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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Una suerte, pensó eufórico Verres. ¡Tenía el favor de la Fortuna! No había muchos como Dolabela el joven, ni solían llegar tan alto. De no haber sido Dolabela el viejo una buena ayuda militar para Sila, el joven jamás habría obtenido el pretorado y el gobierno de una provincia, cargos a los que se había apegado como una lapa; pero el joven Dolabela vivía constantemente atemorizado, y, al mostrarse Verres tan simpático como servicial, había visto el cielo abierto.

Mientras el grupo estuvo viajando con el de Claudio Nerón, Verres había mantenido -metafóricamente- sus ávidas manos pegadas a los costados, resistiendo a la tentación de apoderarse de tal estatua en un templo griego, de tal otra en un ágora; le había costado en extremo, sobre todo en Atenas, aquel emporio del arte, pero Tito Pomponio Atico era como el centro de la tela de araña romana que envolvía la ciudad. Por su perspicacia financiera, su parentesco con los Cecilio Metelos y sus numerosas donaciones a Atenas, a Atico no se le podía ofender, y era bien conocida su repulsa por los romanos que saqueaban obras de arte.

Pero al abandonar Atenas en barco se separaron del grupo de Claudio Nerón, que ansiaba llegar a Pérgamo y no era precisamente un grecófilo. Así, el barco de éste zarpó sin tardanza hacia la provincia de Asia, mientras el de Dolabela se dirigía a la pequeña isla de Delos.

Hasta la invasión de la provincia de Asia y Grecia por Mitrídates nueve años antes, Delos había sido el epicentro mundial del tráfico de esclavos; allí tenían su sede casi todos los traficantes, y a la isla acudían los piratas que proveían a la región oriental del Mediterráneo la mayor parte del contingente de esclavos. En la vieja Delos cambiaban diariamente de manos no menos de veinte mil esclavos, aunque ello no se traducía en un continuo desfile de navíos cargados con la codiciada mercancía por el limpio y amplio puerto mercante. El comercio se efectuaba sobre el papeclass="underline" transferencias de propiedad contra pagarés. Sólo determinados esclavos eran transportados a Delos. La isla sólo acogía a los intermediarios.

En ella había habido una cuantiosa población italo-romana, numerosos alejandrinos y considerable número de judíos. El edificio más importante de Delos era el ágora romana, en la que tenían sus despachos los romanos e itálicos que se dedicaban a dicho comercio. Pero ahora ya el ágora se hallaba casi vacía, igual que el extremo occidental de la isla, en donde se agrupaban la mayor parte de las casas debido al mejor clima. En las laderas aterrazadas del monte Cinto se hallaban los recintos de los templos de los dioses traídos a Delos durante la época en que había estado sometida al poder de los Ptolomeos de Egipto y los seleúcidas de Siria. Cerca del puerto más pequeño, el puerto sagrado en el que sólo echaban el ancla los barcos de peregrinos, había un santuario de Artemisa, hermana de Apolo; detrás de él, en dirección norte, estaba el recinto del bello y majestuoso templo de Apolo, cuajado de las mejores obras de arte del mundo. Y entre el templo de Apolo y el lago sagrado, estaban los leones de mármol de Naxos, flanqueando la vía procesional que unía a ambos.

Verres casi se volvió loco de placer, andando sin respiro de un sitio a otro; fue a los dos templos, se extasió ante la estatua de la Artemisa de Éfeso, recubierta de testículos de toro a guisa de estériles pechos, permaneció arrobado ante la diosa Ma de Comana, ante la Hécate de Sidón, el Serapis de Alejandría y se le vio realmente embobado ante aquellas estatuas de oro y crisoelefantinas, aquellos tronos orientales cuajados de piedras preciosas… Pero fue en el templo de Apolo donde vio las dos estatuas que le sedujeron más: un grupo del sátiro Marsias tocando la flauta ante un estático Midas y un airado Apolo, y la estatua en oro y marfil de Latona cargada con sus divinos retoños, atribuida a Fidias, maestro de la escultura crisoelefantina. Como eran dos obras de arte no muy voluminosas, Verres y cuatro criados penetraron en el templo de noche antes de que zarpase de nuevo el navío de Dolabela, las arrancaron de sus respectivos pedestales, las envolvieron cuidadosamente en mantas y las escondieron en el compartimento del barco en que Verres guardaba sus efectos personales.

– Me alegro de que Arquelao saqueara este lugar y después Sila

– dijo Verres complacido a Maléolo, al amanecer-. Si el comercio de esclavos aún fuese intenso en Delos, habría sido mucho más difícil hacer una adquisición y caminar sin ser visto, aun de noche.

Maléolo, un tanto sorprendido, se preguntó qué querría decir Verres, pero la vista de aquel hermoso rostro perverso no le animó a inquirir; pero lo supo apenas transcurrido un día, pues se levantó de pronto un fuerte viento que impidió que el barco zarpase, y, antes de que amainara, los sacerdotes del templo de Apolo acudieron llorando a decir a Dolabela que habían robado dos de sus más preciadas obras de arte. Y como habían visto a Verres mirándolas intensamente, acariciándolas, meneando el pedestal, midiéndolas, le acusaban del robo. Horrorizado, Maléolo comprendió que la acusación era cierta; como era amigo de Verres, le costó ir a Dolabela a contarle lo que aquél le había dicho, pero al final cumplió con su deber y Dolabela obligó a Verres a devolver las esculturas.

– ¡Aquí nació Apolo! -exclamó estremeciéndose-. ¡No puedes saquear su templo! Moriremos víctima de enfermedades.

Frustrado y presa de furia sin igual, Verres «devolvió» las esculturas tirándolas por la borda sobre el muelle de piedra, jurando que Maléolo se las pagaría, pero para sus adentros, porque a Maléolo fue a decirle que le agradecía que hubiese impedido su hazaña.

– Codicio tanto las obras de arte que no puedo resistirlo -dijo con sus ojos dorados bañados en lágrimas-. ¡Gracias, gracias!

Pero no volverían a frustrarle aquella codicia. En Tenedos (que Dolabela quiso visitar por la participación que la isla había tenido en la guerra de Troya), Verres se apropió de la estatua del propio Tenes, una maravillosa talla arcaica. Su nueva técnica era franca y descarada: «¡La quiero y tiene que ser mía!», decía, y al barco iba a parar, mientras Dolabela y Maléolo suspiraban y meneaban la cabeza, para no crear rencillas en lo que comenzaba a ser una relación muy estrecha. En Quíos y en Eritrea volvió a robar y de tal manera fascinó a Dolabela, que también Maléolo se vio atraído poco a poco por aquel vicio. Así, cuando Verres decidió llevarse todas las obras del templo de Hera en Samos, convenció a Dolabela para que alquilase un segundo barco y ordenase al almirante Caridemo de Quíos que les escoltase al mando de una quinquerreme hasta Tarso para que tan ingentes tesoros no cayesen en poder de los piratas. Halicarnaso perdió varias estatuas de Praxiteles, y fue el último robo que Verres efectuó en la provincia de Asia, para entonces enojada ya como un avispero. Panfilia perdió su Harpista de Aspendos y la mayoría de las obras del templo de Artemisa de Pergas, pero en éste, al considerar que la estatua de la diosa no era muy buena, Verres se contentó con arrebatarle el manto de oro para fundirlo en cómodos lingotes.

Por fin llegaron a Tarso, y allí Dolabela se instaló felizmente en su palacio y Verres se buscó una villa en la que poder deleitarse contemplando los tesoros robados. Realmente le complacía su contemplación y no tenía intención de vender ninguna obra; lo que sucedía es que en él la obsesión y falta de escrúpulos del coleccionista alcanzaban un grado increíble.

Cayo Publicio Maléolo también se alegró de hallar una casa junto al río Cidno; desempaquetó su servicio de oro y plata, y sus bolsas de dinero, pues contaban con incrementar su fortuna prestando a interés exorbitante a quienes no pudiesen obtenerlo de modo legítimo. Verres le trataba con gran simpatía y le ayudaba mucho.

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