La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Pero todo eso; la seguridad de las joyas, la investigación, concierne al Ministerio del Interior, es competencia de Roland.
– Obligaremos al virtuoso Roland a participar en nuestro plan. Después de que le hayamos referido algunos detalles sobre éste, no podrá traicionarnos sin traicionarse a sí mismo. Yo mismo me ocuparé de ello, no te preocupes. Pero le contaremos sólo lo imprescindible, de forma que no sabrá con seguridad quién está implicado en el asunto. Si las cosas se ponen feas, le echaremos la culpa a él. A fin de cuentas, como muy bien dices, el asunto concierne a su ministerio.
– Pero él se defenderá alegando que fuiste tú quien lo ideó todo…
– Quizá no tenga tiempo de defenderse.
– Eres otro hombre, Danton -dijo Fabre, estupefacto.
– No, Fabre, soy un repugnante patriota, como he sido siempre. Pretendo comprar una batalla, una batalla para nuestros pobres soldados desnutridos y descalzos. ¿Qué tiene eso de malo?
– Eso significa…
– Eso significa que no tengo tiempo para discutir los pormenores. No quiero ponerme a discutir contigo si está justificado o no. La salvación del país es la justificación.
– ¿La salvación del país? -repitió Fabre-. ¿Para qué?
Danton lo miró irritado.
– Si dentro de quince días un soldado austriaco te agarra por el pescuezo y te pregunta si quieres vivir, ¿le contestarás «para qué»?
– Tienes razón -murmuró Fabre, dándose la vuelta-. Lo importante es sobrevivir. ¿De modo que Brunswick está dispuesto a perder una batalla, y arriesgarse y manchar su prestigio?
– Se hará de forma que su prestigio permanezca intacto. Sabe perfectamente lo que debe hacer. Lo mismo que yo. Necesitamos unos delincuentes profesionales, Fabre. Pero no deben saber para quién trabajan. Luego… nos desharemos de ellos -dijo Danton, haciendo un significativo gesto con la mano-. Dejaremos que Roland conduzca a la policía por la senda equivocada. Se trata de un asunto muy grave, por supuesto, y los procesados serán condenados a muerte.
– ¿No temes que hablen durante el juicio? Tendremos que dejar que la policía capture a alguno de ellos.
– Asegúrate, en la medida de lo posible, de que no puedan revelar ningún detalle importante. Es preciso que exista un manto de ofuscamiento entre los distintos niveles de esta conspiración, y entre los conspiradores. Encárgate de ello. Si alguien empezara a sospechar que el Gobierno está envuelto en el asunto, dejaríamos que las pistas condujeran a Roland. Hay dos personas que no deben saber nada de ello. Una es la esposa de Roland. No entiende nada de política y es muy indiscreta. Lo malo es que Roland se lo cuenta todo.
– La otra persona es Camille -dijo Fabre-. Porque temes que se lo cuente a Robespierre, y que Robespierre nos acuse de traidores por hacer un trato con Brunswick.
Danton asintió.
– No puedo exigir a Camille que elija entre la amistad que le une a Robespierre y la que le une a mí. Quizá lo elegiría a él.
– Pero ambos pueden enterarse de lo que nos llevamos entre manos.
– Es un riesgo que debemos correr. Puedo comprar una batalla, y al hacerlo confío en invertir el proceso de la guerra. Posteriormente tendré que abandonar el cargo. Estaría expuesto a ser chantajeado, por Brunswick o por…
– El general Dumouriez.
– Exactamente. Sé que esto no te gusta, Fabre. Pero reflexiona. Ignoro cuánto dinero has estafado al ministerio durante las últimas semanas, pero imagino que será una cantidad sustancial. Sin embargo, siempre y cuando tus ambiciones no rebasen el límite de lo razonable, estoy dispuesto a cerrar los ojos. Quizá pienses que una vez que haya abandonado el cargo ya no te seré de ningún provecho. La guerra es muy lucrativa, Fabre. Siempre estarás cerca del poder. Dispondrás de información confidencial… Yo sé cuánto vales para mí.
Fabre volvió la cara, ofuscado.
– ¿No temes…, no te importa que todo se base en mentiras y más mentiras?
– Es peligroso decir esas cosas. No me gustan.
– No me refería a ti… sino a mí -se apresuró a contestar Fabre, sonriendo.
Por primera vez desde que se conocían, Danton observó que Fabre se sentía desconcertado, confuso, como si de pronto hubiera perdido el control sobre su vida.
– No tiene importancia -dijo Fabre-, no pretendía ofenderte, Danton.
– No debes hablar sin pensar lo que dices. Nadie debe conocer jamás la verdad sobre este asunto. Los franceses van a ganar una batalla, esto es todo. Tu silencio es el precio del mío, y ninguno de nosotros podemos romper ese silencio, ni siquiera para salvar nuestras vidas.
II. Robespierricidio
– Me enamoré de ti en cuanto te vi.
Oh, pensó Manon, un tanto decepcionada, yo creí que había sido antes. Estaba convencida de que sus cartas, sus encendidas epístolas, habían impresionado profundamente a este hombre que, según había descubierto, era el único capaz de hacerla feliz.
No había sido un proceso rápido. Cuando estaban separados habían corrido ríos de tinta entre ellos; cuando estaban juntos -o al menos en la misma ciudad- apenas habían gozado de un momento a solas. Habían tenido que resignarse a las conversaciones de salón; antes de expresarse en el idioma del amor hablaban el lenguaje de los legisladores. Incluso ahora, Buzot apenas desplegaba los labios. Parecía perplejo, angustiado, atormentado. Era más joven que ella, menos experimentado en los asuntos del corazón. Tenía esposa, una mujer poco agraciada, mayor que Manon.
Manon le tocó suavemente el hombro, mientras Buzot permanecía con el rostro oculto entre las manos. Era un gesto de consuelo, e impedía que ella se pusiera a temblar.
Era preciso guardar el secreto. Los periódicos se divertían enumerando a los amantes de Manon, entre los cuales citaban con frecuencia a Louvet. Hasta la fecha ella había reaccionado con despecho, al menos públicamente. ¿Acaso no tienen nada más interesante que hacer que ocuparse de mi vida sentimental? (En privado, sin embargo, esos malévolos rumores la disgustaban profundamente; se preguntaba por qué la trataban como si fuera la Théroigne, o la Capeto). De todos modos, podía soportar los cotilleos de los periódicos; lo que no podía tolerar era la actividad del circo de chismorreos que se centraba en el Ministerio de Justicia.
Siempre había alguien que le informaba puntualmente sobre los comentarios de Danton. Este afirmaba que hacía años que su marido llevaba cuernos, en un sentido moral si no físicamente. Pero ¿cómo podía imaginar su situación? ¿Cómo podía apreciar las delicadas satisfacciones que procura una relación entre una mujer casta y un hombre honorable? Era un bruto a quien sólo podía interesarle una relación carnal. Manon conocía a Gabrielle; desde que Danton ocupaba el cargo de ministro, la había llevado una vez a la Escuela de Equitación, instalándola en la galería que ocupaba el público para que pudiera oírle rugir ante los diputados. Era una mujer tímida, encinta, que probablemente sólo pensaba en biberones y papillas. Pero no dejaba de ser una mujer. ¿Cómo puede soportarlo? ¿Cómo puede soportar acostarse con ese tosco gordinflón?
Fue un comentario indiscreto, un comentario que se le había escapado sin querer. Al día siguiente, como era de suponer, se había extendido por toda la ciudad. Manon se puso como un tomate sólo de pensarlo.
El ciudadano Fabre de Églantine fue a verla. Se sentó, cruzó las piernas y juntó las manos.
– ¿Y bien, querida?
Ese tono de confianza disgustó a Manon. No le caía bien ese hombre tan poco serio que frecuentaba a mujeres que no eran aceptadas entre la buena sociedad, ese ridículo personaje con sus teatrales ademanes y sus comentarios irónicos sobre la gente. Lo habían enviado para vigilarla, para espiarla.