Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– Lámpsaco es muy pequeño para iniciar una revuelta -les dijo-, pero os podéis vengar. No juzguéis a todos los romanos por ese grupo deplorable, y contened vuestra ira. Os doy mi palabra de que cuando regrese a Roma llevaré a juicio al gobernador Dolabela e impediré que ese Verres pueda ser elegido pretor. No por obsequios u honores, sino por mi propia satisfacción.
Dicho lo cual, fue a casa de Janitor, pues quería ver a Cayo Verres antes de que se fuera de Lámpsaco.
– ¡Vaya, aquí está el héroe! -exclamó, contento al verle entrar, Verres, que estaba ya haciendo el equipaje.
– ¿Vas a apoderarte de la hija? -inquirió César, acomodándose en una silla.
– Naturalmente -contestó Verres, asintiendo con la cabeza a un esclavo que le mostraba una estatuilla-. Sí, me gusta; envuélvela. ¿Estás deseando poner los ojos en el motivo de todo este lío, verdad? -inquirió, volviendo la vista hacia César.
– Me consume la curiosidad. Debe de ser más bella que Helena.
– Eso creo.
– ¿Será rubia? Yo siempre pensé que Helena debía de ser rubia. El pelo rubio lleva ventaja.
Verres miró la cabellera de César apreciativamente y se llevó una mano a la suya.
– ¡Que nos lo digan a nosotros!
– ¿A dónde piensas ir desde Lámpsaco, Cayo Verres?
Verres enarcó las leonadas cejas.
– A Nicomedia -contestó.
– Yo no lo haría -añadió César con voz suave.
– ¿Por qué no? -preguntó Verres con falsa naturalidad.
César bajó los ojos para mirarse las uñas.
– Dolabela morderá el polvo en cuanto yo regrese a Roma, que será la primavera que viene o la próxima. Yo mismo le acusaré. Y a ti también si no regresas ahora mismo a Cilicia.
César alzó sus ojos azules y los clavó en los color miel de Verres, y ambos permanecieron un momento inmóviles.
– Ya sé a quien me recuerdas. A Sila -dijo finalmente Verres.
– ¿Ah si?
– Por tus ojos. No son tan claros como los de Sila, pero miran igual. Me pregunto si llegarás tan lejos como él.
– Eso está en manos de los dioses. Yo más bien diría que espero que nadie me obligue a ir tan lejos como Sila.
– Bien, César -replicó Verres, encogiéndose de hombros-, como no soy Cayo Mario, no creo que yo te obligue.
– Desde luego que no eres Cayo Mario -respondió César sin alterarse-. El era un gran hombre hasta que perdió el juicio. ¿A dónde vas desde Lámpsaco; lo has pensado?
– A Cilicia con Dolabela -contestó Verres, volviendo a encogerse de hombros.
– Muy prudente. ¿Quieres que envíe a alguien al puerto a que se lo comuniquen a Dolabela? No me gustaría que zarpase y te dejara en tierra.
– Como quieras -contestó Verres, indiferente.
César salió a buscar a Burgundus y le ordenó avisar a Dolabela. Cuando volvía a entrar en el cuarto, Janitor cruzaba el umbral de la puerta de la casa con un bulto.
– ¿Es Estratónice? -inquirió Verres, ansioso.
– Sí -contestó Janitor, enjugándose las lágrimas.
– Déjanos a solas con ella, griego.
Janitor salió del cuarto.
– ¿Le quito el velo mientras tú la contemplas desde cierta distancia para verla mejor? -inquirió César.
– Prefiero hacerlo yo -contestó Verres, acercándose a la muchacha, que permanecía muda sin hacer un gesto.
La capucha del grueso manto le cubría el rostro y no se la veía. Igual que Mirón, anhelante por ver el resultado de un bronce recién fundido, Verres alzó la capucha con mano temblorosa y se quedó pasmado.
Fue César quien rompió el silencio, echando la cabeza hacia atrás y echándose a reír hasta saltársele las lágrimas.
– No sé por qué me lo imaginaba -dijo cuando pudo hablar, buscándose el pañuelo.
La pobre Estratónice era un cuerpo informe con ojos como rajas, nariz torcida, un rudimento de orejas, labio leporino y un pelo tiñoso rojizo. Y la desgraciada no debía de tener mucha inteligencia.
Con el rostro congestionado, Verres giró sobre sus talones.
– ¡No vayas a perder el barco! -le gritó César-. ¡Lamento tener que divulgar en Roma el final de la historia, Verres!
Nada más salir Verres, César se calmó. Se acercó a aquel ser mudo e inmóvil, recogió la capa del suelo y la envolvió con ella afablemente.
– No temas, muchacha -dijo, sin siquiera saber si entendía-. No te va a pasar nada -hizo una pausa para llamar a Janitor, que apareció en el acto-. Tu lo sabías, ¿verdad, etnarca?
– Sí.
– ¿Y por qué, por el Gran Zeus, no dijiste nada? ¡Han muerto en vano!
– Han muerto porque la muerte les pareció más digna -replicó Janitor.
– ¿Y qué va a ser ahora de este engendro?
– La cuidarán.
– ¿Quiénes lo sabíais?
– Los ancianos de la ciudad.
Sin saber qué replicar, César salió de casa de Janitor y dejó Lámpsaco.
Cayo Verres se apresuró a llegarse al puerto con las piernas temblorosas. ¿Cómo se les ocurriría a aquellos griegos estúpidos guardarla como si fuese Helena de Troya, cuando era una Gorgona?
A Dolabela no le hizo mucha gracia retrasar la salida a causa de las numerosas cajas y arcas que cargó Verres; Claudio Nerón ya había zarpado con sus fimbrianos.
– ¡Quin taces! -replicó Verres despectivo cuando su superior le preguntó dónde estaba la bella Estratónice-. ¡La he dejado en Lámpsaco como se merece!
Su superior llevaba cierto tiempo sintiendo la acuciante necesidad de los estimulantes sexuales a que se había acostumbrado, y Verres no tardó en recobrar el favor de Dolabela y se pasó todo el viaje de Lámpsaco a Pérgamo haciendo planes. Volvería a sumir a Dolabela en su estado de obnubilación y agotaría el resto de su mandato en Tarso gastando los fondos oficiales. ¿Así que César pensaba procesarle? Vaya. No le daría esa oportunidad. ¡Se le anticiparía! En cuanto Dolabela regresase a Roma, él buscaría un abogado prestigioso y testificaría para que desterrasen a Dolabela. Así nadie pondría en tela de juicio los libros de cuentas que él presentaría al Erario. Lástima no haber podido ir a Bitinia y a Tracia, pero no podía quejarse.
– Creo que en Mileto hay una lana finísima -dijo a Dolabela, ya lejos de Pérgamo- y alfombras y tapices de calidad extraordinaria. Vamos a hacer escala allí.
– No se me quita de la cabeza que esos dos socii hayan muerto inútilmente -dijo César a Nicomedes y a Oradaltis-. ¿Por qué no enseñarían esa muchacha a Verres? ¿Por qué? ¡No hubiera sucedido nada! ¿Por qué se empeñaron en convertir lo que habría podido ser una comedia, con un Verres burlado, en una tragedia digna de Sófocles?
– Por orgullo sobre todo -contestó Oradaltis con lágrimas en los ojos-. Y tal vez por pundonor.
– Habría sido comprensible si la muchacha hubiese nacido normal, pero desde que vino al mundo debieron de ver cómo era. ¿Por qué no la mostraban? Nadie se lo habría reprochado.
– Los únicos que habrían podido darte una explicación murieron en la plaza de Lámpsaco, César -añadió Nicomedes-. Tendrían sus motivos, al menos el anciano Filodamo. Quizás una promesa a un dios, una decisión de la madre, una expiación… ¿quién sabe? Si todo tuviera explicación no habría misterios en la vida ni se darían tragedias.
– Me entraron ganas de llorar al verla. Y sin embargo estuve riendo a más no poder. Ella no lo entendía, pero Verres sí. Por eso me reí. Él nunca olvidará esas carcajadas y me temerá.
– Me sorprende que no haya venido -dijo el rey.
– No vendrá -contestó César con aire satisfecho-. Cayo Verres ha cogido sus bártulos y se ha marchado a Cilicia.
– ¿Cómo es eso?
– Se lo dije yo.
El rey optó por no hacer comentarios.