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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Entretanto, César había encontrado alojamiento en una modesta posada cercana al puerto. Era tan sucia como pobre, y en ella se hospedaban fundamentalmente marineros, pero era el único lugar que pudo hallar, pues la población sentía animosidad contra los romanos como él. De no haber hecho tanto frío, se hubiera contentado con acampar en algún lugar, y, de no ser por su querida independencia, habría podido encontrar acomodo en casa de algún compatriota, pero se conformó con el puerto. Cuando él y Burgundus fueron a dar un paseo antes de la lamentable cena que preveían les iban a servir, ya los pregoneros iban cantando que el juicio de Filodamo y Artemidoro se celebraría al día siguiente por la mañana en la plaza del mercado.

Llegada la hora, César no se apresuró; quería que todos estuvieran congregados en la plaza cuando él hiciera su espectacular aparición. Efectivamente, su llegada provocó un revuelo: un noble romano, senador y héroe, que nada tenía que ver con los romanos implicados. Ninguno de ellos le conocía de vista para saber de quién se trataba, y tanto más cuanto que César no vestía la laena y el apex, sino blanca toga con una túnica de franja ancha púrpura de senador en el hombro izquierdo y los zapatos marrones del cargo, y lucía una corona de hojas de roble, por lo que todos los romanos, incluidos los dos gobernadores, hubieron de ponerse en pie y aplaudir.

– Soy Cayo Julio César, sobrino de Lucio Cornelio Sila el dictador -dijo con toda naturalidad a Claudio Nerón, tendiéndole la mano derecha-. Iba de camino, he sabido del juicio y me he llegado por si necesitabas un jurado más.

El nombre hizo que todos supieran de quién se trataba, más por haber sido flamen dialis que por su acción en el sitio de Mitilene; aquellos hombres no estaban en Roma al regreso de Lúculo e ignoraban los detalles del asedio por boca del conquistador. No le aceptaron su propuesta de ser jurado, pero se acomodó en seguida en una silla traída a toda prisa para quien, además de héroe de guerra, era sobrino del dictador por matrimonio.

Se inició el juicio. No faltaban ciudadanos romanos para constituir el jurado, pues Dolabela y Claudio Nerón habían llevado numerosos suboficiales y una cohorte de soldados de Pérgamo, fimbrianos que de inmediato reconocieron a César y le vitorearon; otro de los motivos por los que a ninguno de los dos gobernadores les gustó su presencia en el juicio.

Aunque Verres era quien dirigía la acusación, ejerció de acusador un residente romano, un usurero que necesitaba a los lictores de Claudio Nerón para cobrar a los morosos, y que sabía muy bien que si no aceptaba aquel papel dejaría de contar con los lictores. Todos los griegos de Lámpsaco estaban en la plaza murmurando, lanzando miradas incendiarias y alzando a veces el puño, pero, a pesar de todo, ninguno se arriesgó a defender a Filodamo y Artemidoro, quienes se vieron obligados a efectuar su propia defensa en el marco de un sistema jurídico extranjero.

Era, pensó el impenetrable César, una farsa consumada. Claudio Nerón, el presidente del tribunal, no hizo esfuerzo alguno por dirigir el juicio, permaneció punto en boca y dejó que lo hiciesen Verres y Rubrio; Dolabela formaba parte del jurado y no cesó de hacer comentarios en voz alta a favor de Verres, del mismo modo que el propio Verres, también integrado en el jurado. Cuando los griegos comprendieron que no iban a dar a los acusados el tiempo debido para hacer su defensa, comenzaron a oírse protestas, pero había quinientos legionarios en la plaza que hubieran podido sofocar fácilmente cualquier disturbio.

Al llegar el momento del veredicto, el jurado pidió una repetición del juicio, como única manera de manifestar su desacuerdo con la forma para no suscitar la ira de Verres.

Y cuando éste oyó que se pedía una repetición, sintió pánico. Si Filodamo y Artemidoro no eran ajusticiados corría peligro de que le acusaran a él en Roma, secundados por una ciudad indignada y posiblemente con un senador romano, héroe de guerra, como testigo, pues estaba convencido de que Cayo Julio César no iba a secundarle; no es que el joven lo hubiese demostrado por miradas o comentarios, pero eso ya significaba de por sí que estaba en contra de él. Y era pariente de Sila, dictador de Roma. Además, podía suceder que Cayo Claudio Nerón recobrase valor si le juzgaban ante un tribunal de Roma, y cualquier alegación que él quisiera hacer sobre la conducta de aquél parecería un intento de denigrar a un testigo importante.

Que Claudio Nerón pensaba aproximadamente eso mismo se hizo evidente cuando anunció que el juicio se aplazaba hasta principios de verano, lo cual significaba que habría un nuevo gobernador en la provincia de Asia y otro también en Cilicia. A pesar de la muerte de un lictor romano, Filodamo y Artemidoro tenían buenas perspectivas de salvar la vida. Y si salvaban la vida, irían a Roma a querellarse contra él, pues, como había dicho Filodamo, dirigiéndose al jurado:

– Los socii sabemos que dependemos de Roma y que debemos responder ante el gobernador, sus legados y funcionarios, y a través de él ante el Senado del pueblo de Roma. Si no nos avenimos al gobierno de Roma, sabemos que habrá represalias y que muchos de nosotros padecerán. Pero ¿qué hemos de hacer los súbditos extranjeros de Roma cuando Roma consiente que un hombre de categoría no superior a la de ayudante de gobernador codicie a nuestras hijas y nos las quiera arrebatar con turbios propósitos? Mi hijo y yo no hemos hecho más que defender a su hermana, a mi hija, de la maldad. Nadie quiso que muriese un hombre, y no fue un griego quien dio el primer golpe. A mí me escaldaron con agua hirviendo en mi propia casa cuando trataba de impedir que los acompañantes de Cayo Verres causaran dolor y deshonra a mi hija. De no haber sido por la llegada de mi hijo con sus amigos, mi hija habría sido víctima de dolor y deshonra. Cayo Verres no se comportó como un individuo civilizado de un pueblo civilizado. Se comportó como el bárbaro que es.

El veredicto de repetición del juicio, dictaminado por un jurado compuesto exclusivamente por romanos, a quienes durante todo el proceso Dolabela y Verres habían conminado a dar veredicto de culpabilidad, envalentonó al público griego, que despidió a Claudio Nerón y al tribunal con gritos, silbidos, abucheos y gestos de ira.

– Di que se vuelve a celebrar mañana -dijo Verres a Claudio Nerón.

– A principios de verano -replicó Claudio Nerón con voz desmayada.

– No lo hagas si quieres ser cónsul, amigo mío -añadió Verres-. ¡Te hundiré con gran placer, no lo dudes! Lo que le he dicho a Dolabela, te lo digo a ti. Haz lo que te digo o apecha con las consecuencias. Si Filodamo y Artemidoro salvan la vida y me acusan en Roma, tendré que acusaros en Roma a ti y a Dolabela antes de que los griegos puedan llegar allí. Y te aseguro que conseguiré que os condenen por extorsión para que ninguno de los dos podáis testificar contra mí.

El juicio volvió a repetirse al día siguiente. Verres no durmió ocupado como estuvo en sobornar a los miembros del jurado sobornables y en amenazar a los que no lo eran; tampoco durmió Dolabela, obligado a acompañar a Verres.

La faena nocturna inclinó la balanza: por una exigua mayoría, el jurado declaró a Filodamo y Artemidoro culpables de la muerte de un lictor romano, y Claudio Nerón ordenó la inmediata aplicación de la pena. Mantenida a distancia por la cohorte de fimbrianos, la población griega contempló impotente cómo desnudaban y azotaban al padre y al hijo. El anciano estaba inconsciente cuando le decapitaron, pero Artemidoro conservó sus sentidos y derramó lagrimas no por su fin o el de su padre, sino por el destino de su pobre hermana.

Cuando todo hubo concluido, César se abrió paso audazmente entre la multitud de Lámpsaco, que lloraba desconsolada sin rencor. No quedaba ningún otro romano; escoltados por los fimbrias, Claudio Nerón y Dolabela estaban ya trasladando sus pertenencias al puerto. Pero César tenía un propósito; no le había costado mucho descubrir quiénes eran los hombres importantes entre la multitud, y con ellos quería hablar.

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