Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Hasta aquí, muy bien. Sólo te quedan un par de metros más por escalar.
Algo le tocó el pie. Se enroscó alrededor de su tobillo y apretó. Maia estuvo a punto de gritar. Mordiéndose los labios con fuerza, se obligó a soltar el nudo de pánico en su estómago y a abrir los ojos. Por fortuna, la sorpresa era el único demonio a derrotar, ya que la presencia de abajo no le hacía daño, todavía. Por ahora, parecía contentarse con frotar rítmicamente su pie.
Maia inhaló y dejó escapar un suspiro entrecortado. Consiguió girar la cabeza, y vio una mano salir por la pequeña portilla. Una mano de mujer que la llamaba.
¿Por qué no da la alarma?, se preguntó Maia, aturdida.
¡Espera! Esto es el nivel superior de carga. ¿Vivirían aquí las saqueadoras? No es probable.
Es más probable que tengan ahí a las prisioneras.
Hizo falta una molesta contorsión para que la cuerda girara y ella pudiese sujetarse con una mano mientras se acercaba más a la portilla. Al inclinarse, la porra de madera se le clavó en el vientre. El pie derecho empezaba a dolerle de tanto soportar todo su peso.
Con la mano libre, tocó la muñeca de quienquiera que la llamaba en silencio. La mano ajena se quedó rígida un instante, luego se retiró. Cerca de la abertura, Maia vio un tenue contorno acercarse… el perfil de un rostro humano. Entonces oyó un levísimo susurro.
—Me pareció reconocer mis zapatos de repuesto. ¿Cómo te va, virgie?
El murmullo era indistinguible; sin embargo, Maia conocía a la mujer.
—¡Thalla! —susurró. ¡Así que allí tenían retenidas a las vars radicales!
Oyó un leve tintineo de cadenas cuando la prisionera se acercó más a la portilla.
—Soy yo, sí. Estoy aquí con Kau y las demás.
—¿Y Kiel?
Hubo una pausa.
—Kiel está mal. Primero por la lucha, luego por discutir con nuestras anfitrionas.
Maia parpadeó.
—Oh, lo siento.
—No importa. Me alegro de verte, pequeña. ¿Qué estás haciendo aquí?
La sorpresa y el placer por aquel descubrimiento fueron rápidamente sustituidos por el dolor, tanto por la postura retorcida que mantenía como por el temor de que incluso sus susurros pudieran ser oídos en alguna parte. No sabía nada de las condiciones de prisión de Thalla, y no le apetecía experimentarlas de primera mano.
—Voy en busca de Renna. Luego a buscar ayuda.
Otra larga pausa.
—Si salimos de aquí, podremos ayudarte.
Sí, como un lúgar en una tienda de porcelana, pensó Maia. Las idealistas rads no eran enemigas para las saqueadoras. Eso ya había quedado demostrado, y esta vez eran aún menos y estaban todavía más débiles. Además, no os debo nada.
Con todo, Maia vaciló. ¿Tenía un plan mejor? Si una fuga rad conseguía aunque no fuera nada más que soltar los dos barcos, pudiera ser que incluso una rebelión abortada mereciese la pena.
—¿Haríais lo que yo mande? —preguntó.
Si no hubiera habido un momento de vacilación, Maia habría sabido que Thalla mentía.
—Muy bien, Maia. Tú eres la jefa.
—¿Cuántas guardianas hay?
—Dos, a veces tres, justo ante la puerta. Una de ellas ronca muchísimo.
Maia quería preguntar más cosas, pero el temblor de su pierna derecha iba en aumento. Un poco más y acabaría en la laguna, justo donde empezó. Suspiró pesadamente.
—Veré qué puedo hacer. ¡Pero nada de promesas!
El agradecido apretón de Thalla tembló. Maia cambió de postura para reemprender el ascenso. La presión de la porra de madera disminuyó y suspiró aliviada, sólo para hacer una mueca de dolor cuando otra cosa le lastimó el muslo. Con la mano libre, Maia rebuscó debajo del cinturón y sacó las tijeras envueltas en tela. Impulsivamente, se inclinó una vez más y las lanzó a través de la pequeña y oscura abertura. La mano desapareció de su tobillo.
Maia no se entretuvo más. Aunque le dolían la espalda y la pierna derecha, sentía los brazos descansados, por lo que al principio hicieron la mayor parte del trabajo. Pronto estuvo deslizándose casi en vertical, con el casco rozándole la espalda. Era un viaje que nunca habría imaginado hacer cuando salió de su clan materno. Ahora sólo pensaba en el siguiente paso, en el siguiente movimiento coordinado de manos, rodillas y tobillos. Cuando, por fin, una de sus piernas pasó por encima de la borda, Maia rodó por la cubierta inferior del barco y rápidamente se refugió a la sombra del palo mayor. Jadeó en silencio con la boca abierta, esperando a que el dolor remitiera, a poder escuchar una vez más los sonidos de la noche.
Se oía el leve crujido del barco anclado al mecerse. El lamer de las olas contra el casco. Un bajo murmullo de conversación. Maia alzó la cabeza para contemplar el barco pirata, el Intrépido, al otro lado del muelle. Un par de mujeres con pañuelo rojo se acurrucaban junto a un barril volcado sobre el que habían colocado una lámpara. Aunque jugaban a los dados, no había varas de monedas a la vista, lo que explicaba la aburrida naturaleza del juego. Las jugadoras no parecían llevar la cuenta mientras alternaban su uso de las piezas de marfil y conversaban en voz baja.
Tras darse la vuelta, Maia advirtió con cierta sorpresa que el Manitú parecía desierto. Naturalmente, por lo que Thalla decía, había un par de gruesas vars de guardia ante la puerta de la bodega de carga. Con todo, lo que había sacado de allí al resto de las saqueadoras tenía que ser terriblemente importante.
La vista y el oído eran vitales para advertir del peligro. Sin embargo, en cuanto se sintió más segura, Maia experimentó un súbito tropel de otras sensaciones, sobre todo olfativas. Comida, advirtió de pronto, agudamente, y corrió hacia popa con todo el sigilo posible. Justo debajo del alcázar, encontró el lugar donde se preparaba y se comía la cena. Había montones de platos sucios en remojo dentro de una olla de guiso, empapados en una bazofia. El potaje resultante era poco apetecible, incluso en el estado en que se hallaba Maia, así que siguió buscando, y obtuvo por fin su recompensa cuando encontró en un rincón un montoncito de galletas duras y una jarra abierta de agua fresca sobre una mesa ajada.
Bebió con ansia, mojando alternativamente las galletas. Mientras las devoraba, Maia buscó un saco, un trozo de tela, cualquier cosa con la que pudiera envolverlas y llevárselas a Brod. Al menos podría dejar un poco de comida para él en el pequeño bote.
No había nada a la vista que utilizar como bolsa, pero Maia sabía en qué otro sitio buscar. Con galletas en ambas manos, corrió hacia una fila de estrechas puertas situadas en la parte de atrás de la cubierta principal. Al abrir una, encontró una escalerilla que conducía a la habitación en la que ella misma había vivido hasta hacía unas cuantas semanas, junto con otra docena de mujeres, entre camastros apilados de cuatro en cuatro. Maia bajó en silencio, prestando atención hasta que verificó que en ninguna cama había saqueadoras durmiendo. No le había parecido probable, pues todo el mundo se había marchado a cumplir algún misterioso encargo.
Había entrado en busca de una bolsa, pero Maia se dio cuenta entonces de que estaba tiritando. ¿Por qué no buscar también ropa nueva?
Empezó con su antiguo camastro. Pero alguien mucho más grande, y más apestoso, lo había ocupado desde la batalla en alta mar. Siguió su camino en la oscuridad hasta que por fin encontró una camisa y unos pantalones aproximadamente de su talla, perfectamente doblados en un extremo de una cama. Todavía masticando el pan rancio, Maia se quitó los pantalones y se puso los artículos robados. Tuvo que ajustarse al máximo el cinturón de cuerda, pero todo lo demás le venía bien. Una chaqueta limpia, aunque algo deshilachada, completó su atuendo, aunque no se la abrochó, por si le hacía falta volver a zambullirse. La idea la hizo estremecerse. Por lo demás, Maia se sintió mejor, y un poco culpable por el pobre Brod, helado y hambriento, a casi medio kilómetro de distancia.