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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Ignoraba cuánto tiempo había permanecido inconsciente, pero tenía un hambre canina. Devoró el pedazo de pan y se bebió toda el agua.

Después de satisfacer en pequeña medida su apetito se puso a pensar cómo había llegado a aquella celda. La hermana Leoma. Recordaba a la hermana Leoma y a otras tres que la esperaban en su despacho.

La hermana Leoma era una de las principales sospechosas en la lista de las posibles Hermanas de las Tinieblas. Aunque no la había sometido a ninguna prueba, el hecho de haberla encarcelado lo demostraba. Estaba oscuro y no había visto a las otras tres, pero tenía una lista de sospechosas en la cabeza. Phoebe y Dulcinia las habían dejado pasar contraviniendo sus órdenes, por lo que, sintiéndolo mucho, tenía que incluirlas también.

Verna empezó a dar vueltas por la pequeña celda. Se estaba enfadando. ¿Cómo osaban pensar que se saldrían con la suya?

Ya se habían salido con la suya.

No, pensó con determinación, aún no. Ann le había dado una responsabilidad y Verna no la defraudaría. Alejaría a las Hermanas de la Luz de palacio.

Se llevó una mano al cinturón. Debería enviar un mensaje. ¿Osaría hacerlo estando encerrada? Si la descubrían, todo se echaría a perder. No obstante, Ann debía saber lo que había pasado.

De pronto se detuvo. ¿Cómo iba a confesar a Ann que había fallado y que, por su culpa, todas las Hermanas de la Luz corrían peligro de muerte y que ella no podía hacer nada por remediarlo? Jagang se acercaba. Tenía que escapar. Mientras ella siguiera encerrada a ninguna de las Hermanas se le ocurriría huir.

Y entonces Jagang se apoderaría de todas ellas.

Richard desmontó de un salto apenas el caballo se detuvo tras dar un patinazo. Al echar la vista atrás comprobó que sus acompañantes aún galopaban tratando de alcanzarlo. Después de acariciar la nariz al caballo empezó a atar las riendas a una palanca de hierro que pertenecía al mecanismo de puerta levadiza.

Tras examinar los engranajes y las palancas se lo pensó mejor y ató las riendas al extremo del eje de un engranaje. La palanca que había elegido en principio era la que liberaba la enorme puerta. Un fuerte tirón, y el rastrillo podía caer sobre el animal.

Sin esperar a los demás Richard entró en el Alcázar del Hechicero. Estaba furioso porque nadie lo había despertado. Veían brillar una luz en las ventanas del Alcázar durante casi toda la noche y nadie se atrevía a despertar a lord Rahl.

Luego, apenas una hora antes, Richard había visto el relámpago y el estallido de luz que se propagó en círculo desde la fortaleza en el cielo despejado, dejando a su paso una humeante capa de nubes.

Antes de penetrar en la fortaleza un pensamiento lo hizo detenerse y bajar la vista hacia la ciudad. Al pie del camino que ascendía hasta el Alcázar nacían otros caminos que se alejaban de Aydindril.

¿Y si alguien había estado en el Alcázar? ¿Y si se había llevado algo? Sería mejor que dijera a los soldados que retuvieran a cualquiera que tratara de marcharse de la ciudad. Tan pronto como los demás llegaran al Alcázar, enviaría a uno de vuelta para que advirtiera a los soldados que sellaran los caminos y no dejaran alejarse a nadie.

Observó a los viajeros. En su mayor parte llegaban a la ciudad y no se iban. Los pocos que la abandonaban eran unas familias con carretillas que abandonaban Aydindril, soldados que salían a patrullar, un par de carros cargados con mercancías y cuatro caballos, muy juntos, que trotaban adelantando a los viajeros a pie. Tendrían que detenerlos a todos y registrarlos.

Pero ¿en busca de qué? Tal vez él mismo podría echarles una mirada, después de que los soldados los obligaran a volver, para comprobar si llevaban algún objeto mágico.

Richard se volvió hacia el Alcázar. No tenía tiempo. Debía averiguar qué había pasado en la fortaleza y, además, ¿cómo sabría él si llevaban o no un objeto mágico? Sería una pérdida de tiempo. Debería dedicarlo a ayudar a Berdine a traducir el diario en vez de registrar las pertenencias de unas pocas familias. Si esa gente prefería marcharse para no vivir bajo la autoridad de D’Hara, que se fuera.

Atravesó los escudos que protegían el Alcázar. Sabía perfectamente que sus cinco guardaespaldas no podrían seguirlo y les disgustaría que no los hubiera esperado. Bueno, tal vez así la próxima vez que vieran luz en el Alcázar lo despertarían.

Embozado en su capa de mriswith fue ascendiendo hacia donde había visto que el relámpago impactaba en el Alcázar. Procuraba evitar los pasillos que le parecían peligrosos y elegía otros que al menos no le erizaran los pelillos de la nuca. Varias veces sintió la presencia de los mriswith, pero ninguno se acercó.

Finalmente se detuvo al llegar a una amplia sala de la que partían cuatro pasillos. Varias puertas estaban cerradas. Un rastro de sangre conducía a una de ellas. Richard se agachó, examinó el rastro que se veía corrido, y determinó que en realidad se trataba de dos rastros: uno que conducía a la habitación y otro que se alejaba de ella.

Abrió la capa de mriswith y desenvainó la espada. El nítido sonido metálico resonó por los corredores. Con la punta del arma abrió la puerta.

Pese a estar vacía no era una habitación normal y corriente. El suelo de madera se veía chamuscado. Melladas líneas cubiertas de hollín se habían grabado en la piedra, como si dentro de la habitación se hubiera desatado una furiosa tormenta con rayos y relámpagos. Pero lo más desconcertante eran los enormes bloques de piedra de las paredes; algunos colgaban medio dentro medio fuera, como si hubieran estado a punto de caer. La impresión era la de un lugar arrasado por un terremoto.

Asimismo vio manchas de sangre por todo el suelo, y a un lado un gran charco. Pero debido al fuego que había chamuscado el suelo estaba tan seca como el polvo, por lo que apenas podía decirle nada.

Richard siguió el rastro de sangre fuera de la habitación hasta una puerta que se abría a la muralla exterior. Al salir al frío aire vio inmediatamente las salpicaduras de sangre en la piedra. Era reciente, de no más de un día de antigüedad.

La muralla azotada por el viento estaba llena de mriswith y partes de mriswith. Aunque se habían congelado, aún hedían. En un muro de metro y medio de altura vio una enorme salpicadura de sangre y, debajo, un mriswith muerto cuya escamosa piel había reventado. Si la mancha de sangre hubiera estado en el suelo en vez de en el muro, Richard hubiera creído que el mriswith había caído del cielo y había muerto del golpe.

La macabra escena le recordaba el escenario que quedaba tras una lucha de Gratch con mriswith. Consternado sacudió la cabeza, preguntándose qué debía de haber ocurrido allí.

El rastro de sangre lo condujo hasta un agujero en el almenado muro. La sangre manchaba la piedra a ambos lados. Richard entró en el agujero y se asomó al borde. La vista producía vértigo.

Los bloques de piedra del Alcázar caían casi en vertical, ensanchándose ligeramente hacia la lejana base, situada muy abajo. La fortaleza se alzaba sobre la misma roca de la montaña, que caía en vertical miles de metros. Desde el agujero en la muralla el rastro de sangre bajaba por la fachada y luego desaparecía en la distancia. En el mismo rastro se veían varias salpicaduras de mayor tamaño. Algo se había precipitado por el borde y había caído golpeándose varias veces contra los muros. Enviaría a soldados para descubrir qué o quién había caído.

Pasó un dedo por los diferentes rastros de sangre del borde; la mayor parte despedían hedor de mriswith. Pero otros no.

¿Queridos espíritus, qué había pasado allí arriba? Richard frunció los labios y sacudió la cabeza. Mientras se envolvía en su oscura capa de mriswith y se tornaba invisible, por alguna razón pensó en Zedd. Ojalá Zedd estuviera allí con él.

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