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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Su hija. Y Gracie es la hija de Cleo. Naturalmente, son iguales.

McKenzie rio.

– Un auténtico encuentro familiar. Friday también es hija de Cleo. Gwyn me lo dio como regalo de despedida.

De nuevo asomó una expresión de ternura en sus ojos al hablar de Gwyneira.

Fleur meditó. ¿Había sido el asunto de su concepción una simple relación comercial? El rostro de James expresaba otra cosa. Y Gwyneira le había regalado un cachorro de despedida, de ahí que tuviera los rasgos típicos de la prole de Cleo. Para Fleur había que examinar el asunto más a fondo…

– Mi madre debía de tenerle bastante estima… -dijo con cautela.

James se encogió de hombros.

– Tal vez no la suficiente… Pero cuenta, Fleur, ¿cómo le va? ¿Y al viejo Warden? He oído decir que el joven murió. ¿Pero tienes un hermano?

– ¡Desearía no tener ninguno! -soltó irritada, y en el mismo momento se sintió contenta del hecho de que Paul fuera sólo su hermanastro.

McKenzie sonrió.

– Vaya, esa larga historia. ¿Quieres un té, Fleur, o prefieres whisky? -Prendió el fuego, puso agua a calentar y sacó una botella de las alforjas-. Bien, yo me permitiré tomar uno ahora. ¡Por el susto que me ha dado el fantasma! -Vertió whisky en un vaso y brindó a la salud de la muchacha.

Fleurette reconsideró su decisión.

– Un traguito -dijo entonces-. Mi madre dice que a veces sirve de medicina…

James McKenzie era un buen oyente. Estaba sentado relajadamente junto al fuego mientras Fleur le contaba la historia de Ruben y Paul, de Beasley y Sideblossom y de que no quería que ninguno de estos últimos se convirtieran en su esposo.

– Entonces, ahora vas camino de Queenstown -concluyó él al final-. Para ir a buscar a tu Ruben… Dios mío, si tu madre hubiera tenido entonces tantas agallas… -Se mordió los labios y luego siguió hablando más tranquilo-. Si quieres, podemos recorrer un trecho del camino juntos. Se diría que el asunto de Sideblossom no carece de peligro. Creo que llevaré las ovejas a Dunedin y desapareceré por un par de meses. Ya veremos, ¡tal vez pruebe suerte en los yacimientos de oro!

– Estaría bien -murmuró Fleur.

McKenzie parecía saber de qué hablaba cuando se trataba de yacimientos de oro. Si lo convencía para que colaborase con Ruben, la aventura tal vez llegara incluso a buen puerto.

McKenzie le estrechó la mano.

– Entonces, ¡por una buena colaboración! Pero ya sabes, claro está, en qué te estás embarcando. Si nos pillan, te verás involucrada, pues soy un ladrón de ganado. En derecho, deberías entregarme a la policía.

Fleurette sacudió la cabeza.

– No debo entregarle -le rectificó ella-. No como miembro de la familia. Diré simplemente que usted… es mi padre.

El rostro de James McKenzie se iluminó.

– ¡Entonces, Gwyneira te lo ha dicho! -respondió con una sonrisa resplandeciente-. ¿Y te ha explicado lo que sucedió entre nosotros, Fleur? Te ha dicho tal vez que…, te ha dicho al final que ella me amó?

Fleur se mordió el labio inferior. No podía repetirle lo que Gwyn había dicho. Pero también ella estaba convencida de que no había sido la verdad. En los ojos de su madre había resplandecido el mismo brillo que veía ahora en el rostro de James.

– Ella… ella se preocupa por ti -respondió al final. Y no faltaba a la verdad-. Estoy segura de que le gustaría volver a verte.

Fleurette pasó la noche en la tienda de James. Él se quedó durmiendo junto al fuego. Al día siguiente quería ponerse temprano en marcha, pero se tomaron algo de tiempo para pescar en un arroyo y cocer pan ácimo para el camino.

– No quiero descansar al menos hasta que hayamos dejado a nuestras espaldas los lagos -explicó McKenzie-. Cabalgaremos durante la noche y pasaremos las zonas habitadas durante las horas más oscuras. Fleur, será cansado, pero hasta ahora no era peligroso. Las grandes granjas están apartadas. Y en las pequeñas, la gente mantiene los ojos cerrados y las orejas tapadas. A veces encuentran una cría como recompensa entre sus ovejas, cuyos orígenes no se remontan a las grandes granjas ovejeras, sino que ha nacido aquí. La calidad de los pequeños rebaños en torno a los lagos no deja de mejorar.

Fleur rio.

– ¿Sólo se puede salir de esta zona por el cauce del río, en realidad? -preguntó.

McKenzie sacudió la cabeza.

– No, también puedes ir a caballo por el pie de la montaña hacia el sur. Es el recorrido más fácil, hay una suave pendiente cuesta abajo y en algún momento basta con seguir el curso de un riachuelo hacia el oeste. De todos modos es el camino más largo. Conduce más bien a Fiordland que a las llanuras de Canterbury. Un camino de huida, pero no apto para recorrer todos los días. Así que, ensilla tu caballo. Vayámonos antes de que Sideblossom descubra nuestro rastro.

McKenzie no parecía preocupado en absoluto. Condujo las ovejas, una cantidad considerable, por el mismo camino que había tomado el día antes. Los animales no reaccionaron de buen grado al hecho de que los alejaran de sus pastizales habituales. Sobre todo las ovejas de cría «propias» de McKenzie emitieron unos balidos de protesta cuando las perras las reunieron.

En Kiward Station, Sideblossom no había perdido nada de tiempo buscando los caballos que habían sido sustituidos. A él le daba igual que a los hombres se les proporcionara caballos de tiro o de cría: lo principal era que avanzaran. Esto último todavía le pareció más importante cuando los hombres descubrieron que Fleurette había huido.

– ¡Los atraparé a los dos! -vociferó iracundo Sideblossom-. A ese tipo y a la chica. ¡Que lo cuelguen el día de la boda! Y ahora, en marcha, Warden, nos vamos… ¡No, no después del desayuno! Quiero ir tras ese bichejo mientras la pista todavía esté caliente.

Naturalmente, sus esperanzas se frustraron. Fleur no había dejado rastro tras de sí. Los hombres sólo podían esperar estar realmente tras su pista si la joven se había dirigido hacia los lagos y la granja de Sideblossom. Warden sospechaba, no obstante, que Fleur había escapado a las tierras altas. Aunque envió un par de hombres a lomos de caballos rápidos directos hacia Queens-town, no contaba seriamente con salir airoso de la empresa. Niniane no era un caballo de carreras. Si Fleur quería alejarse de sus perseguidores, sólo lo haría por las montañas.

– ¿Y por dónde quiere usted ahora buscar a ese McKenzie? -preguntó Reginald desalentado, cuando al final el grupo llegó a Lionel Station. La granja estaba situada en un lugar idílico a la orilla del lago, detrás se elevaban las interminables montañas de los Alpes. McKenzie podía estar en cualquier rincón de aquella zona.

Sideblossom rio con ironía.

– Tenemos un pequeño explorador -confesó a los hombres-. Creo que ya debe de estar listo para guiarnos. Antes de que me marchara todavía era algo…, cómo diría…, poco cooperativo…

– ¿Un explorador? -preguntó Barrington-. ¡Hable usted claro, hombre de Dios!

Sideblossom saltó de su caballo.

– Poco antes de partir hacia las llanuras de Canterbury, envié a un chico maorí a recoger un par de caballos a las tierras altas. Pero no los encontró. Dijo que se habían escapado. Cuando lo… presionamos un poco nos contó algo de un paso o del cauce de un río o algo así, en cualquier caso, detrás de eso parece que todavía hay tierra sin explorar. Mañana nos lo enseñará. ¡O lo tengo a pan y agua hasta que el cielo caiga sobre nuestras cabezas!

– ¿Ha encerrado al chico? -preguntó sorprendido Bar-rington-. ¿Qué dice la tribu de ello? No incomode a sus maoríes…

– Ah, ya hace una eternidad que el muchacho trabaja para mí. Es probable que no pertenezca a las tribus de la región, y si es así no me importa. Sea como fuere, mañana nos conducirá al paso.

El chico resultó ser un niño y estar desnutrido y muerto de miedo. En efecto, durante la ausencia de Sideblossom había permanecido todos los días encerrado en un cobertizo oscuro y sólo era un ovillo tembloroso. Barrington suplicó a Sideblossom que dejara de inmediato en libertad al niño, pero éste se limitó a reír.

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