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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Lámpsaco es muy pequeño para iniciar una revuelta -les dijo-, pero os podéis vengar. No juzguéis a todos los romanos por ese grupo deplorable, y contened vuestra ira. Os doy mi palabra de que cuando regrese a Roma llevaré a juicio al gobernador Dolabela e impediré que ese Verres pueda ser elegido pretor. No por obsequios u honores, sino por mi propia satisfacción.

Dicho lo cual, fue a casa de Janitor, pues quería ver a Cayo Verres antes de que se fuera de Lámpsaco.

– ¡Vaya, aquí está el héroe! -exclamó, contento al verle entrar, Verres, que estaba ya haciendo el equipaje.

– ¿Vas a apoderarte de la hija? -inquirió César, acomodándose en una silla.

– Naturalmente -contestó Verres, asintiendo con la cabeza a un esclavo que le mostraba una estatuilla-. Sí, me gusta; envuélvela. ¿Estás deseando poner los ojos en el motivo de todo este lío, verdad? -inquirió, volviendo la vista hacia César.

– Me consume la curiosidad. Debe de ser más bella que Helena.

– Eso creo.

– ¿Será rubia? Yo siempre pensé que Helena debía de ser rubia. El pelo rubio lleva ventaja.

Verres miró la cabellera de César apreciativamente y se llevó una mano a la suya.

– ¡Que nos lo digan a nosotros!

– ¿A dónde piensas ir desde Lámpsaco, Cayo Verres?

Verres enarcó las leonadas cejas.

– A Nicomedia -contestó.

– Yo no lo haría -añadió César con voz suave.

– ¿Por qué no? -preguntó Verres con falsa naturalidad.

César bajó los ojos para mirarse las uñas.

– Dolabela morderá el polvo en cuanto yo regrese a Roma, que será la primavera que viene o la próxima. Yo mismo le acusaré. Y a ti también si no regresas ahora mismo a Cilicia.

César alzó sus ojos azules y los clavó en los color miel de Verres, y ambos permanecieron un momento inmóviles.

– Ya sé a quien me recuerdas. A Sila -dijo finalmente Verres.

– ¿Ah si?

– Por tus ojos. No son tan claros como los de Sila, pero miran igual. Me pregunto si llegarás tan lejos como él.

– Eso está en manos de los dioses. Yo más bien diría que espero que nadie me obligue a ir tan lejos como Sila.

– Bien, César -replicó Verres, encogiéndose de hombros-, como no soy Cayo Mario, no creo que yo te obligue.

– Desde luego que no eres Cayo Mario -respondió César sin alterarse-. El era un gran hombre hasta que perdió el juicio. ¿A dónde vas desde Lámpsaco; lo has pensado?

– A Cilicia con Dolabela -contestó Verres, volviendo a encogerse de hombros.

– Muy prudente. ¿Quieres que envíe a alguien al puerto a que se lo comuniquen a Dolabela? No me gustaría que zarpase y te dejara en tierra.

– Como quieras -contestó Verres, indiferente.

César salió a buscar a Burgundus y le ordenó avisar a Dolabela. Cuando volvía a entrar en el cuarto, Janitor cruzaba el umbral de la puerta de la casa con un bulto.

– ¿Es Estratónice? -inquirió Verres, ansioso.

– Sí -contestó Janitor, enjugándose las lágrimas.

– Déjanos a solas con ella, griego.

Janitor salió del cuarto.

– ¿Le quito el velo mientras tú la contemplas desde cierta distancia para verla mejor? -inquirió César.

– Prefiero hacerlo yo -contestó Verres, acercándose a la muchacha, que permanecía muda sin hacer un gesto.

La capucha del grueso manto le cubría el rostro y no se la veía. Igual que Mirón, anhelante por ver el resultado de un bronce recién fundido, Verres alzó la capucha con mano temblorosa y se quedó pasmado.

Fue César quien rompió el silencio, echando la cabeza hacia atrás y echándose a reír hasta saltársele las lágrimas.

– No sé por qué me lo imaginaba -dijo cuando pudo hablar, buscándose el pañuelo.

La pobre Estratónice era un cuerpo informe con ojos como rajas, nariz torcida, un rudimento de orejas, labio leporino y un pelo tiñoso rojizo. Y la desgraciada no debía de tener mucha inteligencia.

Con el rostro congestionado, Verres giró sobre sus talones.

– ¡No vayas a perder el barco! -le gritó César-. ¡Lamento tener que divulgar en Roma el final de la historia, Verres!

Nada más salir Verres, César se calmó. Se acercó a aquel ser mudo e inmóvil, recogió la capa del suelo y la envolvió con ella afablemente.

– No temas, muchacha -dijo, sin siquiera saber si entendía-. No te va a pasar nada -hizo una pausa para llamar a Janitor, que apareció en el acto-. Tu lo sabías, ¿verdad, etnarca?

– Sí.

– ¿Y por qué, por el Gran Zeus, no dijiste nada? ¡Han muerto en vano!

– Han muerto porque la muerte les pareció más digna -replicó Janitor.

– ¿Y qué va a ser ahora de este engendro?

– La cuidarán.

– ¿Quiénes lo sabíais?

– Los ancianos de la ciudad.

Sin saber qué replicar, César salió de casa de Janitor y dejó Lámpsaco.

Cayo Verres se apresuró a llegarse al puerto con las piernas temblorosas. ¿Cómo se les ocurriría a aquellos griegos estúpidos guardarla como si fuese Helena de Troya, cuando era una Gorgona?

A Dolabela no le hizo mucha gracia retrasar la salida a causa de las numerosas cajas y arcas que cargó Verres; Claudio Nerón ya había zarpado con sus fimbrianos.

– ¡Quin taces! -replicó Verres despectivo cuando su superior le preguntó dónde estaba la bella Estratónice-. ¡La he dejado en Lámpsaco como se merece!

Su superior llevaba cierto tiempo sintiendo la acuciante necesidad de los estimulantes sexuales a que se había acostumbrado, y Verres no tardó en recobrar el favor de Dolabela y se pasó todo el viaje de Lámpsaco a Pérgamo haciendo planes. Volvería a sumir a Dolabela en su estado de obnubilación y agotaría el resto de su mandato en Tarso gastando los fondos oficiales. ¿Así que César pensaba procesarle? Vaya. No le daría esa oportunidad. ¡Se le anticiparía! En cuanto Dolabela regresase a Roma, él buscaría un abogado prestigioso y testificaría para que desterrasen a Dolabela. Así nadie pondría en tela de juicio los libros de cuentas que él presentaría al Erario. Lástima no haber podido ir a Bitinia y a Tracia, pero no podía quejarse.

– Creo que en Mileto hay una lana finísima -dijo a Dolabela, ya lejos de Pérgamo- y alfombras y tapices de calidad extraordinaria. Vamos a hacer escala allí.

– No se me quita de la cabeza que esos dos socii hayan muerto inútilmente -dijo César a Nicomedes y a Oradaltis-. ¿Por qué no enseñarían esa muchacha a Verres? ¿Por qué? ¡No hubiera sucedido nada! ¿Por qué se empeñaron en convertir lo que habría podido ser una comedia, con un Verres burlado, en una tragedia digna de Sófocles?

– Por orgullo sobre todo -contestó Oradaltis con lágrimas en los ojos-. Y tal vez por pundonor.

– Habría sido comprensible si la muchacha hubiese nacido normal, pero desde que vino al mundo debieron de ver cómo era. ¿Por qué no la mostraban? Nadie se lo habría reprochado.

– Los únicos que habrían podido darte una explicación murieron en la plaza de Lámpsaco, César -añadió Nicomedes-. Tendrían sus motivos, al menos el anciano Filodamo. Quizás una promesa a un dios, una decisión de la madre, una expiación… ¿quién sabe? Si todo tuviera explicación no habría misterios en la vida ni se darían tragedias.

– Me entraron ganas de llorar al verla. Y sin embargo estuve riendo a más no poder. Ella no lo entendía, pero Verres sí. Por eso me reí. Él nunca olvidará esas carcajadas y me temerá.

– Me sorprende que no haya venido -dijo el rey.

– No vendrá -contestó César con aire satisfecho-. Cayo Verres ha cogido sus bártulos y se ha marchado a Cilicia.

– ¿Cómo es eso?

– Se lo dije yo.

El rey optó por no hacer comentarios.

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