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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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La tienda, en efecto, era fácil de encontrar. Ethan, un hombre de mediana edad, seco y calvo, estaba justamente arreglando los escaparates para cerrar.

– De hecho, conozco a todos los buscadores de oro -respondió a la pregunta que le había formulado Fleurette-. Yo recibo sus cartas. Y en general ahí no se lee nada más que «John Smith. Queenstown». Las recogen aquí, por lo que a veces hay dos muchachos que pelean diciendo ser John Smith…

– Mi amigo se llama Ruben. Ruben O’Keefe -explicó diligente Fleur, aunque su razón le advertía que no llegaría muy lejos en ese lugar. Si era cierto lo que Ethan decía, sus cartas habrían acabado ahí. Y era evidente que nadie las había recogido.

El empleado reflexionó.

– No, miss, lo siento. Conozco el nombre…, todo el tiempo llegan cartas para él. Las tengo todas aquí. Pero al joven…

– ¿Quizás haya dado otro nombre? -se le ocurrió a Fleurette tratando de aliviarse-. ¿Y Davenport? ¿Qué hay de Ruben Davenport?

– Tengo tres Davenport -respondió reposado Ethan-. Pero ningún Ruben.

Amargamente desilusionada, Fleur ya iba a salir cuando decidió hacer otro intento más.

– Tal vez se acuerde de él por su aspecto. Un hombre alto y delgado…, bueno, más bien un muchacho, tiene dieciocho años. Y tiene los ojos grises, un poco como el cielo antes de que llueva. Y el cabello castaño oscuro, revuelto, con un matiz rojizo… Nunca consigue llevarlo bien peinado. -La muchacha sonreía soñadora mientras lo describía, pero la expresión del empleado de correos enseguida la hizo volver a la realidad.

– No lo conozco. ¿Y tú, Ron? ¿Te suena? -Ethan se volvió a un hombre bajo y gordo que acababa de entrar y que esperaba apoyado en el mostrador de la tienda.

El gordo se encogió de hombros.

– ¿Cómo es el mulo que lleva?

Fleurette recordó que Daphne había llamado Ron al propietario del establo de alquiler y volvió a alimentar esperanzas.

– ¡Tiene un caballo, señor! Una yegua pequeña, muy maciza, parecida a la mía… -Señaló por la puerta abierta a Niniane, que seguía esperando frente al hotel-. Pero más pequeña y de pelaje rojizo. Se llama Minette.

Dan asintió pensativo.

– Elegante caballo -dijo, con lo cual no dejó adivinar si se refería a Niniane o a Minette. Fleurette apenas si podía controlar su impaciencia.

– Suena como si fuera el pequeño Rube Kays. Ese que tiene con Stue Peters la parcela esa rara, arriba junto al río Shotover. A Stue sí lo conoces. Es aquel…

– Ese que siempre se queja de que no le sirven mis herramientas. ¡Ah, sí, de ése me acuerdo! Y del otro también, pero no cuenta mucho. Es verdad, tiene un caballo así. -Se volvió hacia Fleur-. Pero ahí ya no puede ir hoy, lady. Son seguro dos horas por la montaña.

– ¿Y se alegrará de verte…? -inquirió Ron-. No quiero decir nada, pero cuando un tipo pone tanto empeño en cambiar su nombre y largarse al último rincón de Otago para escaparse de ti…

Fleurette se encendió, pero estaba demasiado feliz de su hallazgo para enfadarse.

– Seguro que se alegra de verme -aseveró-. Pero hoy ya es realmente demasiado tarde. ¿Puedo alojar mi caballo en su establo, señor… señor Ron?

Fleur pasó una noche inesperadamente tranquila en su habitación del Hotel de Daphne. Pese a que resonaba la música de piano procedente de abajo y en el bar también había baile (además de que hasta la media noche más o menos se sucedieron en el hotel entradas y salidas constantes). Nadie molestó a Fleur, y en algún momento ella concilió apaciblemente el sueño. A la mañana siguiente se despertó pronto y no se extrañó demasiado del hecho de que, salvo ella, nadie más se hubiera levantado. Para su sorpresa, abajo la esperaba una de las muchachas rubias.

– Tengo que prepararle el desayuno, Miss Fleur -anunció servicialmente-. Daphne dice que la espera una larga cabalgada, Shotover arriba, para ir en busca de su prometido. ¡Laurie y yo lo encontramos muy romántico!

Entonces, ésta era Mary. Fleur dio las gracias por el café, el pan y el huevo y no se sintió molesta cuando Mary se sentó confiada con ella después de haber servido también a Gracie un platito con restos de carne.

– Qué perro más mono, miss. Una vez conocí uno igual. Pero hace mucho tiempo de eso… -El rostro de Mary casi adoptó una expresión soñadora. La joven no respondía en absoluto a la idea que Fleur tenía de una prostituta-. Antes, nosotras también pensábamos que encontraríamos a un muchacho amable -siguió hablando Mary, mientras acariciaba a Gracie-. Pero lo absurdo es que un hombre no puede casarse con dos chicas. Y nosotras no queremos separarnos. Tendríamos que encontrar unos mellizos.

Fleurette rio.

– Pensaba que en su profesión no se casaban -apuntó, repitiendo el comentario que había hecho Daphne el día anterior.

Mary le dirigió una mirada grave con sus redondos ojos azules.

– Ésta no es nuestra profesión, miss. Somos chicas como Dios manda y todo el mundo lo sabe. De acuerdo, bailamos un poco, pero no hacemos nada indecente. Es decir, nada «realmente» indecente. Nada con hombres.

Fleurette se extrañó. ¿Podía permitirse un establecimiento como el de Daphne dos cocineras?

– También limpiamos las casas del señor Ethan y del peluquero, el señor Fox, para ganar algo más. Pero siempre trabajamos de forma respetable; ya se encarga Daphne de ello. Si alguien nos pone un dedo encima, arma un alboroto. ¡Un escándalo de padre y muy señor mío! -Los ojos de niña de Mary se iluminaron. Parecía de hecho un poco retrasada. ¿Sería por eso que Daphne se cuidaba de ellas? Pero ahora tenía que irse.

Mary se negó a cobrarle la habitación.

– Ya lo arreglará usted con Daphne, miss, cuando vuelva a pasar por aquí. Tengo que decirle que puede usted volver otra vez esta noche. En caso de que suceda algo con su… con su amigo.

Fleurette asintió agradecida y sonrió para sus adentros. Era evidente que ya se había convertido en la comidilla de Queenstown. Y la comunidad no parecía ser muy optimista respecto a su asunto amoroso. Fleurette, a su vez, estaba aun más contenta cuando cabalgó a lo largo del lago, rumbo al sur, y luego remontó el ancho río hacia el oeste. No pasó por grandes campamentos de buscadores de oro. Se hallaba en los terrenos de viejas granjas de ovejas, la mayoría más cercanas a Queenstown que la concesión de Ruben. Los hombres habían construido allí barracones, pero a ojos de Mary se trataban más bien de una especie de versión nueva de Sodoma y Gomorra. La joven se lo había explicado de forma muy plástica; por lo visto, conocía muy bien la Biblia. Sea como fuere, Fleur estaba contenta de no tener que buscar a Ruben entre una horda de toscos compañeros. Dirigió a Niniane por la orilla del río y disfrutó del aire limpio y bastante frío. En las llanuras de Canterbury todavía hacía calor a finales de verano, pero esa región era más alta y los árboles que bordeaban el camino ya anticipaban los colores del otoño que aparecerían en esa zona. En pocas semanas los lupinos estarían en flor.

Fleur encontró extraño que hubiera tan pocos seres humanos en la zona. Si ahí se podían obtener concesiones, eso debería de estar hecho un hervidero de buscadores de oro.

Ethan, el empleado de correos, había realizado unos detallados apuntes sobre la situación de cada una de las concesiones y le había descrito con precisión el área de excavaciones de Ruben y Stue. Pero no debería de ser muy difícil de encontrar. Los hombres acampaban junto al río, y tanto Gracie como también Niniane se percataban más de su presencia que Fleur. Niniane erguía las orejas y emitía un relincho estridente que enseguida era respondido. También Gracie husmeaba y corría de un lado a otro deseosa de saludar a Ruben.

Lo primero que vio Fleur fue a Minette. La yegua estaba algo alejada de la orilla del río, atada al lado de un mulo y la miraba excitada. Junto al río, Fleur distinguió un fogón y una tienda primitiva. Demasiado cerca del río, le pasó por la cabeza. Si el Shoover sufría una crecida repentina -y eso sucedía con frecuencia en los ríos de montaña- arrastraría consigo el campamento.

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