La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
De pronto imagina a Camille a los doce o trece años de edad, violento, divertido, propenso a estallar en llanto.
Entretanto, miles de voluntarios marchan al frente cantando, con unas hogazas de pan y unas salchichas ensartadas en las puntas de las bayonetas. Las mujeres les lanzan besos y ramos de flores. ¿Recuerdan los tiempos en que el sargento de reclutamiento iba a las aldeas? Ahora nadie se oculta. La gente rasca los muros de sus sótanos para extraer salitre para fabricar pólvora.
– ¿Picas? -preguntó Camille.
– Picas -respondió Fabre con aire solemne.
– No quiero ponerme en plan legalista, pero no entiendo por qué el Ministerio de Justicia tiene que comprar picas. ¿Lo sabe Georges-Jacques?
– ¿Acaso pretendes que le enseñe todas las facturas que recibimos?
– Lo cierto -dijo Camille, pasándose la mano por el pelo-, es que hemos gastado mucho dinero durante estas últimas semanas. Me preocupa pensar que ahora que somos todos diputados no tardarán en elegir a nuevos ministros, los cuales querrán saber en qué hemos gastado el dinero. Yo, sinceramente, no tengo la menor idea. ¿Y tú?
– Todo lo que te cause un problema -dijo Fabre-, anótalo en el apartado de «fondos secretos». Así nadie te hará preguntas porque se trata de algo secreto, ¿comprendes? No te preocupes. Todo irá bien, siempre y cuando no pierdas el Gran Sello. No lo habrás perdido, ¿verdad?
– No. Creo haberlo visto esta mañana.
– Bien. ¿Qué te parece si nos ocupamos ahora de nuestros propios asuntos financieros? ¿Qué hay del dinero que necesita Manon para que su ministerio edite los boletines de noticias?
– Georges le dijo que me pidiera amablemente que los editara yo.
– Es cierto. Yo estaba presente. Manon contestó que su marido hablaría contigo para asegurarse de que eras la persona adecuada. Nuestro ministro se puso como una furia.
Los dos amigos se echaron a reír.
– Bien, un bono de la Tesorería… -dijo Camille, revolviendo entre los papeles que había sobre la mesa-. Esto me lo enseñó Claude. Nunca preguntan nada si lleva la firma de Danton.
– Lo sé -contestó Fabre.
– ¿Dónde habré puesto el sello con su firma? Se lo presté a Marat. Confío en que me lo devuelva.
– A propósito de la reina Coco -dijo Fabre-. ¿No has notado nada nuevo en ella?
– ¿Cómo voy a notarlo? Se niega a verme.
– Lo había olvidado. Pues bien, he observado cierta ligereza en su paso, cierto rubor en sus mejillas… ¿No te sugiere nada?
– Que está enamorada.
Fabre ha cumplido cuarenta años. Es un hombre elegante, pálido y enjuto. Tiene la mirada y las manos de un actor. De vez en cuando, por las noches, relata algunos episodios autobiográficos, no necesariamente en orden cronológico. No es de extrañar que nada le sorprenda ni impresione. En cierta ocasión, en Namur, con ayuda de unos oficiales amigos suyos, se fugó con una joven de quince años llamada Catiche. Según dice, lo hizo para proteger de su propio padre la virginidad de la joven. La reservaba para él mismo… El caso es que los detuvieron. Los padres de Catiche la casaron apresuradamente, y Fabre fue sentenciado a morir en la horca. ¿Cómo consiguió escapar? Hace tantos años de aquello, y han pasado tantas cosas, que apenas lo recuerda.
– Georges-Jacques, en comparación con Fabre, tú y yo hemos vivido una vida de monjes -comenta Camille.
– Es cierto -responde el ministro.
– No es para tanto -dice Fabre modestamente.
Fabre acompaña al ministro en sus visitas a los distintos ministerios, golpeando con sus enormes manazas las espaldas y las mesas de sus compañeros, alcanzando acuerdos con ellos por medio de todo tipo de métodos y maniobras. El poder le sienta bien, como una vieja casaca; sus ojillos lanzan peligrosos destellos cuando alguien trata de discutir con él. Fabre alimenta su ego de forma descarada; ambos se sienten cómodos en su mutua compañía. Por las noches se toman unas copas mientras comentan los asuntos del ministerio. Al amanecer, Danton se encuentra a solas con el mapa de Europa.
Fabre es un hombre limitado, se queja Danton, me hace perder el tiempo. Pero su compañía es agradable, y el ministro está acostumbrado a él, siempre está a su lado cuando lo necesita.
Una mañana, el ministro, sentado con la barbilla apoyada en las manos, con aire pensativo, preguntó a Fabre:
– ¿Has planeado alguna vez un robo, Fabre?
Fabre lo miró alarmado.
– No -dijo Danton, sonriendo-. Ya sé que eres aficionado a las pequeñas estafas. Hablaremos de ello más tarde. Necesito tu ayuda porque quiero robar las joyas de la Corona. Sí, será mejor que te sientes.
– ¿Podrías explicarte mejor?
– Desde luego, aunque no admito peros ni exclamaciones de incredulidad. Utiliza la imaginación. Como hago yo. Tomemos al duque de Brunswick.
– El duque de Brunswick…
– Ahórrame tu diatriba jacobina… Me la sé de memoria. El caso es que Brunswick, como hombre, siente cierta simpatía hacia nosotros. El manifiesto de julio no fue obra de él; los austriacos y los prusianos le obligaron a firmarlo. Es un hombre inteligente, franco. No malgasta el tiempo llorando por los Borbones. Por otra parte, es un hombre muy rico. Es un gran soldado. Pero a los ojos de los aliados es un mercenario.
– ¿Cuáles son sus aspiraciones?
– Brunswick sabe tan bien como yo que Francia no está preparada para un Gobierno republicano. Puede que el pueblo no quiera a Luis ni a sus hermanos, pero quieren un rey, porque están acostumbrados a los reyes, y más pronto o más tarde la nación caerá bajo el gobierno de un rey, o de un dictador que se convertirá en un rey. Si no me crees, pregúntaselo a Robespierre. En otras circunstancias -tras establecer una constitución- quizás habríamos buscado en Europa a un tipo razonablemente presentable, con empaque, para que hiciera ese papel. Brunswick sin duda lo expresaría de otra forma, pero es evidente que aspira a desempeñar ese papel.
– Eso ya lo dijo Robespierre. -(Y tú, pensó Fabre, fingiste no creerlo)-. Pero luego, en julio, con el manifiesto…
– Brunswick arruinó sus oportunidades. Manchó su historial. ¿Por qué lo obligaron los aliados a firmar el manifiesto? Porque lo necesitan. Pretendían que lo odiáramos, para hundir sus ambiciones personales, y lo contrataron a su servicio.
– Y lo consiguieron. ¿Y qué?
– La situación no es… irreversible. He estado pensando en cómo sobornar a Brunswick. He pedido al general Dumouriez que inicie las negociaciones.
Fabre lo miró atónito.
– Ha sido una imprudencia. Ahora estamos en sus manos.
– Es posible, pero no se trata de esto. Se trata de los resultados para Francia, no la cuestión que tenemos pendiente el general y yo. Porque… al parecer podemos sobornar a Brunswick.
– Es humano, ¿no? No es Robespierre, ni siquiera el virtuoso Roland, como llaman los periódicos al ministro del Interior.
– No te burles -dijo Danton, sonriendo-. Es cierto que tenemos a unos cuantos santos de nuestro lado. Cuando hayan muerto, los franceses podrán ir a la guerra llevando sus reliquias para protegerse en vez de cañones, de los cuales andamos un poco escasos.
– ¿Cuánto quiere Brunswick?
– Quiere brillantes. ¿Sabías que los colecciona? Ya conocemos la codicia que inspiran los diamantes, ¿no es cierto? Sólo tenemos que fijarnos en el ejemplo de la esposa de Capeto.
– No puedo creer… -empezó a decir Fabre.
Danton lo interrumpió bruscamente:
– Robaremos las joyas de la Corona. Enviaremos a Brunswick las piedras que ha pedido, y recuperaremos las otras. Para utilizarlas en el futuro.
– ¿Pero es posible robarlas?
– ¿Acaso crees que me habría metido en esto si no lo creyera posible? -replicó Danton enojado-. El robo en sí mismo no presenta mayores problemas para unos profesionales con un poco de ayuda por nuestra parte. Los agentes de seguridad cometerán una torpeza, la investigación tropezará con ciertos obstáculos…