En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¡Tú, mujerzuela indecente! -Gerald le propinó la segunda bofetada de la noche-. ¿Dónde has dejado a tu amante, eh? ¿Dónde está Johnny? Diablo de hombre está hecho, ¡llevarte al huerto delante de mis narices! ¡Pero éstos no son modales, Fleurette, no lo son! -Le dio un empujón en el pecho, pero ella no cayó. Sin embargo, no consiguió sujetar los jirones de su camisa. Sollozó cuando la fina tela cayó dejando sus pechos a la vista de todos los hombres.
La visión pareció devolver a Gerald la sobriedad. Si hubiera estado solo, seguramente habría despertado en él otro sentimiento que el del pudor, pero antes que nada se avivó su sensato interés comercial. Después de esta historia, nunca podría desprenderse de Fleurette dejándola en manos de un hombre decente. Sideblossom tenía que quedarse con ella y eso significaba que la dignidad de la joven debía mantenerse más o menos salvaguardada.
– ¡Ahora, tápate y ve a tu habitación! -ordenó, mientras retiraba la mirada de ella-. Mañana comunicaremos tu compromiso, incluso si debo llevar a ese tipo frente al altar apuntándolo con una pistola. ¡Y a ti también! ¡Y ahora basta de tonterías!
Fleurette estaba demasiado asustada y agotada para responder nada. Se recogió la blusa y huyó escaleras arriba.
Gwyneira se reunió con ella una hora más tarde, sollozaba y temblaba bajo las sábanas. La misma Gwyn temblaba, pero de rabia. Primero contra sí misma, porque antes había llamado a capítulo a Sideblossom y luego había puesto a salvo los caballos en vez de acompañar a Fleurette. Por otra parte, eso no habría servido para mucho. Las dos mujeres simplemente habrían tenido que escuchar juntas la perorata de Gerald, pero una hora más tarde. Pues los hombres, claro está, todavía no se habían retirado. John Sideblossom se había reunido con ellos después de que Gwyn le soltara el sermón en el establo y les había explicado sabe Dios qué. En cualquier caso, Gerald ya estaba esperando a Gwyneira para arrojar sobre ella más o menos los mismos reproches y amenazas que antes había lanzado contra Fleur. Era obvio que mostraba tan poco interés como sus «testigos» por que le describieran los hechos desde otro punto de vista. Al día siguiente, insistió el anciano, Fleur y John se prometerían en matrimonio.
– Y… y lo peor es, que tiene razón… -balbuceó Fleur-. A mí… a mí no me creerá nadie más ahora. Lo contarán por… por toda la región. Si ahora digo que no delante del… del sacerdote, todos se reirán de mí.
– ¡Pues que se rían! -respondió con firmeza Gwyn-. ¡No te casarás con ese Sideblossom, ni por encima de mi cadáver!
– Pero… pero el abuelo es mi tutor. Me forzará a hacerlo -replicó Fleur llorando.
Gwyneira tomó una resolución. Fleur debía marcharse de ahí. Y sólo se marcharía si le revelaba la verdad.
– Escucha, Fleur, Gerald Warden no puede obligarte a nada. En rigor, ni siquiera es tu tutor…
– Pero…
– Hace las veces de tutor porque se considera tu abuelo. Pero no es así. Lucas Warden no era tu padre.
Ya lo había dicho. Gwyneira se mordió los labios.
El llanto de Fleurette se interrumpió de pronto.
– Pero…
Gwyn se sentó a su lado y la cogió entre sus brazos.
– Escucha, Fleur: Lucas, mi esposo, era una buena persona. Pero él… él no podía concebir hijos. Lo intentamos, pero no salió bien. Y tu abu…, y Gerald Warden nos hacía la vida imposible porque no tenía heredero para Kiward Station. Y entonces yo… yo…
– ¿Engañaste a mi pad…, a tu marido, quiero decir? -La voz de Fleurette reflejaba su desconcierto.
Gwyn sacudió la cabeza.
– No sé si me entiendes, pero no lo engañé con el corazón. Sólo para tener un hijo. Luego siempre le fui fiel.
Fleurette frunció el ceño. Gwyn veía lo que estaba pasando realmente por la cabeza de la joven.
– ¿Y de dónde viene Paul? -preguntó al final.
Gwyn cerró los ojos… Y ahora eso todavía…
– Paul es un Warden -dijo-. Pero no hablemos de Paul, Fleurette, creo que tendrías que marcharte de aquí…
Fleur no parecía estar escuchándola.
– ¿Quién es mi padre? -preguntó en voz baja.
Gwyneira reflexionó por unos segundos. Pero decidió contar la verdad.
– El que antes fuera nuestro capataz: James McKenzie.
Fleurette la miró con ojos desorbitados.
– ¿«Ese» McKenzie?
Gwyneira asintió.
– Precisamente él. Lo siento, Fleur…
En un principio, Fleurette pareció enmudecer. Pero luego sonrió.
– Qué emocionante. Romántico de verdad. ¿Te acuerdas de cuando Ruben y yo jugábamos a Robin Hood? Y ahora resulta que soy, por así decirlo, ¡la hija de un pequeño propietario!
Gwyneira puso los ojos en blanco.
– Fleurette, ¡madura! La vida en las tierras altas no es romántica, es dura y peligrosa. Ya sabes lo que quiere hacer Sideblossom con James cuando lo encuentre.
– ¿Lo amabas? -preguntó Fleurette con los ojos resplandecientes-. Me refiero a tu James. ¿Lo amabas de verdad? ¿Te pusiste triste cuando se marchó? ¿Y por qué se fue? ¿Por mi culpa? No, no puede ser por eso. Me acuerdo de él. Un hombre alto con el cabello castaño, ¿verdad? Me montaba en su caballo y siempre reía…
Gwyneira asintió con dolor. Pero no debía fomentar las fantasías de Fleurette.
– No lo amé. Sólo era un acuerdo, una especie de… negocio entre nosotros. Cuando naciste, ya había concluido. Y no tuvo nada que ver conmigo el hecho de que se marchara.
En rigor no era del todo mentira. La partida había tenido que ver con Gerald y Paul. Gwyneira seguía sintiendo dolor. Pero Fleurette no debía saber nada de eso. ¡No debía saberlo!
– Y ahora dejemos este tema, Fleur, si no se nos habrá pasado la noche. Debes salir de aquí antes de que mañana se festeje un gran compromiso matrimonial y lo empeore todo aún más. Empaqueta un par de cosas. Te traigo dinero del despacho. Puedes quedarte con todo lo que tengo, pero no es mucho porque la mayoría de los ingresos se hacen directamente en el banco. Andy todavía estará despierto e irá a buscar a Niniane. Y luego ¡vuela!, así ya estarás lejos cuando mañana los hombres hayan dormido la mona.
– ¿Tienes algo en contra de que me reúna con Ruben? -preguntó Fleurette sin aliento.
Gwyneira suspiró.
– Preferiría estar segura de que lo encontrarás. Pero es la única posibilidad, al menos mientras los Greenwood permanezcan en Inglaterra. Maldita sea, ¡debería haberte enviado allí con ellos! Pero ahora es demasiado tarde. ¡Busca a Ruben, cásate con él y sé feliz!
Fleur la abrazó.
– ¿Y tú? -preguntó en voz baja.
– Yo me quedo aquí -contestó Gwyn-. Alguien tiene que ocuparse de la granja y, como tú ya sabes, a mí me gusta. Gerald y Paul…, bueno, a ellos tengo que aceptarlos como son.
Una hora más tarde, Fleurette galopaba hacia las montañas a lomos de la yegua Niniane. Había acordado con su madre que cabalgaría directa hacia Queenstown. Gerald podría pensar que saldría en busca de Ruben y enviar a sus hombres tras ella.
– Escóndete un par de días en la montaña, Fleur -le aconsejó Gwyn-. Y luego avanzas por las estribaciones de los Alpes hacia Otago. Tal vez encuentres a Ruben por el camino. Por lo que sé, Queenstown no es el único lugar donde han descubierto oro.
Fleurette era más bien escéptica.
– Pero Sideblossom se dirige a la montaña -respondió temerosa-. Si me busca…
Gwyn sacudió la cabeza.
– Fleur, el camino a Queenstown está trillado, pero las tierras altas son extensas. No te encontrará, sería como buscar una aguja en un pajar. Y ahora, vuela.
Al final, Fleur lo había comprendido, pero sentía un miedo de muerte cuando se encaminó hacia Haldon y luego a los lagos, donde en algún lugar se encontraba la granja de Sideblossom.