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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Todas las cajas fuertes-camiones de los pagadores eran controladas al entrar y salir de la cámara del tesoro, por un contador superior del tesoro, que mantenía el informe de la salida y de la vuelta. Era imposible sacar o meter una unidad sin el escrutinio del contador del tesoro, o sacar la caja de otro, deliberadamente o por error. Durante las noches y el fin de semana la maciza cámara quedaba cerrada, más firmemente que la tumba de un faraón.

Cada caja-camión tenía dos combinaciones de cierres a prueba. Una era maniobrada por el pagador personalmente, la otra por el contador o asistente. Así, cuando se abría una caja cada mañana, era ante dos personas… el cajero y el contador.

Se decía a los pagadores que debían recordar de memoria sus combinaciones y no comunicarlas a nadie, aunque una combinación podía ser cambiada en cuanto un cajero lo solicitara. El único informe escrito de la combinación de un pagador estaba en un sobre sellado y doblemente firmado, guardado con otros -nuevamente bajo doble custodia- en el depósito de una caja fuerte. El sello del sobre sólo se rompía en caso de muerte del pagador, en caso de enfermedad, o porque dejaba el empleo.

Debido a todos estos medios, sólo el usuario activo de cualquier caja conocía la combinación que la abría y los pagadores, al igual que el banco, estaban protegidos contra robos.

Otro rasgo del sofisticado camión-caja era un sistema de alarma. Cuando lo llevaban, siguiendo la posición del pagador detrás del mostrador, una conexión eléctrica unía cada caja con una red de intercomunicaciones bancarias. Un resorte de prevención estaba oculto dentro del cajón, debajo de una inocua pila de billetes, conocida como «moneda anzuelo».

Los pagadores tenían órdenes de no usar nunca el dinero anzuelo para transacciones normales, pero, en caso de que hubiera un asalto, tenían que entregar primero ese dinero. Simplemente mover los billetes liberaba un resorte silencioso. Éste, a su vez, alertaba a los empleados de seguridad del banco y a la policía, que generalmente llegaba en unos minutos; también ponía en acción unas cámaras escondidas que había en lo alto. Las series de números del dinero anzuelo estaban anotadas, para ser usadas luego como prueba.

Edwina preguntó a Tottenhoe:

– ¿Estaba el «dinero anzuelo» entre los seis mil dólares que faltan?

– No -dijo el contador-. El dinero anzuelo estaba intacto. Lo he comprobado.

Ella reflexionó: no había manera de averiguar nada de este modo.

Una vez más Miles Eastin se dirigió a la muchacha:

– Juanita, ¿no se le ocurre que alguien, cualquiera que sea, puede haber sacado el dinero de su caja?

– No -dijo Juanita Núñez.

Examinando atentamente a la muchacha cuando contestó, Edwina creyó descubrir miedo.

Bueno, si así era, tenía sus motivos, porque ningún banco iba a ceder fácilmente cuando se trataba de una pérdida de esta magnitud.

Edwina ya no dudaba de lo que había pasado con el dinero. La Núñez lo había robado. No había otra explicación posible. La dificultad era descubrir… ¿cómo?

Una manera posible era que Juanita Núñez hubiera pasado el dinero a un cómplice, sobre el mostrador. Nadie se habría dado cuenta. En un día normalmente ocupado hubiera parecido como una operación normal de pago. También la muchacha podía haber ocultado el dinero y haberlo sacado del banco durante el almuerzo, pero, en este caso, el riesgo habría sido mayor.

La muchacha debía estar enterada que esto iba a costarle el empleo, se probara o no que había robado el dinero. Es verdad que a los pagadores bancarios se les permitían ocasionales diferencias de caja; tales errores eran normales y esperados. En el curso de un año, ocho «por encima» o «por debajo» era normal en la mayoría de los pagadores, y, siempre que el error no fuera mayor de veinticinco dólares, no se decía nada. Pero nadie que tuviera una falta mayor de dinero podía conservar el empleo, y los cajeros lo sabían.

Naturalmente, Juanita Núñez podía haber tenido esto en cuenta, y podía haber decidido que seis mil dólares inmediatamente valían la pérdida del empleo, aunque tuviera luego dificultades para conseguir otro. De cualquier modo, Edwina sentía pena por la muchacha. Evidentemente había estado desesperada. Tal vez la desesperación tuviera algo que ver con la criatura.

– No creo que podamos hacer mucho más por ahora -dijo Edwina al grupo-. Tendré que informar a los superiores. Ellos se encargarán de la investigación.

Cuando los tres se pusieron de pie, añadió:

– Mistress Núñez, quédese, por favor… -la muchacha volvió a su asiento.

Cuando los otros ya no podían oírlas, Edwina dijo, con deliberada informalidad:

– Juanita, creo que éste es el momento de que hablemos francamente entre nosotras, como amigas… -Edwina había borrado su impaciencia primera. Era consciente de los oscuros ojos de la joven, clavados intensamente en los suyos.

– Estoy segura de que ya se le han ocurrido dos cosas. Primero: habrá sobre esto una investigación a fondo y el FBI va a intervenir, porque somos un banco federalmente asegurado. Segundo: no hay manera de que las sospechas no recaigan sobre usted… -Edwina hizo una pausa-. Le estoy hablando con sinceridad. ¿Me entiende?

– Entiendo. Pero yo no he sustraído el dinero.

Edwina observó que la muchacha seguía haciendo girar nerviosamente su anillo de bodas.

Y eligió las palabras con cuidado convencida de que debía invitar una acusación directa, que pudiera provocar más adelante inconvenientes legales para el banco.

– Por larga que sea la investigación, Juanita, es casi seguro que la verdad saldrá a la luz; generalmente es así. Las investigaciones se hacen a fondo. Y los investigadores son gente experimentada. No cejan.

La muchacha repitió, casi enfáticamente:

– No he sustraído el dinero.

– No he dicho que lo hiciera. Quiero decir que, si por alguna casualidad sabe algo más de lo que ha dicho, ahora es el momento de hablar, decírmelo a mí, aquí, charlando tranquilamente. Después no habrá otra oportunidad. Será demasiado tarde.

Juanita Núñez pareció a punto de hablar. Edwina levantó la mano.

– Escuche. Le prometo una cosa. Si el dinero es devuelto al banco, digamos mañana a más tardar, no habrá acción legal, ni juicio. Con sinceridad debo decirle que, quien haya sacado el dinero, no puede seguir trabajando aquí. Pero no pasará nada más. Se lo garantizo. Juanita: ¿tiene usted algo que decirme?

– No, no, no, ¡Se lo juro por mi hija! -los ojos de la muchacha ardían, la cara estaba llena de furia- Le repito que no he cogido dinero, ni ahora ni nunca.

Edwina suspiró.

– Bueno eso es todo por ahora. Pero, por favor, no se vaya del banco sin verme antes.

Juanita Núñez pareció al borde de otra respuesta calenturienta. Pero, en lugar de esto, con un leve encogimiento de hombros, se levantó y dio media vuelta.

Desde su elevado escritorio, Edwina supervisó la actividad a su alrededor; era su pequeño mundo, su responsabilidad personal. Las transacciones del día de la sucursal seguían siendo contadas y anotadas, aunque un control previo había mostrado que ningún cajero -como se había esperado originariamente- tenía seis mil dólares de más.

Los sonidos eran mudos en el moderno edificio: en tono bajo las voces zumbaban, los papeles crujían, las monedas tintineaban, las máquinas de calcular cliqueaban. Ella lo miró todo brevemente, recordando que, por dos motivos, ésta era una semana que iba a recordar. Después, comprendiendo lo que había que hacer, levantó un teléfono y marcó un número interno.

Contestó una voz de mujer:

– Departamento de Seguridad.

– Comuníqueme con míster Wainwright por favor -dijo Edwina.

6

A Nolan Wainwright le había resultado difícil, desde ayer, concentrarse en el trabajo normal del banco.

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