Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Así pues, hacía meses que Verres no sentía una conmoción sensual, ni pensaba hallarla en Lámpsaco. Pero Rubrio había sabido descubrir su debilidad -obras de arte aparte- y, en cuanto llegaron, había comenzado a indagar, y por comentarios se había enterado de que Filodamo tenía una hija tan bella como Afrodita.
– Entérate de algo más -dijo Verres secamente, luciendo la más falsa sonrisa al entrar en casa de Janitor, donde le aguardaba el etnarca en persona para recibirle.
Rubrio asintió con la cabeza y se alejó con los esclavos para instalarse en una casa más modesta, como correspondía a su condición de funcionario de segunda.
Después de almorzar, aquella misma tarde Rubrio volvió a presentarse en casa de Janitor para ver a Verres.
– ¿Os encontráis cómodo? -inquirió.
– Más o menos. No es una villa romana, desde luego. Lástima que ninguno de los ciudadanos romanos de aquí sea acaudalado. ¡No me gusta convivir con los griegos! Son muy simples para mi gusto. Este Janitor no come más que pescado, ¡ni un huevo ni un ave! Eso sí: el vino es excelente. ¿Has averiguado algo de esa Estratónice?
– Con gran dificultad, Cayo Verres. Parece ser que es un dechado de virtudes, aunque tal vez sea porque su padre y su hermano la tienen encerrada como Tigranes a sus mujeres en el harén.
– Pues tendré que ir a cenar a casa de Filodamo.
Rubrio meneó la cabeza enérgicamente.
– Me temo que no lograréis verla, Cayo Verres. Esta ciudad es de acendradas costumbres griegas, y las mujeres de una casa no se dejan ver por los invitados.
Las dos cabezas -dorada y canosa- se juntaron, y la conversación prosiguió en voz baja.
– Mi ayudante Marco Rubrio -dijo Verres a Janitor, una vez aquél hubo marchado- no está bien alojado. Quiero que le busquéis un sitio mejor. Según me has dicho, el de más categoría después de ti es un tal Filodamo. Haz el favor de que mañana por la mañana Marco Rubrio se traslade a casa de Filodamo.
– ¡Yo no alojo a ese gusano! -gritó Filodamo a Janitor cuando éste le dijo lo que quería Verres-. ¿Quién es ese Marco Rubrio? ¡Un mugriento funcionario romano! ¡En mis tiempos he albergado a cónsules y a pretores, y hasta al gran Lucio Cornelio Sila cuando cruzó el Helesponto la última vez! A decir verdad, nunca he dado alojamiento a nadie tan poco importante como Cayo Verres. ¿Quién es él al fin y al cabo, Janitor? ¡Un simple ayudante del gobernador de Cilicia!
– ¡Por favor, Filodamo, te lo ruego! -suplicó Janitor-. ¡Hazlo por mí! ¡Por nuestra ciudad! Este Cayo Verres es una mala persona; lo noto. Y trae cien soldados a caballo. En toda la ciudad no hallaríamos ni la mitad de una tropa asi.
Filodamo tuvo que ceder y Rubrio se trasladó a su casa. Pero el anciano vio en seguida que había sido un error ceder. Apenas había entrado Rubrio en la casa cuando ya estaba pidiendo ver a la famosa hija, y como no se lo concedieran, se puso a fisgar por todas partes buscándola; y como no lo lograse, llamó a Filodamo a su presencia como si fuese un criado.
– Esta noche darás una cena en honor de Cayo Verres y servirás algo más que simples platos de pescado. El pescado aquí es muy bueno, pero hay que comer otras cosas. Quiero cordero, pollo, otras aves, muchos huevos y el mejor vino.
Filodamo se contuvo.
– Pero me ha costado -comentó a su hijo Artemidoro.
– Todo esto es por Estratonice -comentó el joven, furioso.
– Eso creo yo, pero me han colocado con tal rapidez a esta bestia de Rubrio que no he tenido tiempo de sacarla de casa. Y ahora es imposible, porque hay romanos rondando por la puerta de delante y por la de atrás.
Artemidoro quería estar presente en el banquete de Verres, pero su padre, viendo su rostro borrascoso, comprendió que sería peor y, tras mucho discutir, el joven accedió a comer en otro sitio. En cuanto a Estratónice, lo único que pudieron hacer fue encerrarla en su habitación, dejándola en compañía de fuertes criados.
Cayo Verres se presentó con sus seis lictores, que quedaron de guardia frente a la casa, y a otros soldados les encomendó la vigilancia de la puerta trasera. En cuanto el embajador romano estuvo cómodamente instalado en su camilla, pidió a Filodamo que trajera a su hija.
– No puedo hacer eso, Cayo Verres -dijo el anciano, hierático-. Estamos en una ciudad focea y nuestras mujeres nunca comparecen en una habitación con extranjeros.
– No te pido que coma con nosotros, Filodamo -replicó Verres sin alterarse -, sólo quiero ver a ese dechado de beldad del que habla toda la ciudad.
– Pues no sé por qué lo hacen, ya que nunca la han visto -contestó Filodamo.
– Será por lo que cuentan los criados. ¡Vamos, viejo, muéstrala!
– No puedo, Cayo Verres.
Había cinco huéspedes más, Rubrio y cuatro funcionarios, quienes, nada más negarse Filodamo a enseñarla, pidieron verla a voces, y cuanto más se negaba el anciano más gritaban ellos.
Al llegar el primer plato, Filodamo aprovechó para salir del comedor y enviar a un criado a buscar a Artemidoro a la casa en que estaba comiendo, pidiéndole que viniera en su ayuda, y regresó al comedor nada más partir el sirviente para persistir en su negativa a los romanos de enseñar a su hija. Entonces, Rubrio y otros dos se levantaron para empezar a buscarla, y fue cuando el anciano se interpuso en su camino. Junto a la puerta había dispuesto un brasero con un jarro de agua hirviendo para verterla en cuencos en los que se introducían los otros más pequeños con la comida, compensando así el calor que hubiera podido perder desde la cocina, Y fue el jarro lo que cogió Rubrio para verter agua hirviendo en la cabeza del anciano ante el espanto de los criados, que huyeron mientras los gritos de Filodamo se mezclaban a los chillidos y risas de los romanos, que ya se levantaban para ir en busca de Estratónice.
Por encima del barullo se oyó el estruendo de la llegada de Artemidoro con veinte amigos, que veían impedida la entrada en la casa por la guardia de lictores. El prefecto de la decuria, un tal Cornelio, tenía plena confianza en la capacidad disuasoria de los lictores y no se le había ocurrido que Artemidoro y sus amigos recurriesen a la fuerza para apartarlos de la puerta; y quizá no lo hubieran hecho de no haberse oído los gritos aterradores del padre escaldado. Fue por eso por lo que los de Lámpsaco irrumpieron en masa, causando pequeñas contusiones a los lictores, pero Cornelio murió desnucado.
Los romanos se dispersaron al entrar Artemidoro con sus amigos en el comedor, porra en mano con ganas de matar, pero Cayo Verres no era cobarde y, apartándolos con desdén, abandonó la casa seguido de Rubrio y los otros funcionarios y se encontró con el lictor muerto en la calle, rodeado de sus cinco atemorizados compañeros. El embajador les empujó calle abajo, llevando el cadáver desmadejado de Cornelio.
Por entonces ya comenzaba a organizarse un revuelo en la ciudad, y el propio Janitor salió de su casa; el corazón se le encogió al ver lo que traían los romanos, pero les dejó entrar y atrancó prudentemente la puerta. Artemidoro se había quedado para atender las heridas de su padre, pero dos de sus amigos encabezaron a los demás que se dirigieron a la plaza de la ciudad, llamando a los varones por el camino. Los griegos estaban hartos de Cayo Verres, y ni un caluroso discurso disuasorio de Publio Tetio (el colono romano más importante de Lámpsaco) sirvió de nada. Apartaron a Tetio y a su huésped Cayo Terencio y se dirigieron a casa de Janitor dispuestos a vengarse.
Llegados a ella, pidieron que les abrieran, pero Janitor se negó; tras lo cual, embistieron la puerta con un improvisado ariete sin lograr sus propósitos. Y fue entonces cuando decidieron incendiarla. Arrimaron a la puerta leña y troncos, y los prendieron; sólo la llegada de Publio Tetio, Cayo Terencio Varrón y otros colonos romanos impidió la catástrofe, pues con sus insistentes ruegos pudieron calmar a los exaltados, convenciéndoles de que la inmolación de un embajador romano sería peor que la violación de Estratónice. Y así apagaron el fuego (que había comenzado a hacer mella en la parte delantera) y se marcharon todos.