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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Y donde también acampaba su padre… La idea le produjo una extraña alegría. No estaría sola en las tierras altas. También James McKenzie era un perseguido.

6

Las tierras situadas por encima de los lagos Tekapo, Pukaki y Ohau eran maravillosas. Fleurette no se hartaba de contemplar las aguas cristalinas de los lagos y arroyos, las caprichosas formaciones rocosas y el aterciopelado verdor de los prados. Justo detrás se alzaban los Alpes. Sideblossom tenía razón: no podía excluirse la posibilidad de que ahí todavía quedaran valles y lagos aguardando a quien los descubriese.

Loca de alegría, Fleurette dirigió su yegua montaña arriba. Tenía tiempo. ¡Tal vez encontrara oro! De todos modos, no tenía ni idea de la mejor manera de buscarlo. Una observación más precisa de los arroyos fríos como el hielo donde bebió y en los que apenas si se remojó tiritando, no le había revelado la existencia de ninguna pepita de oro. Pero como contrapartida, había pescado y, tres días después, se había atrevido a encender un fuego para asar sus presas. Al principio había tenido demasiado miedo para hacerlo y había estado constantemente a la espera de que aparecieran los hombres de Sideblossom. En el ínterin se había aproximado a la opinión de su madre: esa región era demasiado grande para peinarla. Sus perseguidores no sabrían por dónde empezar y, además, también había llovido. Incluso si quienes iban en su busca empleaban sabuesos (y al menos en Kiward Station no había ningún animal apropiado), las huellas ya hacía tiempo que habrían desaparecido y estarían frías.

Mientras tanto, Fleur se desenvolvía segura de sí misma por las tierras altas. Había jugado con frecuencia con niños maoríes de su edad y visitado a amigos en sus poblados. Por eso sabía perfectamente dónde encontrar raíces comestibles, cómo amasar la harina de takakau y cocerla, pescar y encender hogueras. No dejó rastros de su presencia. Cubrió con meticulosidad los fuegos apagados con tierra y enterró los desperdicios. No cabía duda de que nadie la seguía. En un par de días giraría al este, hacia el lago Wakatipu, donde se hallaba Queenstown.

¡Si al menos no tuviera que vivir esa aventura completamente sola! Tras casi dos semanas de cabalgada, Fleur se sentía sola. Era bonito acurrucarse por las noches junto a Gracie, pero ansiaba mucho más disfrutar de compañía humana.

Al parecer no era la única que añoraba a representantes de su misma especie. También Niniane relinchaba a veces perdida en esa amplitud de espacio, pese a que seguía obedientemente las instrucciones de Fleurette.

Al final fue Gracie la que encontró compañía. La perrita se había adelantado mientras Niniane se aventuraba por un paso accidentado. También Fleurette tenía que concentrarse en el camino, así que cuál no fue su sorpresa cuando detrás de una roca, donde la tierra pedregosa de nuevo desembocaba en una planicie cubierta de hierba, vio jugar a dos perros tricolores. Fleurette creyó al principio que se trataba de una alucinación. Pero si hubiera visto a Gracie por duplicado, ¡ambos animales deberían moverse a la par! Sin embargo, los dos saltaban uno al lado del otro, se perseguían y disfrutaban a ojos vistas de estar juntos. ¡Y se parecían como dos gotas de agua!

Fleurette se aproximó para llamar a Gracie. Distinguió entonces las diferencias entre los dos perros. Uno era algo más grande que Gracie y con el hocico más largo. Pero no había duda de que se trataba de un Border collie de pura raza. ¿A quién debía de pertenecer? Fleur estaba segura de que los Border collies no vagabundeaban ni cazaban por allí. Sin su amo no se desplazarían hasta tan lejos por la montaña. Además, ese animal daba la impresión de estar cuidado.

– ¡Friday! -Era una voz masculina-. Friday, ¿dónde te has metido? ¡Ya es hora de que las reúnas!

Fleur se dio la vuelta, pero no pudo ver al hombre que gritaba. Friday, la perra, se volvió hacia el oeste, donde la llanura se extendía hasta el infinito. Pero entonces debería distinguirse también a su amo. A Fleur le pareció extraño. Friday, por su parte, no parecía dispuesta a separarse de Gracie de buen grado. Pero de repente ésta se puso a olfatear, volvió los ojos brillantes hacia Fleurette y su caballo, e inmediatamente los dos perros se pusieron en movimiento como tirados por unos hilos invisibles.

Fleur los siguió a lo que parecía ser la nada, pero de golpe cayó en la cuenta de que era presa de una ilusión óptica. En ese lugar el prado no se extendía hasta el horizonte, sino que descendía en terrazas. Friday y Gracie corrieron hacia abajo. Luego, también Fleur reconoció lo que de forma tan mágica atraía a los perros. En la terraza inferior, ahora perfectamente visibles, pastaban unas cincuenta ovejas guardadas por un hombre que tiraba de un mulo por las riendas. Cuando vio a Friday llevando a remolque a Gracie, pareció tan desconcertado como antes Fleur, y luego dirigió la vista con desconfianza hacia el lugar de donde procedían las perras. Fleurette dejó que Niniane saltara terraza abajo.

Sentía más curiosidad que temor. A fin de cuentas, el desconocido pastor no tenía aspecto de ser peligroso y mientras ella se mantuviera a lomos de su caballo, él no lograría hacerle ningún daño. El mulo, con su pesada carga, no podría perseguirla.

Entretanto, Gracie y Friday se habían puesto a reunir las ovejas. Trabajaban con tanta destreza y autonomía, formando un equipo, que parecían haberlo hecho toda la vida.

El hombre se quedó de piedra cuando vio que Fleur y su yegua se acercaban saltando.

Fleur contempló un rostro anguloso y curtido por el tiempo con una abundante barba castaña, como el cabello, en el que ya asomaban algunas hebras grises. El hombre era fuerte, pero delgado, vestía una ropa desgastada, como las alforjas del mulo, pero limpia y cuidada. Sin embargo, los ojos del pastor miraban a Fleurette como si hubieran visto un fantasma.

– No puede ser -dijo en voz baja, cuando la muchacha detuvo el caballo delante de él-. No es posible…, y el perro tampoco. Pronto… pronto tendrá veinte años. ¡Dios mío… -El hombre pareció intentar calmarse. Como buscando apoyo, se agarró a su silla de montar.

Fleur se encogió de hombros.

– No sé quién dice que no soy. Pero usted sí tiene un bonito perro.

El hombre intentaba recobrar la calma. Respiraba hondo y todavía miraba a Fleur con incredulidad.

– No me queda más remedio que devolverle el elogio -respondió un poco más sosegado-. ¿Está… está adiestrado? Me refiero si como perro pastor.

Fleur tuvo la impresión de que el hombre no se interesaba realmente por Gracie, sino que quería ganar tiempo mientras su mente seguía trabajando de manera febril. Pero Fleur asintió y buscó una tarea adecuada con la que probar a los perros. Luego sonrió y dio una orden a Gracie. La perrita salió volando.

– ¿Ve el carnero ese grande de la derecha? Lo conducirá entre esas dos rocas. -Fleurette se acercó a las rocas. Gracie ya había separado el carnero y esperaba más instrucciones. Friday permanecía al acecho, dispuesta en todo momento para saltar junto a la otra perra.

Pero ésta no necesitaba ayuda. El carnero trotó relajadamente entre las piedras.

El hombre asintió y también él sonrió. Parecía mucho más tranquilo. Era evidente que había llegado a una conclusión.

– La oveja madre de ahí -dijo señalando a un animal preñado y silbó a Friday. Acto seguido la perrita salió volando para rodear el rebaño, separar la oveja indicada y llevarla a las rocas. Pero la oveja madre era menos dócil que el carnero de Gracie. Friday requirió tres intentos hasta conducirla felizmente entre las rocas.

Fleurette sonrió complacida.

– ¡He ganado! -exclamó.

Los ojos del hombre centellaron y Fleur creyó reconocer en ellos ternura.

– Tiene usted unas bonitas ovejas -prosiguió atropelladamente-. Sé de qué estoy hablando. Yo soy…, vengo de una granja donde se crían ovejas.

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