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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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– Has cambiado, Miranda.

Ella se sonrojó.

– No demasiado. Básicamente, he crecido.

– Eso es cierto.

Turner creyó que iba a vomitar.

– ¿Creías que podías irte a la universidad y que, cuando volvieras, estaría igual?

Winston sonrió.

– Sí, algo así. Pero debo admitir que el cambio me complace enormemente. -Le acarició el pelo, que llevaba recogido en un delicado moño-. Seguro que ya no te tiraré más del pelo.

Ella volvió a sonrojarse y, cierto, aquello no se podía tolerar.

– Buenos días -dijo Turner, en voz alta, sin molestarse en moverse del rincón desde donde los estaba observando.

– Creo que ya estamos en la tarde -respondió Winston.

– Para los principiantes, quizá -respondió Turner con una medio sonrisa burlona.

– ¿La mañana dura hasta las dos en Londres? -preguntó Miranda con frialdad.

– Sólo si la noche anterior no dio los frutos esperados.

– Turner -le reprochó Winston.

Turner se encogió de hombros.

– Tengo que hablar con la señorita Cheever -dijo, sin ni siquiera mirar a su hermano.

Miranda separó los labios, con sorpresa, y quizá con un poco de rabia también.

– Creo que eso depende de Miranda -dijo Winston.

Turner no apartó la mirada de la chica.

– Avísame cuando estés lista para volver a casa. Te acompañaré.

Winston abrió la boca, ofendido.

– Un momento -dijo, muy tenso-. Es una dama y, al menos, tendrías que ofrecerle la cortesía de pedirle permiso.

Turner se volvió hacia su hermano e hizo una pausa, hasta que el joven no supo dónde meterse. Miró a Miranda y dijo:

– Te acompañaré a casa.

– Es que…

Él la interrumpió con una mirada profunda y ella aceptó asintiendo con la cabeza.

– Por supuesto, milord -dijo, con las comisuras de los labios extrañamente tensas. Se volvió hacia Winston-. Quería comentar un manuscrito iluminado con mi padre. Lo había olvidado.

Muy lista, Miranda. Turner estuvo a punto de sonreír.

– ¿Turner? -dijo Winston, con incredulidad-. ¿Un manuscrito iluminado?

– Es mi nueva pasión -dijo éste, con un tono insulso.

Winston lo miró, y después a Miranda, y luego otra vez a su hermano, hasta que asintió.

– Muy bien -dijo-. Ha sido un placer, Miranda.

– Igualmente -respondió ella y, a juzgar por su tono, Turner sabía que no mentía.

Aun así no cedió su posición entre los dos jóvenes amantes, y Winston le lanzó una mirada irritada antes de mirar a Miranda y decir:

– ¿Volveré a verte antes de regresar a Oxford?

– Eso espero. No tengo planes para los próximos días y…

Turner bostezó.

Miranda se aclaró la garganta.

– Seguro que podemos arreglar algo. Quizás Olivia y tú podríais venir a tomar el té a casa.

– Estaría encantado.

Turner consiguió extender su aburrimiento hasta las uñas, que inspeccionó con una absoluta falta de interés.

– O si Olivia no puede venir -continuó Miranda, con una voz impresionantemente firme-, quizá podrías venir tú solo.

Winston abrió los ojos con interés.

– Sería un placer -farfulló mientras se inclinaba sobre su mano.

– ¿Estás lista? -le espetó Turner.

Miranda no movió ni un músculo mientras respondía:

– No.

– Pues date prisa, que no tengo todo el día.

Winston lo miró con incredulidad.

– ¿Qué te pasa?

Era una buena pregunta. Hacía quince minutos, su único objetivo era huir de casa de sus padres a toda prisa, y ahora prácticamente había insistido en acompañar a Miranda a casa.

De acuerdo, había insistido, pero tenía sus motivos.

– Estoy bastante bien -respondió Turner-. Mejor que en muchos años. Para ser exactos, desde 1816.

Winston cambió el peso a la otra pierna, incómodo, y Miranda apartó la mirada. Todos sabían que 1816 era el año de su boda.

– Junio -añadió, para ser perverso.

– ¿Cómo dices? -preguntó Winston, muy tenso.

– Desde junio. Junio de 1816 -y luego les sonrió; una sonrisa falsa y de satisfacción. Se volvió hacia Miranda-. Te esperaré en el vestíbulo. No llegues tarde.

Capítulo 3

«¿No llegues tarde?»

«¡¿No llegues tarde?!»

«¿Adónde?», se preguntó Miranda por decimosexta vez mientras se arreglaba la ropa. No habían quedado a ninguna hora. Ni siquiera le había pedido permiso para acompañarla a casa. Se lo había ordenado y después, cuando le dijo que lo avisara en cuanto estuviera lista, no se había molestado en esperar una respuesta.

¿Tantas ganas tenía de que se fuera?

Miranda no sabía si reír o llorar.

– ¿Ya te marchas? -Era Olivia, que había entrado desde el pasillo.

– Tengo que volver a casa -dijo Miranda, que escogió ese mismo instante para ponerse el vestido por la cabeza. No quería que Olivia le viera la cara-. El traje de montar está encima de la cama -añadió, con la voz ahogada por la muselina.

– ¿Por qué? Tu padre no extrañará tu presencia.

Muy amable por recordárselo, pensó Miranda con tristeza, a pesar de que ella misma se lo había dicho a Olivia en incontables ocasiones.

– Miranda -insistió Olivia.

Miranda le dio la espalda para que le abrochara los botones.

– No quisiera hacerme pesada.

– ¿Qué? No seas tonta. Mamá te pediría que te quedaras a vivir con nosotros, si fuera posible. De hecho, en Londres vivirás con nosotros.

– No estamos en Londres.

– ¿Y qué tiene que ver eso ahora?

Nada. Miranda apretó los dientes.

– ¿Te has peleado con Winston?

– Por supuesto que no. -Porque, ¿quién podía pelearse con Winston, aparte de Olivia?

– Entonces, ¿qué te pasa?

– Nada. -Miranda se obligó a calmarse y recogió los guantes-. Tu hermano quiere comentar un manuscrito iluminado con mi padre.

– ¿Winston? -preguntó Olivia, incrédula.

– Turner.

– ¿Turner?

Madre mía, ¿alguna vez se le acababan las preguntas?

– Sí -respondió Miranda-, y quiere marcharse pronto, así que tiene que acompañarme a casa ahora.

Aquel último trozo era totalmente inventado, aunque, dadas las circunstancias, a Miranda le pareció bastante inspirado. Además, quizás ahora que Turner regresaría a su casa de Northumberland, el mundo volvería a su posición habitual, girando sobre su eje y dando vueltas alrededor del Sol.

Olivia se apoyó en el marco de la puerta, de modo que Miranda no podía ignorarla.

– ¿Y por qué estás de tan mal humor? Turner siempre te ha gustado, ¿no?

Miranda casi se rió.

Y luego casi lloró.

¿Cómo se atrevía a darle órdenes como si fuera una mujerzuela recalcitrante?

¿Cómo se atrevía a tratarla tan mal aquí, en Haverbreaks, que había sido más un hogar para ella que para él durante los últimos años?

Se volvió. No podía permitir que Olivia le viera la cara.

¿Cómo se atrevía a besarla para pasar el rato?

– ¿Miranda? -preguntó Olivia, en voz baja-. ¿Te encuentras bien?

– Estoy perfectamente -respondió ella, que pasó por su lado como un vendaval camino de la puerta.

– No pareces…

– Estoy triste por Leticia -le espetó Miranda. Y lo estaba. Cualquiera que hubiera hecho tan infeliz a Turner merecía que lo lloraran.

Pero Olivia, que era Olivia, no cedía fácilmente y, mientras Miranda bajaba las escaleras corriendo, la siguió.

– ¡Leticia! -exclamó-. No lo dices en serio, ¿verdad?

Miranda llegó al rellano y se agarró a la barandilla para no salir disparada.

– Leticia era una vieja bruja -continuó Olivia-. Hizo terriblemente infeliz a Turner.

«Precisamente.»

– ¡Miranda! ¡Miranda! Ah, Turner. Buenos días.

– Olivia -respondió su hermano, con educación, asintiendo.

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