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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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¿Y ahora qué?, se preguntó, recogiendo la porra y guardándosela bajo el nuevo cinturón. Las rads podían estar prisioneras en el Manitú, pero dudaba de que Renna se hallara retenido en un lugar tan inseguro. Probablemente, estaba en el santuario. ¿Se atrevería a entrar a buscarlo? Cuanto más lo pensaba, más parecía tener sentido la idea de liberar a Thalla y a las demás. Si las rads podían apoderarse del Manitú y no alertar a nadie mientras Maia se acercaba a la entrada del santuario, podrían llegar a crear suficiente distracción para permitirle la entrada.

La primera tarea es eliminar a sus guardianas. Parece sencillo. ¿Pero cómo podré hacerlo?

Sopesó las posibilidades. Podría acercarme a la puerta de la bodega y fingir ser una mensajera… gritar pidiendo ayuda. Cuando una salta, la derribo y entonces… ¿lo intento de nuevo? ¿O bajo a por la otra?

¿Y si hay tres? ¿O más?

Era un plan digno del cerebro de un lúgar… y Maia se sentía ferozmente decidida a hacerlo funcionar. Al menos, cuando hubiera superado esa fase ya no estaría sola. Tal vez las rads tuvieran alguna idea. Miró una vez más a su alrededor, en busca de armas. Sólo encontró un pequeño cuchillo, clavado al poste de madera de uno de los camastros. Lo arrancó y se lo metió en el bolsillo de la casaca.

Había subido ya la mitad de la escalera cuando la puerta se abrió de pronto, iluminando su cara y revelando una silueta grande. Maia sólo pudo quedarse mirando, aturdida.

—Me pareció haber oído a alguien allá abajo —gruñó una voz de mujer—. Vamos, no te escondas. ¡No daré la cara por ti la próxima vez!

La silueta se volvió, y Maia se quedó parpadeando, sorprendida. La siguió rápidamente, esperando coger a la saqueadora por la espalda mientras aún permanecían fuera de la vista del Intrépido. Sin embargo, al llegar a la puerta, el corazón se le encogió al ver a otras cuatro mujeres en cubierta. Abrían una caja, de la que sacaron cuatro objetos brillantes.

Rifles, advirtió Maia. Aquellas piratas parecían bien equipadas. Ni siquiera la Guardia de Puerto Sanger estaba mejor armada. No obstante, no se sorprendió. Las vencedoras escriben la historia, ahora lo sabía. Si Baltha y su banda tienen éxito en el caos que quieren crear, nadie pondrá reparos a unos cuantos crímenes más o menos.

—¿Y bien? ¡Vamos!

La primera mujer llamó a Maia, que avanzó reticente con la cabeza gacha. Disimuló su sorpresa cuando le pusieron en las manos tres de las finas y pesadas armas, y las agarró con fuerza, sin saber qué más hacer.

—No te olvides de traer suficiente munición, Racila —dijo la líder a una pirata con la cara llena de cicatrices, que volvió a cerrar la caja—. Muy bien, regresemos o Togay nos tendrá a dieta de aire durante una semana.

Maia intentó quedarse la última, pero la jefa insistió en que fuese la primera. Cruzaron la pasarela, pasaron al muelle, y recorrieron los escandalosos tablones de madera hacia el lugar donde unos brillantes candelabros proyectaban charcos gemelos de luz a ambos lados de la entrada del santuario.

Rifles cargados, gritos, grupos de mujeres ansiosas corriendo en la noche. Sin duda aquello no era la celebración de la Víspera del Lejano Sol. En nombre de las Fundadoras, ¿qué estaba pasando? Para Maia, el peor momento fue cuando subieron los amplios y resquebrajados peldaños y pasaron bajo el feroz parpadeo eléctrico de los candelabros. Como no la descubrieron en el acto, comprendió que no era la oscuridad lo que la había salvado en el barco.

O bien hay tantas mujeres en la banda que no se conocen todas entre sí (lo que parecía altamente improbable), o bien piensan que soy Leie.

La posibilidad de contar con ese factor, el de hacerse pasar por su hermana, ya se le había ocurrido a Maia. Pero parecía demasiado previsible, demasiado arriesgado. Todas las niñas stratoianas, fueran clónicas o vars, aprendían a advertir sutiles diferencias entre mujeres «idénticas». Leie sin duda llevaba el pelo de forma diferente, tenía cicatrices distintas, y un millar de detalles diferentes que aquellas mujeres que eran unas completas desconocidas para Maia reconocerían. Además, ¿qué hacer cuando Leie apareciera por fin?

Maia había decidido al final probar el subterfugio sólo si todo lo demás fallaba. Ahora no tenía elección. Sólo podía intentar prolongar la situación.

—¡Este maldito agujero es grande como una ciudad! —le dijo en voz baja una var bajita y de aspecto duro mientras se acercaban al ancho pórtico y atravesaban las altas puertas abiertas—. Debemos de haber registrado ya cien habitaciones. No puedo reprocharte que intentaras escaquearte y echar una cabezada.

Encogiéndose de hombros como una escolar pillada haciendo novillos, Maia murmuró, imitando el tono agrio de la otra mujer:

—¡Y que lo digas! No me alisté para corretear de esta forma. ¿No ha habido suerte todavía?

—No. No he visto ni rastro de ese maldito desde el cambio de guardia, a pesar de la recompensa que ofreció Togay.

Eso confirmaba las sospechas de Maia. Están buscando a alguien. Un hombre. Su corazón redobló. Renna. Controló sus sentimientos. Todavía no puedes estar segura de eso. Podría tratarse de otro prisionero; de un miembro de la tripulación del Manitú, por ejemplo.

La entrada mostraba signos de aquella antiquísima batalla que había sacudido Jellicoe con explosiones venidas del espacio exterior. Un improvisado portal abierto en la roca conducía a un vestíbulo que antaño debió de ser hermoso, con pilastras finamente acanaladas y ya muy agrietadas. Las rudimentarias reparaciones con cemento estaban desconchadas por los efectos de la sal y del tiempo.

Estos efectos se redujeron cuando el grupo se internó en el santuario propiamente dicho, cuyas gruesas paredes habían protegido un gran vestíbulo. A partir de allí, amplios pasillos se extendían hacia el norte, el sur y el este. Ristras de bombillas eléctricas alimentadas por un generador de carbón proyectaban tenues islitas de luz a intervalos de diez metros. Tras aquellos charcos luminosos, cada pasillo se perdía en la oscuridad, rota por breves destellos de linternas que se agitaban. Gritos distantes anunciaban una acción febril, casi engullida por la fría oscuridad.

A primera vista, el lugar le recordó a Maia su primera prisión, aquel santuario más pequeño y nuevo de Valle Largo; otra ciudadela de pasadizos tallados y gruesos pilares masculinos. Sólo que aquí el olor de los siglos gravitaba en el aire. Manchas de hollín y pintadas en las paredes y techos indicaban incontables visitantes anteriores, desde eremitas hasta buscadoras de tesoros, que debían de haber venido a explorar a lo largo de los siglos, antorcha en mano. En comparación, las piratas parecían bien equipadas.

Había otra diferencia. En este lugar, un friso grabado profundamente recorría horizontalmente las paredes a la altura de los ojos. Por lo que Maia podía apreciar, el adorno tallado cubría cada pasillo, entrando y saliendo de cada habitación, y consistía únicamente en secuencias de letras del alfabeto litúrgico de dieciocho símbolos.

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