En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
El hombre volvió a asentir.
– Usted es Fleurette Warden, de Kiward Station -dijo él-. Por Dios, en un principio pensaba estar viendo fantasmas…, Gwyneira, Cleo, Igraine… Es usted realmente la imagen misma de su madre. Cabalga con la misma elegancia. Pero ya se preveía. Todavía recuerdo cuánto refunfuñaba de pequeña hasta que la dejaba montar -sonrió-. Pero usted no se acordará de mí. Permita que me presente…, James McKenzie.
Fleurette se lo quedó mirando a su vez, hasta que bajó la vista turbada. ¿Qué esperaba el hombre de ella? ¿Debía ella actuar como si no conociera su fama de ladrón de ganado? ¿Silenciar el hecho, todavía inconcebible, de que ese hombre era su padre?
– Yo…, escuche, no tiene que creer que yo…, que yo he venido hasta aquí porque quiera apresarlo o algo así… -añadió al final-. Yo…
McKenzie soltó una carcajada, se repuso luego y respondió a la adulta Fleur tan en serio como antaño respondía a la niña de cuatro años.
– Nunca lo hubiera esperado de usted, Miss Fleur. Siempre tuvo una debilidad por los bandidos. ¿Acaso no permaneció durante un tiempo en la banda de un tal Ruben Hood? -Ella descubrió el brillo travieso de sus ojos y lo reconoció de repente. De niña lo había llamado señor James y para ella siempre había sido un amigo especial.
Fleurette abandonó su reserva.
– ¡Todavía! -respondió siguiendo la broma-. Ruben Hood y yo nos hemos prometido… Ésta es la razón de que esté aquí.
– Ajá -respondió McKenzie-. El bosque de Sherwood es demasiado pequeño para el creciente número de vuestros partidarios. Entonces, puedo serle de ayuda, Lady Fleur…, aunque ahora deberíamos llevar las ovejas a un lugar seguro. Este sitio se está poniendo muy peligroso para mí. ¿Desea acompañarme, Miss Fleur, para contarme más acerca de usted y su madre?
Fleurette asintió solícita.
– Con gusto. Pero… lo mejor sería que se pusiera usted en marcha hacia un lugar donde esté realmente a salvo. Y devolver simplemente las ovejas. El señor Sideblossom está en camino con un grupo de búsqueda…, medio ejército, dice mi madre. Mi abuelo también está con ellos. Quieren atraparlo a usted y a mí…
Fleurette echó una mirada alerta alrededor de ella. Hasta el momento se había sentido segura, pero si las sospechas de Sideblossom eran ciertas, se encontraba ahora en el terreno de Lionel Station, la zona de Sideblossom. Y posiblemente tenía el punto de referencia para saber dónde se hallaba McKenzie.
McKenzie volvió a reírse.
– ¿A usted, Miss Fleur? ¿Qué habrá hecho usted para que le envíen un grupo de búsqueda?
Fleur suspiró.
– Ah, es una larga historia.
McKenzie asintió.
– Bien, entonces dejémoslo mejor para cuando estemos a bueno recaudo. Sígame, y su perra puede ir con Friday. Nos marcharemos a toda prisa. -Dio un silbido a Friday, que de inmediato pareció entender lo que se esperaba de ella. Condujo las ovejas por la terraza hacia un lado, hacia el oeste, en dirección a los Alpes.
McKenzie se subió al mulo.
– No tiene que preocuparse, Miss Fleur. En las tierras por las que ahora cabalgaremos está fuera de cualquier peligro.
Fleurette se unió a él.
– Llámeme simplemente Fleur -le pidió-. Aunque sea… muy extraño, pero todavía resulta más raro que mi…, bueno, que alguien como usted me llame Miss.
McKenzie le lanzó una mirada inquisitiva.
Ambos cabalgaron durante un rato, uno al lado del otro, en silencio, mientras los perros conducían las ovejas por un terre-no al principio poco atractivo y accidentado. Allí crecía poca hierba y el camino iba pendiente arriba. Fleur se preguntaba si McKenzie la estaría llevando realmente a la montaña, pero le costaba imaginárselo.
– Cómo es que usted…, me refiero a cómo ha llegado usted… -explotó al final curiosa, mientras Niniane se adentraba hábilmente por el camino pedregoso. Éste cada vez era más difícil y se extendía ahora por el angosto cauce de un arroyo flanqueado por paredes rocosas-. Usted era capataz de Kiward Station y…
McKenzie esbozó una sonrisa irónica.
– ¿Te refieres a por qué un trabajador respetado y con un sueldo aceptable se convierte en ladrón de ganado? Ésta también es una larga historia…
– Pero el camino también es largo.
McKenzie posó en ella de nuevo una mirada casi tierna.
– Pues bien, Fleur. Cuando me marché de Kiward Station lo que en realidad había planeado era comprar mi propia tierra y empezar con la cría de ovejas. Había ahorrado un poco y los dos años anteriores habían sido exitosos. Pero ahora…
– ¿Pero ahora? -preguntó Fleur.
– Es casi imposible adquirir pastizales a precios aceptables. Los grandes criadores de ovejas (Warden, Beasley, Sideblossom) lo roban todo. La tierra maorí es, desde hace un par de años, propiedad de la Corona. Sin la autorización del gobernador, los maoríes no pueden comprarla. Y esa autorización sólo la obtienen unas escogidas personas interesadas. Por añadidura, las fronteras están poco definidas. A Sideblossom, por ejemplo, le pertenece el pastizal entre el lago y las montañas. Hasta ahora reclama el terreno que llega hasta las terrazas en las que nos hemos encontrado. Pero si se descubre más, sostendrá asimismo, naturalmente, que ese terreno también es suyo. Y nadie protestará a no ser que los maoríes se animen y reclamen sus derechos de propiedad. Pero casi nunca lo hacen. Su actitud frente a la tierra difiere por completo de la nuestra.
»Precisamente aquí, al pie de los Alpes, pocas veces se instalan por largo tiempo. A lo sumo, vienen un par de semanas en verano para pescar y cazar. Al menos los criadores de ovejas no se lo impiden, si son listos. Los menos listos se enfadan. Éstos son los incidentes que califican en Inglaterra de «guerras de los maoríes».
Fleurette asintió. Miss Helen había hablado de levantamientos, pero habían acaecido sobre todo en la isla Norte.
– En cualquier caso, en aquel tiempo no encontré tierras. El dinero hubiera alcanzado, como mucho, para una granja diminuta y yo no habría podido comprarme ganado. Así que me marché a Otago en busca de oro. Sin embargo, yo prefería un proyecto distinto. Sé un poco de qué estoy hablando, Fleur, pues conocí la fiebre del oro en Australia. Así que pensé en dar un rodeo y echar un vistazo…, así lo hice, y entonces encontré esto.
McKenzie abarcó el paisaje con un gesto amplio y enfático de los brazos y Fleurette abrió los ojos como platos. Durante los últimos minutos de cabalgada, el cauce del río se había ensanchado: la vista se extendía por una altiplanicie. Había hierba en abundancia y pastizales que se dilataban por las suaves pendientes. Las ovejas enseguida se esparcieron por el terreno.
– Permítame: ¡McKenzie Station! -anunció James sonriendo-. Ocupada hasta el momento por mí y una tribu maorí que pasa por aquí una vez al año, y que tanto pueden conceder a Sideblossom como a mí. Recientemente él está cercando grandes pastizales y con ello ha cortado a los maoríes el paso a uno de sus santuarios. De todos modos tienen buenas relaciones conmigo. Acampamos juntos, intercambiamos regalos…, no me delatarán.
– ¿Y dónde vende usted las ovejas? -preguntó curiosa Fleur.
James rio.
– ¡Realmente quieres saberlo todo! Pues bueno, tengo un comerciante en Dunedin. No investiga a fondo si le llegan animales de calidad. Y sólo vendo los que he criado yo mismo. Cuando los animales de cría ya están quemados, no los doy, se quedan aquí, primero me desprendo de los corderos. Ven, aquí cerca está mi campamento. Es bastante básico, pero no quiero construir una cabaña. Por si acaso un pastor se extravía. -McKenzie condujo a Fleurette a una tienda y un fogón-. Puedes atar allí al caballo, he tendido una cuerda entre los árboles. Hay mucha hierba y se llevará bien con el mulo. Una yegua preciosa. ¿Emparentada con la de Gwyn?
Fleurette asintió.