La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— Entiendo mucho más de lo que te imaginas. Ahora mismo estás ayudando a la Orden. ¡Yo nunca he tenido que convertir a mis aliados en prisioneros para que luchen por lo que es justo!
— ¿De veras? ¿Y qué me dices de la Espada de la Verdad?
Zedd, totalmente colérico, se negó a discutir.
— Quítame ahora mismo el collar —exigió—. Richard me necesita.
— Richard tendrá que cuidar de él mismo solito. Es un chico listo, lo cual en parte te lo debe a ti. Por eso permití que creciera a tu lado.
— ¡El chico necesita mi ayuda! Debo enseñarle a usar su poder. Si no hablo con él, es posible que se le ocurra entrar en el Alcázar. Podría morir. Richard no conoce los peligros del Alcázar, y tampoco sabe cómo usar su don. No puedo permitir que muera. Lo necesitamos.
— Richard ya estuvo en el Alcázar. Pasó gran parte del día de ayer aquí y salió ileso.
— «Primera vez afortunado, segunda vez confiado, tercera vez muerto» —citó Zedd.
— Ten más fe en tu nieto. Debemos ayudarlo de otros modos. No podemos perder tiempo. Debemos irnos.
— Yo no voy a ninguna parte contigo.
— Mago Zorander, te estoy pidiendo que ayudes, te estoy pidiendo que cooperes y vengas con nosotros. Hay mucho en juego. Por favor, haz lo que digo o me veré obligada a usar el collar, y eso no te gustaría.
— Hazle caso, Zedd —intervino Nathan—. Puedo asegurarte que no te gustaría. No tienes elección. Sé cómo te sientes pero será más sencillo si obedeces.
— ¿Qué tipo de mago eres tú?
Nathan se enderezó.
— Soy un profeta.
Al menos el tipo era sincero. No se había dado cuenta del propósito de la conexión de luz y, por tanto, no sabía todo lo que Zedd había averiguado sobre él.
— ¿Y te gusta ser un esclavo?
Ann soltó una carcajada pero Nathan no rió. Sus ojos reflejaban la serena pero mortífera cólera de un Rahl.
— Te aseguro que no soy esclavo por elección. Me he opuesto a ello toda la vida.
— Es posible que la Prelada sea capaz de subyugar a un mago profeta, pero no tardará en averiguar por qué soy Primer Mago. Me hice merecedor de ello en la última guerra. Ambos lados me llamaban «el viento de la muerte».
Había sido una de las contadas ocasiones en que había perdido los estribos.
Zedd apartó la vista de Nathan para posarla en la Prelada con tal expresión de fría amenaza que Ann tragó saliva y retrocedió un paso.
— Al romper la tregua has condenado a muerte a cualquier Hermana que descubra en la Tierra Central. Los términos de la tregua son muy claros. Ninguna de vosotras tendrá derecho a un juicio ni a la compasión. Cualquier Hermana será ejecutada al instante, sea quien sea.
Zedd alzó los puños. Unos relámpagos surcaron el despejado cielo y descargaron sobre el Alcázar en el que se encontraban. Resonó un ensordecedor aullido y un anillo de luz se expandió en el cielo, dejando tras de sí una estela de nubes semejantes a humo producido por el fuego.
— ¡La tregua se ha roto! Ahora te hallas en territorio enemigo, bajo amenaza de muerte. Si me obligas a seguirte con el collar, te juro que iré al Viejo Mundo y reduciré a cenizas el Palacio de los Profetas.
La prelada Annalina Aldurren lo contempló en silencio unos momentos con expresión pétrea.
— No hagas promesas que no puedes cumplir —dijo al fin.
— ¿Qué te apuestas?
Ann esbozó una distante sonrisa.
— Debemos irnos ya.
Con sombría mirada Zedd asintió y sentenció:
— Tú misma te has condenado.
Lentamente Verna se fue dando cuenta de que estaba despierta. La oscuridad era la misma con los ojos abiertos que cerrados. Parpadeó para comprobar que realmente estaba consciente.
Tras decidir que sí recurrió a su han para encender una llama. No lo logró. Entonces se sumió más profundamente en sí misma para extraer más poder.
Finalmente, esforzándose al máximo consiguió prender una pequeña luz en la palma de su mano. Había una vela en el suelo junto al camastro que ocupaba. Verna envió la llama hacia la mecha y sintió un enorme alivio al poder ver sin tener que soportar el tremendo esfuerzo que le suponía mantener la luz con su han.
Excepto por el camastro, una pequeña bandeja con pan y un vaso de agua, y lo que a primera vista parecía un orinal colocado junto a la pared más alejada, la celda estaba desnuda. Y tampoco era muy grande. No tenía ventanas, sólo una pesada puerta de madera.
Verna reconoció el lugar: era una de las celdas de la enfermería. Pero ¿qué estaba ella haciendo en la enfermería?
Al bajar la vista reparó en que estaba desnuda. Miró alrededor y descubrió sus ropas en una pila. Al volverse de nuevo sintió algo en el cuello. Alzó una mano y se lo palpó.
Era un rada’han.
Sintió un hormigueo en todo el cuerpo. ¡Querido Creador, llevaba un rada’han al cuello! Una oleada de pánico se apoderó de ella. Con las uñas se arañó el cuello tratando de librarse del collar. Mientras tironeaba frenéticamente del aro de metal gimoteaba de terror. Se le escapó un grito. El collar no cedía.
Totalmente horrorizada supo que eso mismo era lo que los muchachos sentían al verse prisioneros de aquel instrumento de dominio. ¿Cuántas veces había ella, Verna, usado un rada’han para obligar a alguien a hacer algo en contra de su voluntad?
Claro que ella actuaba movida por la voluntad de ayudarlos, por su bien. ¿Sentían también ellos ese miedo y esa impotencia?
Recordó que había usado el collar contra Warren.
— Querido Creador, perdóname —sollozó—. Yo sólo pretendía realizar tu obra.
Verna se secó las lágrimas y pugnó por recuperar el control. Tenía que averiguar qué estaba pasando. Quien le había puesto el rada’han no pretendía ayudarla sino controlarla.
Se palpó la mano a tientas. El anillo de Prelada había desaparecido. Se le cayó el alma a los pies; había fracasado en la custodia del anillo. Se besó el dedo desnudo implorando fuerzas.
En vista de que no conseguía accionar el pomo aporreó la puerta. A continuación reunió todo su poder para proyectarlo sobre el pomo, tratando de moverlo. Nada. Llena de furia lo intentó con las bisagras que sabía que estaban al otro lado. Nada. Lenguas de luz tan verde como la bilis mental que la alimentaba lamieron la puerta, introduciéndose por los resquicios y parpadeando bajo el espacio que quedaba con el suelo.
Verna recordó haber visto a la hermana Simona intentar eso mismo hora tras hora, sin obtener resultado, por lo que interrumpió el flujo de su han. Nadie que llevara un rada’han conseguiría romper el escudo de la puerta. Así que no iba a ser tan tonta como para malgastar sus fuerzas en un esfuerzo inútil. Tal vez Simona se había vuelto loca pero ella no.
Se dejó caer sobre el camastro. Aporreando la puerta no saldría de allí, y tampoco el don la sacaría. Era una prisionera.
¿Por qué la habían encerrado? Bajó la vista hacia el dedo en el que antes llevaba el anillo de Prelada. Ésa era la razón.
Sobresaltada, recordó que la verdadera Prelada, Ann, le había encomendado una misión y que confiaba en ella para alejar de palacio a las Hermanas de la Luz antes de que Jagang llegara.
Verna se inclinó sobre su ropa y la registró frenéticamente. Su dacra había desaparecido. Seguramente por eso la habían desnudado: para asegurarse de que no llevaba armas. Lo mismo le habían hecho a la hermana Simona por su propia seguridad, para que no pudiera hacerse daño. No podían permitir que una loca llevara un arma mortal.
Sus dedos encontraron el cinturón. Bruscamente lo apartó del resto de ropa, lo palpó y notó un bulto bajo la gruesa piel.
Trémula de esperanza, acercó el cinturón a la vela y abrió la falsa costura. Allí, dentro del bolsillo secreto, estaba el libro de viaje. Verna estrechó el libro contra su pecho, balanceándose sobre el camastro, dando gracias al Creador. Al menos eso no se lo habían quitado.
Cuando finalmente se hubo calmado, acercó su ropa a la tenue luz y se vistió. Con ropas no se sentía tan desvalida. No era más que una ilusión, claro, pero al menos no debía sufrir la indignidad de ser una prisionera desnuda. Por fin se empezaba a sentir un poco mejor.