La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Los aviones desaparecieron. Palestina hab�a conseguido otra victoria.
-�Ma�ana te llevan a otro lugar -dijo Salma mientras caminaban por la falda de la colina.
-�No ir� -dijo Charlie.
Oscureci� y Charlie regres� sola a su casucha. Encendi� una vela porque no hab�a electricidad, y lo �ltimo que vio en la habitaci�n fue la rama de brezo blanco colocada en el vaso de los cepillos de dientes, encima del lavatorio. Estudi� la peque�a pintura del ni�o palestino; sali� al patio, donde segu�an colgadas sus ropas�
�Hurra, est�n secas!� No ten�a manera de planchar, de modo que abri� un caj�n de su diminuto ba�l y meti� las ropas dobladas con la concentraci�n en la limpieza de un habitante del campo. �Lo puso uno de mis chicos -se dijo-. Ese alegre, con dientes de oro, a quien llamo Aladino. Es un regalo de Salma en mi �ltima noche.�
�Somos como una relaci�n amorosa -le hab�a dicho Salma al despedirse-. Te ir�s, y cuando te hayas ido, seremos un sue�o.�
�Bastardos! -pens�-. Bastardos asquerosos, asesinos. Si no hubiera estado yo aqu�, los habr�an bombardeado hasta el d�a del Juicio.�
�La �nica lealtad posible consiste en estar aqu��, hab�a dicho Salma.
Los aviones regresaron dos horas despu�s, antes de la oscuridad, cuando Charlie estaba de regreso en su casucha. La sirena comenz� demasiado tarde y todav�a corr�a hacia los refugios cuando lleg� la primera ola: eran dos, que se separaron de una exhibici�n a�rea que ensordec�a a la multitud con sus motores. �Volver�n a levantarse alguna vez? Lo hicieron y el estallido de sus primeras bombas la arroj� contra la puerta de acero, aunque el ruido no era tan malo como el temblor de tierra que lo acompa�aba y los hist�ricos gritos que llenaban el humo negro y hediondo del otro lado del campo de deportes. El golpe de su cuerpo alert� a alguien de los que estaban adentro, la puerta se abri� y fuertes manos de mujer la metieron en la oscuridad y la obligaron a sentarse en un banco de madera. Al comienzo estaba sorda como una tapia, pero gradualmente fue oyendo los gemidos de los ni�os aterrorizados y las voces m�s calmas, pero fervientes, de sus madres. Alguien encendi� una l�mpara de aceite y la colg� de un gancho en el centro del cielo raso, y durante un rato a Charlie le pareci�, en medio de su mareo, que estaba viviendo en el interior de un grabado de Hogarth colgado al rev�s. Despu�s vio que Salma estaba a su lado y record� que hab�a estado con ella desde el comienzo de la alarma. Siguieron otro par de aviones -�o era el primer par que daba una segunda vuelta?-, la l�mpara de aceite se agit� y su visi�n se corrigi� mientras las bombas se aproximaban en un crescendo cauteloso. Sinti� las dos primeras como golpes en el cuerpo�, no, otra vez no, otra vez no, por favor. La tercera fue la m�s ensordecedora y la mat� en seguida; la cuarta y la quinta le dijeron que, despu�s de todo, segu�a viva.
-��Am�rica! -grit� de pronto una mujer, con histeria y dolor, dirigi�ndose a Charlie-. �Am�rica, Am�rica, Am�rica!
Trat� de conseguir que las otras mujeres la acusaran tambi�n, pero Salma le dijo suavemente que se quedara tranquila.
Charlie esper� una hora, aunque probablemente fueran dos minutos, y al no o�r nada, mir� a Salma para decir �V�monos�, porque hab�a decidido que no hab�a nada peor que el refugio. Salma mene� la cabeza.
-�Est�n esperando que salgamos -explic� con tranquilidad, pensando tal vez en su madre-. No podemos salir antes de que oscurezca.
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