Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– ¡Quiero volver a Roma!
Burgundus alargó el brazo para darle una afectuosa palmada en la espalda.
– Sabes que a Roma no puedes volver, Eutico. Vamos, sécate la cara y procura caminar un poco. Es preferible sufrir con él que tener que aguantar a la madre. ¡Brrr! Además, no es tan insensible como crees. En este momento está encargando un buen baño caliente para tu dolorido trasero.
Eutico soportó el viaje por tierra; pero no estaba muy seguro de si aguantaría el viaje por mar. César con sus servidores tardó nueve días en recorrer los quinientos noventa kilómetros entre Roma y Brundisium, y allí el infatigable joven metió a sus acompañantes en un barco antes de que les diera tiempo a pedirle unos días de descanso. Alcanzaron la preciosa isla de Corcira, donde tomaron otro barco hasta Buzrotum, en el Epiro, y de allí fueron por tierra a través de la Acarnania y Delfos hasta Atenas. Aquello no era una vía romana, sino un sendero de cabras griego que bajaba y subía por las montañas y cruzaba bosques húmedos y resbaladizos.
– Es evidente que los ejércitos romanos no se trasladan por esta ruta -comentó César cuando ante sus ojos apareció el impresionante valle de Delfos, un vergel en medio de impresionantes montañas; pero antes de contemplarlo y admirarlo tenía que completar su razonamiento-. Lo recordaré; sí que podría pasar un ejército si lo animase una gran tenacidad. Y nadie lo pensaría.
A César le gustó Atenas y a Atenas le gustó César. A diferencia de sus compatriotas, no había solicitado alojamiento en ningún sitio a dueños de mansiones o fincas, y se contentaba con las posadas o un campo junto al camino donde no las había. En Atenas había encontrado un albergue bastante aceptable al pie de la Acrópolis, pero inmediatamente recibió recado de personarse en casa de Tito Pomponio Atico, a quien no conocía, aunque, como todos en Roma, conocía la historia del famoso desastre económico que Atico y Craso habían sufrido al año siguiente de la muerte de Mario.
– Insisto en que te alojes en mi casa -dijo el cortés cosmopolita, que (a pesar de sus torpezas financieras) sabía juzgar muy bien a las personas, y nada más ver a César se dio cuenta de que lo que los informes insinuaban no era ningún error: aquel joven estaba llamado a ser un hombre importante.
– Eres muy generoso, Tito Pomponio -respondió César con su encantadora sonrisa-, pero prefiero tener independencia.
– En Atenas la independencia no te proporcionará más que bazofia para comer y camas sucias -replicó Ático.
El fanático por la limpieza cambió radicalmente de idea.
– Bien, gracias, acepto. No traigo mucho séquito: dos libertos y cuatro criados, si es que puedes alojarlos.
– Hay sitio de sobra.
Y así se hizo. Y hubo banquetes y excursiones. César encontró tan abiertas las puertas de Atenas que pensó que requería una estancia más prolongada. Por mucha fama de epicúreo y amante del lujo que tuviese Atico, no era un hombre entregado a la molicie, y César tuvo ocasión de ascender a montes y acantilados de importancia histórica y de hacer buenas galopadas por la llanura de Maratón. Fueron a caballo a Corinto y a Tebas, visitaron las riberas pantanosas del lago Orcómenos, en el que Sila había ganado dos decisivas batallas contra Mitrídates, exploraron los senderos a través de los cuales había burlado Catón el Censor al enemigo en las Termópilas y el enemigo había cercado al reducto de Leónidas.
– «Caminante, ve a decir a Lacedemonia que sus hijos han muerto sin abandonar su puesto» -leyó César en la piedra que conmemoraba la gesta-. Todo el mundo conoce esta cita -añadió volviéndose hacia Atico-, pero en este lugar cobra un significado muy distinto a cuando se lee en un papel.
– ¿Te gustaría que se te recordase de igual modo, César?
El bello rostro oblongo se puso serio.
– ¡Jamás! Fue un gesto necio e inútil; un despilfarro de hombres valientes. A mí me recordarán, Atico, pero no por estupideces ni gestos inútiles. Leónidas era un rey espartano, y yo soy un patricio de la república romana. El único sentido que cobró su vida fue por el modo de perderla. Mi vida se significará por lo que haga en ella. No importa como muera, con tal de que muera como un romano.
– Te creo.
Como era un intelectual y un hombre muy instruido, César encontró que tenía mucho en común con Atico, hombre de gustos intelectuales y eclécticos. Vieron que tenían predilecciones comunes en literatura y arte, y pasaban horas enteras absortos leyendo una comedia de Menandro o contemplando una estatua de Fidias.
– Por el contrario, en Grecia quedan muy pocas buenas pinturas -dijo Atico, meneando la cabeza entristecido-. Lo que no se llevó Mumio a Roma tras el saqueo de Corinto -¡y no digamos Emilio Paulo después de Pidna!- ha desaparecido desde entonces. Para ver las mejores pinturas del mundo uno tiene que ir a casa de Marco Livio Druso en Roma.
– Ahora creo que es de Craso.
Atico torció el gesto; no le gustaba Craso, pese a que habían sido colegas especuladores.
– Y probablemente las tiene amontonadas entre polvo en el sótano, en donde estarán hasta que alguien le insinúe que valen más que esclavos vendidos con certificado o las insulae adquiridas a precio de rebaja.
– Atico, amigo mío -dijo César sonriente-, no todos podemos ser hombres cultos y refinados. Craso tiene su sitio.
– ¡En mi casa no!
– Tú no estás casado -dijo César hacia el final de su estancia en Atenas. El se imaginaba por qué Atico había evitado los lazos del matrimonio, pero tal como se lo había dicho no era una afirmación ofensiva porque no implicaba una respuesta explicativa.
El rostro alargado, delgado y austero de Atico se contrajo en una mueca de disgusto.
– No, César. Ni pienso casarme.
– Yo, por el contrario, llevo casado desde los trece años, y con una niña que aún no tiene edad para compartir mi lecho. Qué extraño es el destino.
– Y lo más extraño es que sea la hija de Cinna y que no te hayas divorciado ni por Júpiter Optimus Máximus.
– Ni por Sila, querrás decir -replicó César riendo-. Fui muy afortunado; pude escapar de la trampa de Cayo Mario gracias a Sila y dejé de ser flamen dialis.
– Hablando de matrimonios, ¿conoces a Marco Tulio Cicerón? -inquirió Atico.
– No, pero he oído hablar de él, por supuesto.
– Deberíais llevaros bien, pero temo que no sea así -dijo Atico pensativo-. Cicerón es muy susceptible en cuanto a su capacidad intelectual, y no le gusta tener rivales. Y tú quizá seas superior intelectualmente.
– ¿Y qué tiene eso que ver con el matrimonio?
– Es que acabo de encontrarle esposa.
– Estupendo -comentó César sin el menor interés.
– Terencia, la hermana adoptiva de Varrón Lúculo.
– Una mujer horrenda, según tengo entendido.
– Cierto; pero socialmente mejor de lo que él habría podido aspirar.
César pensó que cuando el anfitrión cae en una conversación insustancial ha llegado el momento de despedirse. Atico sabría de quién era la culpa. Le daba la impresión de que las preferencias sexuales de aquel plutócrata romano, exiliado voluntario, iban hacia los muchachos, lo que a él le imponía una reserva generalmente ausente en su carácter extrovertido. Lástima. De no ser por ello, con aquel primer encuentro se habría consolidado una buena amistad.
Desde Atenas César tomó la carretera militar construida por Roma hacia el norte de Atica, cruzando Beocia y Tesalia y el paso de Tempe, con un ocasional saludo a Zeus mientras veían, a lo lejos y al implacable ritmo impuesto por él, el monte Olimpo. En Dium el grupo volvió a embarcarse y fue de isla en isla hasta el Helesponto. De allí a Nicomedia les quedaba un viaje de tres jornadas.
La recepción en el palacio de Nicomedia fue esplendorosa. El anciano rey y la reina casi habían perdido la esperanza de volver a verle, y más aún al haberles llegado noticia de Mitilene de que César había regresado a Roma con Termo y Lúculo. Pero fue el perro Sila quien mejor expresó la alegría que causaba la llegada de César, pues el animal se dedicó a correr por palacio ladrando enloquecido, daba saltos ante el visitante y corría entre los reyes y César constantemente, dejando reducidos a la insignificancia los regios cumplidos de la pareja.