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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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En esa ocasión, cuando Verna vio que se abría la trampilla inferior de la puerta ya estaba preparada. Se lanzó hacia ella, apartó la bandeja y pegó el rostro al suelo para tratar de ver algo.

— ¿Quién está ahí? ¿Quién es? ¿Qué está pasando? ¿Por qué estoy encerrada? ¡Responde! —gritó. Verna distinguió unas botas de mujer y el dobladillo de un vestido. Probablemente se trataba de una Hermana que cuidaba de los internos de la enfermería. La mujer se enderezó—. ¡Por favor! ¡Necesito otra vela! ¡La que tengo casi se ha agotado!

Unos inconmovibles pasos se perdieron por el pasillo. Con dientes apretados y aporreando el suelo con el puño oyó el ruido de una puerta y luego del gran cerrojo que se aseguraba. Finalmente se desplomó en el camastro y se acarició la mano. En los últimos días la había usado demasiadas veces para aporrear la puerta. Era consciente de que el sentimiento de frustración se imponía a la razón.

En aquella celda sin ventanas no podía saber si era de día o de noche. Verna suponía que le llevaban la comida por el día, por lo que trataba de llevar cuenta del paso del tiempo guiándose por eso. No obstante, le parecía que a veces pasaban pocas horas hasta que le llevaban comida y otras casi la dejaban morir de hambre. Su deseo más acuciante era que retiraran de una vez el orinal.

Tampoco le llevaban comida suficiente. El vestido le quedaba holgado en las caderas y el busto. Durante los últimos años había deseado volver a estar tan delgada como veinte años antes, en el momento de iniciar su viaje. En su juventud había sido considerada una mujer atractiva. Para Verna, esos kilos de más eran un recordatorio constante de la juventud y la belleza perdidas.

Se echó a reír como una loca. Tal vez las Hermanas también lo creían y habían decidido poner a su Prelada a régimen. La risa murió al recordar cómo había deseado que Jedidiah viera lo que había dentro de ella y no sólo el exterior, y allí estaba ella, sintiendo nostalgia por su apariencia anterior, igual que él. Una lágrima le rodó por la mejilla. Warren siempre había sabido cómo era ella por dentro. Y era una estúpida.

— Ojalá estés bien, Warren —susurró a las paredes.

Deslizó la bandeja por el suelo hacia la vela. Precipitadamente cogió el vaso de agua. Antes de bebérsela de un trago se contuvo y se recordó que debía hacerla durar. Nunca le daban agua suficiente. Demasiadas veces Verna se la bebía de una vez y luego pasaba el resto del día tumbada en el camastro soñando despierta con que se zambullía en un lago con la boca abierta y bebía tanto como quería.

Así pues, se llevó el vaso a los labios y tomó un sorbito. Al dejarlo de nuevo en la bandeja vio una novedad; ahí había algo más que la media rebanada de pan de rigor. También había un cuenco con sopa.

Lo alzó reverentemente, inhalando su aroma. Era un simple caldo claro de cebolla, pero a ella le pareció un manjar digno de una reina. Casi llorando de alegría lo probó, degustando el dulce sabor. Partió un trozo de pan y lo sumergió en la sopa. Le pareció más sabroso incluso que una taza de chocolate. De hecho, era lo más delicioso que había probado en su vida. Partió el resto del pan y echó los trozos a la sopa. El pan absorbió el líquido, por lo que Verna creyó que no podría comer tanto. Se equivocaba.

Mientras comía se sacó el libro de viaje del bolsillo secreto en el cinturón y lo examinó. Nuevamente sus esperanzas se desvanecieron, pues no había ningún mensaje. Había comunicado a Ann lo ocurrido y había recibido una respuesta rápidamente garabateada que únicamente decía: «Escapa y saca a las Hermanas de palacio». Y desde entonces, ningún otro mensaje.

Inclinó el cuenco para apurar toda la sopa, tras lo cual apagó la vela a fin de no agotarla. Colocó el vaso medio lleno de agua detrás de la vela para asegurarse de que no la derramaría en la oscuridad. Luego se echó en el camastro y se frotó el estómago lleno.

Despertó de un sueño muy profundo al oír un sonido metálico en la puerta como si alguien levantara el pestillo. Verna se cubrió los ojos con el dorso de las manos para protegerlos de la cegadora luz que penetró en la celda. Mientras la puerta se cerraba, buscó el refugio de la pared. Una mujer sostenía un candil. Verna parpadeó para verla pese a la cegadora luz.

La mujer dejó el candil en el suelo, se enderezó y enlazó las manos a la altura de la cintura. Se quedó allí plantada sin decir nada.

— ¿Quién es? ¿Quién anda ahí?

— Hermana Leoma Marsick —fue la lacónica respuesta.

Finalmente los ojos de Verna se fueron acomodando a la luz. Sí, era Leoma. Verna distinguía su arrugada faz y su largo cabello blanco que le caía sobre los hombros.

Leoma la había atacado en el despacho de la Prelada. Ella la había encerrado.

Inmediatamente se le lanzó al cuello.

Confusa, le costó un momento darse cuenta de que volvía a estar sentada en el camastro y que el trasero le escocía por el brusco aterrizaje. Sintió la desagradable sensación de que el rada’han le impedía levantarse. Cuando trató de mover las piernas, no le respondieron. Era una sensación aterradora. Le costaba respirar y luchaba por reprimir un grito de pánico. Cuando dejó de resistirse, el pánico desapareció pero no así la inquietante sensación extrínseca.

— Espero que hayas tenido suficiente, Verna.

Verna se aseguró de que la voz no le temblara antes de replicar:

— ¿Qué estoy haciendo aquí?

— Eres prisionera hasta que concluya tu juicio.

¿Juicio? ¿Qué juicio? No. No daría a Leoma la satisfacción de preguntar.

— Sí, en ese caso es apropiado. —Ojalá pudiera levantarse; era humillante que Leoma la mirara de aquel modo desde arriba—. ¿Ya ha concluido?

— Por eso estoy aquí. He venido para informarte de cuál ha sido la decisión del tribunal.

Verna se tragó la mordaz réplica que tenía en la punta de la lengua. Era evidente que las Hermanas traidoras la habrían hallado culpable de algún cargo inventado.

— ¿Y cuál es esa decisión? —preguntó.

— Has sido declarada culpable de ser una Hermana de las Tinieblas.

Verna se quedó sin habla. Simplemente clavó la vista en Leoma, incapaz de hablar, tal era el dolor que sentía al saber que otras Hermanas la acusaran de eso. Ella había trabajado casi toda la vida para ver al Creador honrado en este mundo. La rabia creció en su interior pero recordó la advertencia que le hiciera Warren sobre su genio, y la refrenó.

— ¿Hermana de las Tinieblas? Entiendo. ¿Cómo es posible que haya sido condenada sin pruebas?

Leoma se rió entre dientes.

— Vamos, Verna. No creerías que podías cometer un crimen tan grave y no dejar ninguna prueba…

— No, supongo que os habréis inventado alguna. ¿Has venido sólo a decirme eso o para vanagloriarte de que al fin has conseguido ser la Prelada?

Leoma enarcó una ceja.

— Oh, no he sido nombrada Prelada. La elegida ha sido la hermana Ulicia.

Verna se estremeció.

— ¡Ulicia! ¡Pero si Ulicia es una Hermana de las Tinieblas! ¡Huyó con cinco de sus colaboradoras!

— Al contrario. Las hermanas Tovi, Cecilia, Armina, Nicci y Merissa han regresado y han recuperado su rango de Hermanas de la Luz.

Por mucho que se esforzó, Verna no logró levantarse.

— ¡Fueron descubiertas mientras atacaban a la prelada Annalina! ¡Ulicia la mató! ¡Todas huyeron!

Leoma suspiró, como si tuviera que explicar las cosas más simples a una ignorante novicia.

— ¿Y quién las atrapó mientras atacaban a la prelada Annalina? —Hizo una pausa y se contestó ella misma—. Tú. Tú y Richard.

»Las seis Hermanas han testificado que una Hermana de las Tinieblas las atacó después de que Richard matara a la hermana Liliana, y que huyeron para salvarse pensando en regresar para salvar a palacio de tus mentiras. Ahora todo está claro.

»Fuiste tú, una Hermana de las Tinieblas, quien les tendiste una trampa. Tú y Richard fuisteis los únicos testigos. Fuiste tú quien mató a la prelada Annalina. Tú y Richard Rahl, a quien ayudaste a escapar. Varias Hermanas han testificado que oyeron cómo decías a uno de los guardias, Kevin Andellmere, que debía permanecer leal a Richard, tu cómplice, y no al emperador.

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