Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Un hombre menos arrogante que Cayo Verres habría marchado de la indignada ciudad focea a la primera oportunidad, pero Cayo Verres no tenía la menor intención de correr; se sentó tranquilamente y escribió a Cayo Claudio Nerón, gobernador de la provincia de Asia, decidido a no dejarse apabullar por un par de mugrientos griegos asiáticos.
«Exijo que te persones en el acto en Lámpsaco y juzgues a los dos socii Filodamo y Artemidoro por homicidio del primer lictor de un embajador romano», decía la carta.
Pero por muy rápido que llegara la carta a Pérgamo, más rápido llegó el detallado informe que Publio Tetio y Cayo Terencio Varrón cursaron al gobernador.
«No pienso ir a Lámpsaco. Conozco la versión auténtica por mi legado Cayo Terencio Varrón, que es de condición muy superior a la tuya. Es una lástima que no murieras asado. Eres, como tu propio nombre indica, un cerdo», fue la respuesta de Claudio Nerón.
La rabia con que Verres escribió su siguiente misiva dotó de veneno y fuerza a su pluma; ésta era para Dolabela, en Tarso, a donde llegó en siete días, llevada por un soldado aterrado por las amenazas de Verres si no era capaz de matar por obtener caballo de refresco cada pocas horas.
«Sal ahora mismo para Pérgamo a toda velocidad», decía Verres a su superior, prescindiendo de todo formalismo y respeto. «Y lleva a Claudio Nerón a Lámpsaco sin dilación para que juzgue y ejecute a dos socii que asesinaron a mi primer lictor. Si no lo haces hablaré en Roma de ciertos desenfrenos y drogas. Y lo digo en serio, Dolabela. Y dile a Claudio Nerón que si no viene a Lámpsaco y declara culpables a los fellatores griegos, le acusaré también de actos sórdidos. Y haré que los cargos se sustancien, Dolabela, no creas que hablo en broma. Aunque me cueste la vida haré que prosperen los cargos.»
Cuando la noticia de los acontecimientos de Lámpsaco llegó a la corte del rey Nicomedes, el asunto se hallaba en punto muerto: Cayo Verres seguía viviendo en casa de Janitor y andaba tranquilamente por la ciudad, a Janitor le había dicho que comunicase a los ancianos de la ciudad que él se quedaba y que Claudio Nerón vendría de Pérgamo para juzgar al padre y al hijo.
– Ojalá pudiese hacer algo -dijo el preocupado rey a César.
– Lámpsaco pertenece a la provincia de Asia, no a Bitinia -añadió César- y cualquier cosa que hagas habrá de ser de índole diplomática, y no creo que sirviera de ayuda a esos dos pobres socii.
– Cayo Verres es un verdadero buitre, César. A primeros de año saqueó los tesoros de todos los templos de la provincia de Asia, y luego robó el Harpista de Aspendos y el manto de oro de la Artemisa de Pergas.
– Para granjearse las simpatías de las provincias -comentó César con desdén.
– Todo corre peligro por donde él pasa… hasta las hijas virtuosas de importantes socii griegos.
– ¿Y además, qué hace Verres en Lámpsaco?
– ¡Viene a verme, César! -respondió Nicomedes tembloroso-. Trae cartas de presentación para mí y para el rey Sadala de Tracia… el gobernador Dolabela le ha concedido categoría de embajador, pero me imagino que lo que se propone es robar esculturas y pinturas.
– No se atreverá estando yo aquí, Nicomedes -dijo César.
– Eso es lo que iba yo a decir -añadió el rey con el rostro iluminado-. ¿Irías como embajador mío a Lámpsaco para que Cayo Claudio Nerón comprenda que Bitinia se interesa por este asunto? Yo en persona no me atrevo a ir porque parecería una coacción armada, aunque fuese sin escolta militar. Mis tropas están mucho más cerca de Lámpsaco que las de la provincia de Asia.
César vio las dificultades que iba a plantearle el asunto antes de que Nicomedes terminase de hablar. Si iba a Lámpsaco para observar los sucesos en nombre del rey de Bitinia, toda Roma supondría que tenía relaciones íntimas con él. ¿Pero cómo negarse a sus deseos? Era una demanda bien razonable.
– No debe parecer que actúo en tu nombre -replicó muy serio-. La suerte de los dos socii está totalmente en manos del gobernador de la provincia de Asia, al que no agradará la presencia de un privatus romano de veinte años que diga que es enviado oficial del rey de Bitinia.
– Pero es que necesito saber lo que suceda en Lámpsaco de boca de alguien lo bastante distanciado para no exagerar los hechos, y al mismo tiempo lo bastante romano para no ponerse automáticamente del lado de los griegos -protestó Nicomedes.
– No he dicho que no vaya a ir. Iré; pero como un simple privatus romano… alguien que está cerca por casualidad y que acude allí por curiosidad. De ese modo no se verá la mano de Bitinia y podré darte un informe detallado a mi regreso. Luego, si lo consideras necesario, puedes dirigir una protesta oficial al Senado de Roma y yo testificaré.
César partió al día siguiente por tierra, con la sola compañía de Burgundus y cuatro criados, como si cabalgara sin rumbo fijo. Aunque llevaba una coraza de cuero con la correspondiente faldilla, que era el atavío que usaba para montar a caballo, había empaquetado toga, túnica y zapatos senatoriales, y llevaba al esclavo que le hacía las coronas cívicas con hojas de roble. No quería presentarse en nombre del rey de Bitinia, pero sí iba a hacer ostentación de su persona como romano.
Eran los últimos días de diciembre cuando llegó a Lámpsaco por la misma carretera que Verres, y entró sin que advirtieran su presencia, ya que la ciudad entera se había congregado en el puerto para ver cómo atracaba la considerable flota de Claudio Nerón y Dolabela. Ninguno de los dos gobernadores estaba de buen humor; Dolabela porque se veía inexorablemente en manos de Verres, y Claudio Nerón porque las perturbadoras actividades de Dolabela amenazaban también a su persona. Sus rostros adustos no cobraron precisamente ánimo cuando les informaron que no había alojamiento conveniente, ya que en casa de Janitor seguía Verres y la única otra mansión adecuada de la ciudad era la de Filodamo, el acusado. Publio Tetio solventó el problema haciendo salir a un colega de su establecimiento y ofreciéndoselo a los dos gobernadores.
Cuando Claudio Nerón recibió a Verres (que ya le esperaba en el alojamiento asignado al gobernador), supo que era él quien había de presidir el tribunal y aceptar a Verres como acusación, testigo, miembro del jurado y embajador con categoría prepretoriana inalterada por los acontecimientos.
– ¡Absurdo! -exclamó en la entrevista sostenida con Dolabela, Publio Tetio y el legado Cayo Terencio Varrón.
– ¿Qué quieres decir? -inquirió Verres.
– La justicia romana es ejemplar, y lo que tú propones es una farsa. ¡Yo he desempeñado bien mi cargo en la provincia, y, según lo previsto, es muy posible que me reemplace¡¡ en primavera! Y lo mismo puede decirse de tu superior, Cneo Dolabela, aunque no puedo hablar por él -replicó Claudio Nerón, dirigiendo una mirada a Dolabela que éste eludió-. Pero en lo que a mí atañe, pienso dejar la provincia con fama de haber sido uno de los mejores gobernadores. Y este juicio será seguramente el último importante que presida, por lo cual no voy a consentir que sea una farsa.
El rostro amable de Verres se trocó en pedernal.
– ¡Quiero que se les condene rápidamente! -exclamó-. ¡Quiero que esos dos socii griegos sean azotados y decapitados! Han asesinado a un lictor romano en acto de servicio, y si no se les castiga la autoridad de Roma mermará aún más en una provincia que sigue anhelando que la gobierne el rey Mitrídates.
Era un buen argumento, pero no fue la razón por la que Claudio Nerón acabó por ceder; cedió porque no tenía la entereza para resistir cara a cara a Verres. Con excepción de Publio Tetio y su huésped Cayo Terencio Varrón, Verres había logrado ganarse a la colonia romana de Lámpsaco, soliviantándola agriamente en contra de la ciudad: se trataba de una venganza de romanos contra griegos. Claudio Nerón fue incapaz de resistir las presiones.