Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Comenzó a elegir las prendas más sencillas y oscuras de sus numerosas arcas de lujosas vestiduras. Dinero no tenía, pero disponía de magníficas alhajas. Metrobio debía de tener dinero de sobra; las joyas serían su dote, una reserva por si venían malos tiempos. ¡Cirenaica! El remanso dorado del orbe. ¡Qué maravilla!
El espectáculo de las exequias de Sila dejó reducido su triunfo a un hecho insignificante. Doscientas diez literas cargadas a más no poder de mirra, incienso, canela, bálsamo, nardo y otros productos aromáticos -obsequio de las mujeres romanas- desfilaron a hombros de porteadores vestidos de negro. Como el cadáver estaba tan encogido y momificado por la pérdida de sangre que era imposible exponerlo al pueblo, los escultores habían hecho una efigie del muerto con canela e incienso para colocarla en el féretro, precedida de la imagen de un lictor hecha con las mismas especias. Se exhibieron placas con escenas de su vida, con excepción de sus primeros treinta y tres años, y de los abominables últimos meses; en ellas se le veía representado ante las murallas de Nola recibiendo la Corona de Hierba de manos de un centurión; de pie, sereno ante un acobardado Mitrídates firmando el tratado de Dardania; ganando batallas, legislando, haciendo prisionero a Yugurta, ejecutando a los cautivos de las tropas de Carbón. En un vehículo especial se exhibían más de dos mil coronas y guirnaldas con que le habían obsequiado ciudades, tribus, reyes y países de todo el orbe. Sus antepasados vestidos de negro desfilaron en carruajes negro y oro, tirados por espléndidos corceles negros, y entre el· séquito de los deudos caminaban sus regordetes mellizos, Fausto y Fausta.
Fue un día caluroso y nublado, y la atmósfera era húmeda. El mayor cortejo funerario que jamás había tenido lugar en Roma, arrancó de la casa que daba al circo Máximo, descendió por el Velabrum hasta el Foro, donde Lúculo -potente y famoso orador- pronunció el elogio mortuorio desde los rostra, de pie junto al falso cadáver de canela e incienso, sentado en aquel féretro que guardaba en un compartimento oculto el auténtico y apergaminado despojo. Por segunda vez en tres años lloraba Roma por ver a los mellizos quedar huérfanos, y la multitud rompía en aplausos al decir Lúculo que Roma se constituía en tutora de los niños para que nada les faltase. De no haber sido porque el sentimiento alteraba los rostros llorosos, Roma se hubiera percatado de que en el fisico de Fausto y Fausta se notaba ya que iban a parecerse a su tío-abuelo materno, el temible y feo Quinto Cecilio Metelo Numidico, a quien su padre llamaba el Meneitos y había asesinado en un arrebato producido por el rechazo de Aurelia.
Como por arte de magia, siguió sin llover mientras el cortejo reanudaba la marcha, esta vez clivus Argentarius arriba, para cruzar la puerta Fontinalis tras la cual estaba la mansión que había sido de Cayo Mario, para descender a continuación hacia el campo de Marte. Tenían ya allí preparada la sepultura, suntuosamente aislada en la vía Lata y próxima a los terrenos en los que se reunía la asamblea centuriada. A la hora nona colocaron el féretro sobre una inmensa pira bien ventilada, intercalando entre haces y troncos la carga de las doscientas diez literas de especias. Nunca olería tan bien Sila como cuando, conforme a sus deseos, el fuego consumiera sus restos mortales.
Y en el momento en que las antorchas comenzaban a lamer con sus llamas la base de la pira, se levantó un fuerte viento y la pequeña montaña prendió con tal furia que los deudos tuvieron que apartarse, cubriéndose el rostro. Luego, cuando ya el fuego moría, comenzó a llover. Un aguacero tan fuerte que anegó y apagó las brasas tan pronto, que las cenizas de Sila pudieron recogerse momentos después para guardarlas en una exquisita urna de alabastro, adornada con oro y piedras preciosas. Lúculo prescindió del ánfora que Sila había dispuesto para que no las contaminase alguna partícula de Cayo Mario, pues no paraba de llover y no flotaba en el aire ni una mota de polvo.
La urna fue depositada cuidadosamente en aquella sepultura construida en cuatro días con mármoles policromados; un mausoleo redondo con columnas estriadas rematadas por el tipo de capitel de Corinto que Sila había traído y popularizado, consistente en delicados ramos de hojas de acanto. En una placa que daba a la vía grabaron su nombre y títulos, y bajo ella un simple epitafio, compuesto por él mismo:
EL MEJOR AMIGO Y EL PEOR ENEMIGO
– Bueno, me alegro de que todo haya concluido -dijo Lúculo a su hermano, mientras caminaban bajo el aguacero, calados hasta los huesos y temblando de frío.
Estaba preocupado: Valeria Mesala no había ido a Roma, y su hermano Rufo, sus primos el Negro y Metelo Nepote, y su tía-abuela, la ex vestal, comenzaban a hacer preguntas preocupantes, y Lúculo no había tenido más remedio que decirles que había enviado a buscarla a Misenum y que el enviado había regresado a toda velocidad a comunicarle que había desaparecido.
Transcurrió casi un mes hasta que Lúculo abandonó la desesperada búsqueda efectuada en unas cuantas millas a la redonda de la villa de Misenum y en todos los bosques y arboledas entre Neápolis y Sinuessa. La esposa de Sila se había esfumado. Igual que sus alhajas.
– Robada y asesinada -dijo Varrón Lúculo.
Su hermano (que tenía ciertas reservas incluso con él) no dijo nada. Tenía tanta suerte como Sila, pensó, pues el mismo día del funeral ya se le había ocurrido pensar el peligro que podía representar Valeria Mesala. Ella sabia muchas cosas de él, mientras que él no sabía nada de ella, y hubiera tenido que matarla. ¡Era providencial que alguien se le hubiese adelantado! La fortuna le favorecía.
La desaparición de Metrobio no le atañía lo más mínimo de habérsela planteado, cosa que no había hecho. En Roma había actores afeminados de sobras para cubrir la vacante. Le preocupaba mucho más el hecho de que ya no podría disfrutar sin freno de las niñas sin madre. ¡Cómo echaría de menos Misenum!
Quinta parte.
Esta vez César zarpó rumbo a Oriente. Eutico, el mayordomo de su madre (que en realidad era el suyo, aunque César jamás quisiera considerarlo así), blando y acostumbrado a la vida sedentaria, descubrió que viajar con Cayo Julio César no era una empresa de placer. En tierra -sobre todo cuando el camino era tan bueno como la vía Apia- hacía cuarenta millas al día, y el que no siguiera su paso, se quedaba atrás. Sólo el temor de disgustar a Aurelia hacía que Eutico continuara, en particular los primeros días, cuando sus piernas gordas y flojas y su cómodo trasero supieron lo que era el dolor.
– Tienes llagas de la silla -dijo César riendo, al encontrar al mayordomo llorando desconsolado en una posada próxima a Beneventum en la que se detuvieron.
– Lo malo es el dolor de piernas -dijo Eutico casi sollozando.
– ¡Claro! Cuando se monta a caballo son peso muerto y van colgando como dos talegos, sobre todo en tu caso, Eutico. ¡Cobra ánimo, cuando lleguemos a Brundisium las tendrás mucho mejor! Eso es la vida muelle de Roma.
La idea de llegar a Brundisium no levantó el ánimo del mayordomo, que volvió a romper a llorar ante la perspectiva de surcar el mar Jónico.
– César es imposible -dijo Burgundus sonriente, una vez que César se marchó después de ver que el alojamiento estaba limpio.
– ¡Es un monstruo! -gimoteó Eutico-. ¡Cuarenta millas diarias!
– Y tienes suerte. Esto no es más que el principio y no nos aprieta mucho. Por ti más que nada.