecido que no estaba en su mano castigar ni sancionar al legado de otro gobernador, por lo que debían dirigir sus quejas al Senado de Roma.

A finales de septiembre Verres tuvo una idea genial que no perdió tiempo en llevar a la práctica. Tanto en Bitinia como en Tracia había abundancia de obras de arte, ¿por qué no incrementar su colección a costa de Tracia y Bitinia? Convenció a Dolabela para que le nombrase embajador con plenos poderes y le procurara cartas de presentación para el rey Nicomedes de Bitinia y el rey Sadala de la Odrisia Tracia. Y se puso en camino por tierra a primeros de octubre desde Ataleia hasta el Helesponto, una ruta con la que evitaba cruzar la provincia de Asia y que, de paso, podía procurarle algo de oro de los templos del camino y quizás obras de arte.

Era una embajada formada estrictamente por rufianes; Verres no quería ningún hombre honrado en su séquito. Hasta los seis lictores, a los que tenía derecho en su condición de embajador con categoría prepretoriana, eran hombres cuidadosamente escogidos para que le secundasen y fuesen cómplices de todas sus fechorías. Su principal ayudante era el funcionario de mayor antigüedad de Dolabela, un tal Marco Rubrio. Con él ya había tramado varias cosas, entre ellas procurar a Dolabela sus asquerosas mujeres. Los esclavos eran individuos fuertes, capaces de transportar las estatuas, e individuos menudos hábiles para deslizarse en cámaras cerradas; y llevaba escribas simplemente para registrar todo lo que robaba.

El viaje por tierra fue una decepción, ya que Pisidia y la región de Frigia que cruzaron ya habían sido saqueadas por los generales de Mitrídates nueve años antes. Pensó en efectuar un desvío hasta el Sangario para ver lo que podía encontrar en Pessinus, pero al final optó por dirigirse directamente a Lámpsaco en el Helesponto. Allí podría pedir un navío de guerra de la provincia de Asia para que le sirviera de escolta y navegar por la costa de Bitinia cargando cuanto encontrase y le gustase.

El Helesponto era una franja de tierra de nadie. En teoría pertenecía a la provincia de Asia, pero los montes de Misia lo aislaban del continente, y estaba más vinculado a Bitinia que a Pérgamo. Lámpsaco era el puerto principal del lado oriental, situado casi enfrente de la Calípolis tracia, el punto en donde los diversos ejércitos que cruzaban el estrecho hacían su primera etapa. Por ello, Lámpsaco bullía de actividad en su puerto, a pesar de que su mayor prosperidad era el abundante y excelente vino que se criaba en su entorno.

Aunque se hallaba bajo la autoridad del gobernador de la provincia de Asia, hacia tiempo que Lámpsaco gozaba de independencia, contentándose Roma con un tributo. Tenía -como toda localidad próspera del Mediterráneo- una colonia de mercaderes romanos, pero el gobierno y las mejores fortunas de Lámpsaco estaban en manos de los griegos foceos nativos, que no tenían la ciudadanía romana y eran simples socii o aliados.

Verres había explorado minuciosamente todas las localidades de posible interés durante su recorrido, y cuando su embajada llegó a Lámpsaco conocía perfectamente la condición de los ciudadanos más importantes. El grupo romano que irrumpió a caballo en el puerto causó un inmediato revuelo que casi degeneró en pánico; seis lictores precedían al personaje, al que acompañaban también veinte criados y una tropa de cien jinetes cilicios. Nadie había recibido aviso de su llegada y no se sabía a qué venían a Lámpsaco.

Aquel año el etnarca era un tal Janitor, y al saber que una gran embajada romana le esperaba en el ágora, se apresuró a ir allí con otros ancianos de la localidad.

– No sé cuánto tiempo me quedaré -dijo Cayo Verres imperioso pero nada arrogante, con todo su encanto-, pero necesito alojamiento para mis hombres.

Janitor respondió vacilante que era imposible encontrar una casa lo bastante grande para acomodarlos a todos, que él, naturalmente, ponía la suya a disposición del embajador, sus lictores y sus criados, y que a los demás los repartirían en diversos sitios. Luego presentó a los que le acompañaban, entre ellos Filodano, que había sido etnarca de Lámpsaco cuando la visita de Sila.

– Me han dicho -dijo en voz baja el funcionario Marco Rubrio a Verres, mientras les conducían a casa de Janitor- que el viejo Filodamo tiene una hija de belleza sin par, y tan virtuosa que no la saca de casa. Se llama Estratónice.

Verres no era Dolabela en lo referido a apetitos carnales, y, del mismo modo que las estatuas, le gustaban las mujeres puras y perfectas como galateas. Por consiguiente, cuando no estaba en Roma solía tener largos períodos de abstinencia sexual, ya que no se contentaba con mujeres de inferior condición, aunque fuesen cortesanas famosas como Praecia; él seguía soltero, con la intención de conseguir una esposa de irreprochable linaje y belleza sin par, una nueva Aurelia, pues con el viaje a Oriente pensaba afianzar su fortuna para poder negociar un matrimonio con alguna Cecilia Metela o Claudia Pulcra. Una Julia hubiera sido lo mejor, pero las Julias estaban todas comprometidas.

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